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«Hay que dialogar con Cataluña, pero con el 100%, no con la mitad»

Pasión, política y perdón en los turbios años 30 del siglo XX

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    / Cristina Bejarano
Pepe Lugo.  Sevilla.

Tiempo de lectura 5 min.

24 de septiembre de 2017. 20:35h

Comentada
Pepe Lugo.  Sevilla. 25/9/2017

«Después del amor» (Planeta) ya es una de las sensaciones literarias del año. Sonsoles Ónega (Madrid, 1977) es cronista parlamentaria y a poco que la tientes le sale la raza periodística, se vuelca apasionadamente sobre la actualidad con verdadera devoción. De casta la viene, pues es la hija de Fernando Ónega y además, novelista del éxito.

–Y después del amor, ¿qué?

–(Risas) Voy a apelar al título original de la novela. «Después del amor todo son palabras». Después del amor hay tanta literatura escrita, tanta música, tanta poesía, que no hay respuesta universal para eso. Después del amor puede que haya también olvido, más amor, puede que haya sufrimiento. En esta novela lo que hay es otra gran historia de amor, que es la de las hijas de Carmen que entendieron a su madre sin necesidad de perdonarla por todo lo que hizo en vida y que a ellas les provocó una ausencia tremenda desde que abandona Cataluña hasta el fin de sus días.

–Nada más recibir el Premio de Novela Fernando Lara 2017, en la rueda de prensa posterior, comentó que quedó fascinada desde que conoció esta historia. ¿Ese olfato fue el de periodista o el de novelista?

–Novelista, porque sabía que merecía ser contada y convertida en un libro. Para nada tuvo una deriva periodística aunque es una novela que tiene, por el modo en que la escribí, mucho de periodismo. La forma que tienes que investigar para lograr los datos, la manera en la que tienes que trabajar para que te ayuden a dar verosimilitud al texto, hay mucho de técnica periodística, pero el verdadero impacto con la historia era escribir una novela. Me pareció una novela muy intensa, con unos escenarios muy atractivos, con un momento histórico muy potente, absolutamente casual, porque nunca pensé que en pleno siglo XXI la actualidad nos iba a llevar a enlazar de manera tan profunda con la novela.

–¿Qué estaría haciendo hoy Federico Escofet?

–Estaría organizando la defensa de los edificios oficiales de la Generalitat, que es lo que estaba haciendo el 6 de octubre de 1934, a las órdenes del mayor Trapero y probablemente amando a Carmen. Ésta es como la historia del «backstage» de la verdadera Historia, la historia con mayúsculas. Es indudable que hay paralelismos y analogías entre los personajes. Muchas veces pienso en Federico cuando veo a los Mossos desplegados, registrando y acompañando a la Guardia Civil en las operaciones. Hay muchos escenarios que se repiten casi 90 años después, es el eterno retorno de las historias, sobre todos las de los afectos no concluidos en España y Cataluña.

–Veamos entonces, ya que conoce bien el paño. ¿Cuál es problema de Cataluña?

–Bueno, para esto no hay una única respuesta. Al 6 de octubre de 1934 Cataluña llega, después de una serie de agravios, digo esto entre comillas y atribuidos al discurso catalán por parte del Estado español. Los problemas de la Cataluña del 34, con todo el conflicto de la Ley de Cultivos, que se la cepillaron, no los tenemos ahora; pero siempre ha habido un desafecto. Si se ha podido construir un entendimiento de 40 años no sé por qué ahora no se puede. Lo que sucede es que existe un problema que no es de ahora, sino del Estatut de 2006 que fue recurrido al Constitucional, que tardó cuatro años en resolver..., todo eso generó un caldo de cultivo que produjo un problema que nadie ha querido ver desde entonces.

–Alfonso Guerra dijo que el Estatut de 2006 «se lo cepillaron».

–Exacto, igual creo que hasta se arrepiente de haber dicho eso.

–¿Usted cree?

–Se lo tendrían que preguntar a él. Aquel estatuto fue refrendado por el pueblo de Cataluña y yo no digo que el Constitucional deje de hacer sus funciones, que tiene que hacerlas, como hoy con la suspensión de la Ley del Referéndum, pero hay que abrir líneas de diálogo, nunca romper los puentes.

–Veo que el periodismo le sale, no lo puede evitar.

–Soy periodista desde bien pequeña, siempre lo supe y además es algo que no se puede evitar. Nos ha invadido a toda la familia, pero sí es cierto que el periodismo es una especie de sacerdocio sin tregua que ejercemos las 24 horas. Indudablemente ahora estoy hablando de la novela pero no puedo dejar de mirar Twitter para ver cuándo caerá el gobierno de la Generalitat.

–¿Ha dejado ya de ser la hija de Fernando Ónega?

–Claro, porque nunca he dejado de serlo, sólo faltaba...

–Usted me entiende perfectamente...

–(Risas) Ya, ya, no me produce ningún pudor ni siquiera intelectualmente ejercer de hija de, porque es un maestro al que reivindico demasiado poco, precisamente por pudor y porque parece que la propia vida te obliga a que mates al padre en algún momento de tu carrera para volar con alas propias y que nadie te dicte lo que tienes que hacer. No tengo esa necesidad de hacerlo, aunque mi padre es un referente constante para mí. Más periodístico que literario, podría decirte, pero es al hombre al que llamo todas las noches a las 21:30 horas, cuando acabo el directo, y arreglamos España en quince minutos. Luego ya colgamos y nos sentimos muy a gusto de comprendernos.

–¿Su padre qué sensación tiene de lo que está pasando en España?

–Pues creo que tiene el corazón partido por cómo se ha gestionado todo el legado de La Transición y unos valores que fueron tan importantes que nadie los ponía en juego. Hoy en día hay muchas cosas que se están poniendo en juego, probablemente por parte de quienes han tenido que administrarnos. Yo nací en democracia y sentí la desafección que sufrieron muchos de los que salieron a la calle contra aquellos políticos que no les representaban. De esa clase de desafectos hemos hablado mucho los dos y nos preguntamos cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí. Su último libro se llama «¿Qué nos ha pasado, España?» (Plaza y Janés). Ésa puede ser la pregunta que se haga todas las mañanas. Hace unos días alguien decía que con quién se dialoga ahora. Pues hay que dialogar con Cataluña, pero con el 100%, no con la mitad y mientras sus gobernantes no estén inhabilitados por la justicia, suspendidos por el Tribunal Constitucional o los echen los ciudadanos siguen siendo los gobernantes de Cataluña.

–Volvamos a la novela. ¿El título podría ser «Después del perdón»?

–Ay, fíjate. No lo había pensado pero el perdón es algo tan necesario en los personajes de esta historia. Sería mucho más fácil decir que después del perdón llega el amor.

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