domingo, 23 abril 2017
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Sociedad

Papá no es mamá con barba: ¿Nos estamos cargando la figura del padre?

  • La ciencia demuestra que el padre ejerce una influencia decisiva en el desarrollo del bebé y que su rol es singular e insustituible. El papel de la madre es más apaciguador, calmante y quieto, mientras que el del padre implica mayor acción, tendencia al juego y contacto físico poderoso.

Papá no es mamá con barba: ¿Nos estamos cargando la figura del padre?

Estamos a punto de cometer un «patricidio» y lo estamos cometiendo entre todos. La sociedad contemporánea se ha encargado de devaluar el papel del padre en el desarrollo de los hijos hasta el extremo de que hay quien fantasea con su «muerte civil». Se plantea a menudo la posibilidad remota de un mundo sin hombres-padre, pero es impensable la ausencia de la madre-mujer. A decir verdad, los hombres nos lo hemos ganado a pulso tras siglos de indiferencia, ausencia o desdén. Pero las cosas pueden cambiar. De hecho, lo están haciendo. Hoy el hombre se enfrenta al trance de la paternidad con su mochila de expectativas, deseos y miedos propia de un ser programado biológicamente para la crianza de la prole. Y, de ese paso adelante, no sólo se beneficia el padre. La ciencia ha demostrado que la presencia de la figura paterna, diferenciada de la materna, y tan activa como ella, favorece sin duda el desarrollo de los hijos. Porque, con los datos en la mano, el padre no es una «madre con barbas»: su rol específico tiene claves difíciles de imitar.

Casi todos los estudios científicos parecen apuntar que cada minuto pasado con el bebé, cada pañal cambiado, cada caricia y cada juego que con él se practica es una inversión en el futuro. Tanto si lo hace el padre como si lo hace la madre. Pero cada uno lo hace a su modo. Los estudios de Ross Parke, catedrático de Psicología de la Universidad de Illinois, en el área de la psicología evolutiva, han determinado que madre y padre interpretan un rol diferente en el acercamiento al retoño en los primeros días o meses de vida. El papel de la madre es más apaciguador, calmante y quieto. El del padre implica mayor acción, tendencia al juego y contacto físico poderoso. Esta distinción ocurre incluso cuando es él el que se dedica al cuidado principal de los hijos.

Merece la pena detenerse en estas primeras diferencias de trato del bebé entre hombres y mujeres porque, lejos de proponer un consuelo para las teorías sexistas de la educación, permiten delimitar claramente la importancia de la presencia paterna diferenciada y las bases psicobiológicas del rol único del hombre/padre, diferente del de la mujer/madre.

El psicólogo de la Universidad de Delaware Frank Pedersen estudió a varios grupos de primogénitos en familias de clase trabajadora y media en Estados Unidos durante años. Las conclusiones de su trabajo demuestran que el padre y el bebé desarrollan una relación más fuerte a través del contacto en los momentos en los que la madre está ausente. Parece que el abanico de habilidades del padre se enriquece precisamente en ese tiempo que emplea en solitario con su hijo. Por su parte, los bebés que pasan una buena cantidad de tiempo solos con su padre presentan una conducta social y exploratoria más rica que los que no gozan de estos momentos de intimidad. Esta conducta se hace explícita en que, por lo general, dichos pequeños sonríen más y se ofrecen más al juego con juguetes y objetos. Según Pedersen, «un amplio contacto entre padre y bebé en ausencia de la madre promueve modelos de interacción más positivos para ambas partes».

Un estudio realizado por Milton Kotelchuk, de la Universidad de Boston, en familias de clase media arrojó datos sorprendentes. Da igual el tiempo que ambos progenitores pasen con sus criaturas, da igual que sea el padre el que trabaja fuera de casa, la madre o ambos. No importan las circunstancias personales de la crianza: en todos los casos, el hombre dedica una proporción mayor del tiempo que pasa con sus hijos a jugar. En concreto, en el caso de los lactantes, él les dedica un 40 por ciento del tiempo de presencia al juego; ella, sólo el 25 por ciento. Evidentemente, la diferencia de juego entre ellos y ellas no reside sólo en el tiempo dedicado. Los estilos de juego del padre y de la madre también son distintos. El padre saca al niño de su reconfortante tranquilidad en la cuna y lo alza en brazos. Lo levanta en el aire, lo sacude, le hace cosquillas... La madre tiende a sostener a la criatura en sus rodillas, hacerle gestos, carantoñas o estimularla con juguetes, sonajeros, piezas de colores...

Papá no es mamá con barba: ¿Nos estamos cargando la figura del padre?

Podríamos pensar que se trata simplemente de estereotipos perpetuados culturalmente que imponen un comportamiento diferente a la hora del juego. Para comprobarlo, un equipo dirigido por el sociólogo Michel Yogman estudió el desarrollo de cinco niños nacidos en 1977. Utilizaron un laboratorio psicológico para observar el modo en el que los niños jugaban con su padre, con su madre y con una persona extraña. Tras grabar cientos de horas de juego, descubrieron que en todos los casos las pautas eran similares. Las madres hablan más a los hijos, aunque lo hacen de manera muy suave, repitiendo frases y sonidos e imitando más los gestos y ruiditos producidos por el bebé. Los padres hablan menos, lo hacen de modo más rudo y tienden a tocar y dar golpecitos sobre la silla o la cuna. El juego del padre varía más entre los momentos de excitación máxima y los descansos. El de la madre es más gradual.

Abundando en el papel de la figura paterna, las últimas investigaciones han permitido constatar su importancia incluso después de la separación. Que un niño pase largas jornadas con su padre no sólo le beneficia a él, también a la madre.

Papá no es mamá con barba: ¿Nos estamos cargando la figura del padre?

Así, psicólogos de la Universidad de Arizona han publicado recientemente, de la mano de la Sociedad Americana de Psicología, una interesante investigación sobre el contacto paterno-filial después del divorcio. El título lo dice todo: «¿Es bueno para los hijos pernoctar con frecuencia en la casa de sus padres separados?». Y la pregunta parece extraña: ¿es que acaso alguien lo ponía en duda? Lo cierto es que sí. Durante las últimas décadas, la psicología ha tenido la tentación de proponer que lo mejor para los hijos de padres separados es que pernocten sólo en un hogar, generalmente el de la madre. Los cambios de domicilio, en muchas ocasiones, se han propuesto como dañinos, desequilibrantes y contrarios a la estabilidad necesaria del menor. La evidencia científica, ahora, echa por tierra esta idea.

El estudio concluye que «pasar frecuentes jornadas con el padre no sólo no perjudica la estabilidad emocional del menor ni afecta a la relación de éste con su madre, sino que beneficia a todos: padre, madre e hijos». El trabajo ha consistido en una revisión clínica de la literatura existente. Las conclusiones son demoledoras. Los menores que pasan más tiempo con el progenitor tras la separación tienen mejores relaciones con su padre y con su madre al llegar a la edad adulta. Los lazos son más fuertes en ambas direcciones que los de aquellos que no disfrutaron de tanto tiempo con su padre.

Los efectos positivos del contacto paterno se han demostrado tanto en los casos en los que hubo un acuerdo mutuo por la custodia como en aquellos en que fueron los jueces los que impusieron las visitas al padre. Se mire como se mire, facilitar el contacto paterno es siempre bueno. Padre y madre, no obstante, son igual de enriquecedores para el futuro del pequeño. Ambos son igual de intransferibles. Ambos son igual de necesarios.

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