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Inaudito esplendor de Ponce, 27 años después

Corta dos orejas y sale a hombros en la plaza de toros de Bilbao; Ginés Marín se la jugó con el sexto y paseó un meritorio trofeo y Cayetano suscitó la polémica.

  • Enrique Ponce
    Enrique Ponce

Tiempo de lectura 4 min.

25 de agosto de 2017. 20:53h

Comentada
Patricia Navarro Bilbao. 25/8/2017

Ficha del festejo

Bilbao. Séptima de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de la ganadería de Victoriano del Río. 1º, inválido; 2º, de media arrancada y acobardado; 3º, ; 3º, devuelto al partirse un pitón, manejable, noble y de buena condición; 4º, humilla, profunda la arrancada, y con carbón; 5º, sin fondo y sin humillar y con peligro; 6º, sobrero de la misma ganadería, muy complicado y con peligro. Tres cuartos de entrada.

Enrique Ponce, de vainilla y oro, media estocada, descabello (silencio); estocada trasera de efecto rápido (dos orejas).

Cayetano, de tabaco y oro, pinchazo, estocada (saludos); pinchazo, estocada corta (silencio).

Ginés Marín, de azul y azabache, tres pinchazos, aviso, descabello (palmas); estocada (oreja).

Enrique Ponce lleva media vida en esto. O dos. O tres. Depende de dónde pongamos la vara de medir a las vidas. Pero en esta plaza, y en muchas, a Ponce se le espera con devoción. Cuando cogió la montera. Todavía con el primero de la tarde y fue a brindar. Se escuchaban las palmas, y costaba ubicar qué es lo que estaba ocurriendo. “Está el Rey, está el Rey”. Emérito. A todas luces. Estaba don Juan Carlos en un palco con su hija la infanta Elena. Verano por el norte están haciendo este año, hacía pocos días que les habíamos visto por la bella San Sebastián. Hubo muchas palmas. Y algún pito después. Pitos fueron los que se ganó el primer toro de la tarde, tan endeble, tan irrisorio soñar, que no hubo lugar, ni para Ponce con ese astado de Victoriano del Río.

“Ebanista” tuvo una historia que contar. Y Enrique Ponce nos la regaló. Descolgó el toro de casi 600 kilos desde que salió de toriles. Y esa virtud la mantuvo luego toda la faena a pesar de que condicionaba luego el ritmo, más cambiante, y con carbón, tenía el toro un cartucho siempre guardado que hacía que la confianza nunca fuera absoluta. Rotundo estuvo Enrique, porque lo vio claro, porque lo tenía claro, porque más allá de la veteranía, de la técnica, de los años, de que se lo sabe todo del derecho y del revés, mantiene íntegro el amor propio y la ambición 27 años después de tomar la alternativa. Y en estos tiempos, con el retrato que tenemos de la fiesta a día de hoy, le eleva al cuadrado y a los altares de la tauromaquia, con números históricos e inalcanzables. Ponce gustó a Bilbao, se gustó, deleitó y fue tomando la medida al toro con absoluta maestría, tocando como una sinfonía las teclas precisas del toro. Y soportando, sin estupor, los arreones del animal, que tenía escondidos, a buen recaudo, y aprovechó, también Enrique claro, las arrancadas de este “Ebanista” y las encadenó en un toreo cuajado y de mucha personalidad y hondura. Y cuando todo esto estuvo resuelto, la columna vertebral en la que reside la emoción verdadera de la tauromaquia, entonces, y sólo entonces, cuando el toreo era, se dejó lamer la taleguilla en un arrimón de infierno. La estocada punto atrás fue fulminante. El presidente soltó los dos trofeos a la vez. No me gusta ese estilo salvo para ocasiones especialísimas, pero Ponce, tantísimos años después dio una lección de torero grande y se fue a hombros y la gente feliz. Y necesitamos tardes felices que compartir.

Cayetano, más allá de la polémica, no tuvo muchas opciones con su primero de media arrancada y acobardado y pasó sus apuros con el quinto de la tarde, que cantó ya lo que era, peligro total cuando Cayetano fue a replicar el quite por gaoneras a Ginés Marín y rebañaba. Lo mismo en la muleta por suerte sin demasiada fuerza.

Ginés Marín se las vio con un tercero que tuvo buena condición. Aparentó más en el caballo de lo que luego fue pero se dejó hacer. La faena de Ginés apuntó más que disparó y acabó por disolverse. El sexto tenía buen embroque pero complicado final, se metía por dentro y rebañaba. Ginés defendió sus argumentos con valor, seriedad, jugándose los muslos. Y ni por un momento el toro de Victoriano del Río de lo puso fácil. Pasamos miedo. Merecidísimo fue el trofeo que consiguió cuando se fue detrás de la espada. Cuadraban las piezas del puzzle. A Cayetano se le pitó al irse de la plaza. Y no era justo.

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