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El eterno paraíso

Frondosos paisajes, inquietantes rutas de senderismo por los últimos bosques de laurisilva, un patrimonio colonial que seduce, una gastronomía sublime... A menos de dos horas de España, Madeira no defrauda.

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Carlos R. Zapata.  Funchal.

Tiempo de lectura 4 min.

14 de julio de 2017. 02:05h

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Carlos R. Zapata.  Funchal. 14/7/2017

Apenas a 90 minutos en avión desde Lisboa, (desde Barcelona hay vuelo directo con Vueling) encontramos el archipiélago de Madeira, que está compuesto por dos islas habitadas (Madeira y Porto Santo), y otras dos inhabitadas (las islas Salvajes y las Desiertas). La isla de Madeira que da nombre al archipiélago es la mayor, de un tamaño similar a Menorca, y es donde vive prácticamente toda la población. Enclavada a menos de 500 kilómetros al norte de las Islas Canarias, su geomorfología nos recuerda a las islas afortunadas. Una vez en el aeropuerto llamado Cristiano Ronaldo, en honor a su hijo predilecto, un maravilloso clima con temperaturas medias muy suaves nos anticipa ya cual será la tónica de nuestro viaje.

Para hacernos una idea de cómo es la isla, salimos de su capital, Funchal, y nos dirigimos a la tercera montaña más alta de Madeira: el Pico do Arieiro. Elevado prácticamente en el centro de la isla, sus vistas son impresionantes. Paralelo a este pico, aunque hay que dar una gran vuelta por la carretera, se encuentra el Mirador de Paredao. Desde su ubicación, se descubre abajo en el valle, un curioso pueblo, el Curral das Freiras, o Valle de las Monjas, que como indica su nombre, recuerda que las monjas vinieron a este escondido rincón a mediados del siglo XVI, ya que los piratas atenazaban a Funchal cada dos por tres, por lo que las hermanas del convento de Santa Clara buscaron refugio y tranquilidad en este valle perdido.

WINSTON CHURCHILL

Nos acercamos a continuación a otro lugar encantador, el pueblo llamado Cámara de Lobos. Aún sigue siendo el puerto pesquero por excelencia de la isla. Merece la pena bajar al pequeño puerto donde veremos las coloridas barcas varadas en una mini playa de cantos, mientras algunos pescadores deambulan por aquí y otros van apareciendo por allá, bien por sus recoletas calles o bien se paran a charlar junto a la fuente. No es de extrañar que aquí viniera durante un tiempo Winston Churchill a relajarse y a disfrutar plenamente de su afición a la pintura.

Muy cerquita de Cámara se encuentra otro de los hitos isleños: el Cabo Giráo. Es uno de los acantilados más altos de Madeira, y cuenta con el atractivo de un mirador con plataforma de vidrio que sobresale por el borde del acantilado, lo que nos regala una curiosa sensación de vacío. Su visita impone, y a más de uno le costará mirar hacia abajo. Otra fórmula para disfrutar de estas vistas es acercarse a la Fajá dos Padres, donde tenemos la posibilidad de coger un teleférico que salva los casi 600 metros del acantilado, para luego bajar tranquilamente, mientras se disfruta del panorama, hasta la pequeña aldea de Fajá dos Padres, convertida en un centro turístico. Resulta muy aconsejable para gente que quiera disfrutar de la soledad y del contacto pleno con el mar.

En la Costa Norte de Sao Vicente nos dirigimos a una de las poblaciones más turísticas de la Isla: Santana. El motivo no es otro que el hecho de que aquí se encuentran unas coloridas y triangulares casas, construidas con tejados de paja que se asemejan, salvando las distancias, a las barracas de la Albufera valenciana.

LAS LEVADAS

Si hay un motivo por el que todo el mundo quiere venir a esta isla atlántica es por hacer algún tipo de senderismo en las conocidas como Levadas, que son canales de riego construidos a lo largo de los siglos, que se tuvieron que hacer como sistema de riego desde la cima de las sierras hasta los valles y laderas. Pues bien, gracias a estos canales, que suman más de 3.000 kilómetros de áreas protegidas, se han habilitado como senderos a pie, constituyendo una de las mejores experiencias, tanto culturales como medioambientales, para disfrutar de la exuberante naturaleza de Madeira con toda la familia.

Volviendo a Funchal nos encontramos con una magnífica ciudad colonial portuguesa. Sobresale su Zona Velha, un antiguo barrio de pescadores, que se ha convertido en la zona más chic de la ciudad, y donde todos los turistas acceden a sus numerosos restaurantes para cenar. De día será visita imprescindible el Mercado dos Lavradores, toda una institución de la ciudad, así como conocer las bodegas más famosas del vino de Madeira: Blandy`s. No es de extrañar que los madeirenses sientan predilección por su vino, reconocido en todo el mundo, y que además fue el elegido para celebrar la independencia de los EE UU en 1776.

Nos vamos ya, no sin antes degustar una «espetada» de carne de vaca asada en brocheta de palo de laurel, acompañada por el pan de patata dulce «bolo do caco» y terminar con una «poncha», la bebida más típica de la isla. Pero el broche final de nuestra visita a Madeira es disfrutar de los famosos «toboganes» o «carros de cesto». Unos tradicionales carros hechos con mimbre y asientos acolchados para dos o tres personas, conducidos por dos hombres «barreiros» que proporcionan momentos de gran emoción en sus dos kilómetros de bajada, con adrenalina incluida. Ya lo dijo Hemingway, que lo describió como la experiencia más estimulante de su vida; una experiencia única que nunca olvidaremos de esta isla encantada. Más información en la página web www.madeiraallyear.com.

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