Ellas fueron imprescindibles

Su actuación profesional no sólo tuvo efecto en el ámbito académico; actuaron como levadura en una masa social expectante ante las transformaciones

Arriba, orla en la que aparece Amalia Plá Riaza, que fue una de las primeras en entrar en la Facultad de Farmacia y que perteneció al Comité de la Juventud Universitaria Femenina
Arriba, orla en la que aparece Amalia Plá Riaza, que fue una de las primeras en entrar en la Facultad de Farmacia y que perteneció al Comité de la Juventud Universitaria Femenina

Su actuación profesional no sólo tuvo efecto en el ámbito académico; actuaron como levadura en una masa social expectante ante las transformaciones

A nadie sorprende hoy encontrar al frente de una oficina de farmacia, en la dirección técnica de un laboratorio o en puestos de responsabilidad corporativa farmacéutica a una mujer. Pero no siempre fue así. Hasta bien finalizado el siglo XIX, la situación actual era impensable. La sociedad no estaba aún preparada para que la mujer desempeñara un rol distinto al que tradicionalmente se le tenía asignado.

Promover el cambio de mentalidad no fue un camino fácil; sólo desde el verano de 1888, a través del permiso individualizado y, desde 1910, de manera regulada, las mujeres pudieron aprender en las aulas universitarias las destrezas y conocimientos que las permitieran ejercer como farmacéuticas.

En estas fechas, coincidiendo con el “Día Mundial de Farmacéutico”, el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid (COFM) ha organizado una exposición, acompañada de un ciclo de conferencias, donde las primeras farmacéuticas colegiadas, las inscritas con anterioridad a 1936, apenas un centenar, recobran el protagonismo que tuvieron en su momento y que había quedado oscurecido con el paso del tiempo.

Ninguna de las muchas facetas profesionales que hoy desarrolla un/a farmacéutico/a le estuvo vedada a la mujer; desde su entrada en la universidad, salvando los aspectos formales del permiso a la superioridad, estudió y trabajó en condiciones de igualdad con sus compañeros varones, o al menos así lo relatan las interesadas en las entrevistas concedidas a la prensa que, en los años anteriores a la Guerra Civil, se ocuparon del irresistible ascenso de la mujer en el mundo universitario. Con todo, aunque en algún momento llegaron a rozar la igualdad, seguían siendo una minoría entre los universitarios y estos una minoría entre la población española: la minoría de la minoría.

Su actuación profesional no sólo tuvo efecto en el ámbito académico; actuaron como levadura en una masa social expectante ante las transformaciones; muchas mujeres encontraron en ellas el consejo sanitario y la recomendación juiciosa y acreditada sobre temas que hasta entonces, por pudicia, no habían planteado más allá de una conversación informal.

Y desde los laboratorios farmacéuticos comenzaron a generalizarse el empleo de preparados destinados a una terapia y profilaxis femenina, hasta entonces poco desarrollados industrialmente.

Pero el rol social desarrollado por las farmacéuticas del primer tercio del XX, como el de muchas otras mujeres, fue más allá de su actividad profesional e incursionó en la vida política del país; resulta común encontrar el nombre de estas farmacéuticas en asociaciones de variado cariz, grupos políticos de diversa ideología o entre las promotoras de una amplia gama de actividades culturales.

Mujeres que emitieron su opinión y lograron ser oídas por una sociedad que comenzaba a prestarles la atención que merecen.

Nada mejor, en el “Día del Farmacéutico”, que homenajear a estas pioneras que, en pie de igualdad con el hombre, dedicaron su vida a abrir la senda de la profesión farmacéutica a quienes las sucedieron. Ellas fueron imprescindibles.