Un césped sostenible, un reto científico

Concluye un proyecto de investigación de dos años que reducirá el riego de las praderas de parques y jardines públicos un 30%

El proyecto quiere encontrar la mejor especie para grandes superficies, como el Retiro de Madrid (imagen)
El proyecto quiere encontrar la mejor especie para grandes superficies, como el Retiro de Madrid (imagen)

Un sinfín de parcelitas cuadradas se extienden en el terreno que el Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario de la Comunidad de Madrid tiene en Alcalá de Henares. Cada una de ellas es una especie de test de biodiversidad; el equipo de investigadores lleva dos años de trabajo para conseguir un césped específico para parques y jardines, como el del Retiro por ejemplo que se despliega por hasta 52 hectáreas, que disminuye el consumo de agua lo más posible.

Parece una tarea baladí y sin embargo reducir costes de mantenimiento sin arriesgar la densidad o la textura que cubre estos parques no resulta sencillo. «Estos espacios se consideran zonas comunes, de convivencia. Su superficie se tiene que poder pisar y si se arranca, mientras los niños juegan o los perros pasean o corren, sea capaz de rebrotar», explica Pedro Mauri, director del departamento de Investigación Ambiental del Imidra.

Cambio gradual

Esto hace que las posibilidades para cambiar las especies actuales de las praderas por otras más austeras en agua sea limitado. Por ello se suelen usar gramíneas. «Plantas como los cactus acumulan mucha agua y reducen mucho el gasto por lo que pueden ir bien para un espacio puramente ornamental pero no para un parque abierto a la actividad pública, porque no se pueden pisar. Los espacios para jardinerías usan especies de gramíneas porque son las que mejores resultados dan. Sin embargo, estas superficies requieren al año 9.000 m3 de agua por hectárea y el cálculo de praderas de césped ornamental en la Comunidad de Madrid se estima por encima de las 3.500 hectáreas. Multiplique. En cada uno de estos cuadrados de metro por metro y medio se ha ido sustituyendo la mezcla más común del centro de la Península –75% de Festuca arundinacea, 15% de Lolium perenne y 10% de Poa pratensis– por otras plantas áridas y subtropicales que pierde la tonalidad verde en los meses fríos, por lo que requiere un cambio de mentalidad entre los ciudadanos.

De momento se han verificado ahorros en la irrigación de hasta el 30% aunque los siguientes pasos incluyen ir haciendo test en parcelas cada vez mayores para luego ir pasando de forma paulatina a los espacios públicos. Es cierto que el agua que se utiliza para regar en la ciudad proviene del reciclado, pero ahorrar este porcentaje significa aportar más a los cauces de los ríos aguas abajo. «Hacer toda la superficie de una vez tiene un alto coste, pero la idea es aprovechar los momentos durante la siembre anual o cuando se cubren las calvas», explica Mauri.