Geopolítica en el Golfo Pérsico

En plena Primavera Árabe y con una administración en Estados Unidos favorable a la negociación en marcos multilaterales, el régimen iraní aprovechó para destensar la cuerda del programa nuclear y aceptó en 2015 el acuerdo de paralizarlo, para obtener a cambio el levantamiento de sanciones internacionales. “Día histórico”, escribió la prensa cuando el Organismo Internacional de Energía Atómica confirmó que Irán había cumplido las exigencias para poner en marcha el histórico acuerdo de Viena. EEUU y la UE anunciaron casi de inmediato el levantamiento de sanciones, lo que suponía el fin de la “cuarentena internacional” que llevaba sufriendo el país desde 2006.

Irán supo mirar entonces hacia una alternativa de progreso y firmó en las tablas de la ley internacional su compromiso con el desarrollo de la globalización. Pero al mismo tiempo, torció la mirada para percibir que el futuro de las relaciones internacionales anunciaba un invierno largo y doloroso. La guerra de Siria y la aparición del ISIS estaban modificando salvajemente las tornas de Oriente Medio, mientras Estados Unidos perdía credibilidad y distintas potencias entraban en el caótico tablero regional. La llegada de Trump en 2016 favoreció la estrategia americana de fortalecer las alianzas tradicionales con Israel y Arabia Saudí y los iraníes prolongaron su implicación en Siria y entraron en otros escenarios conflictivos.

En un entorno político cada vez más debilitado, las posturas diplomáticas más duras se vinieron arriba. Mientras la cooperación ad hoc de Irán y Rusia salía victoriosa en su defensa del régimen de Al Asad, Israel endurecía su posición y Trump cerraba con Netanyahu una inquebrantable alianza que ha movido a Estados Unidos a reconocer la capitalidad de Jerusalén y la soberanía del Golán, romper el acuerdo nuclear y calificar a la Guardia Revolucionaria iraní como un grupo terrorista, para finalmente amenazar a Irán con un enfrentamiento abierto.

Paralelamente, Teherán ha endurecido su posición, a la vista de los sucesivos éxitos alcanzados por sus milicias y por su política en la región. Al consolidar un gobierno cercano en Irak y mantener el status quo, la tiranía de Asad en Siria, Irán ha reforzado su influencia. Y la puede proyectar ahora en un corredor prácticamente uniforme hasta Líbano, donde Hezbollah recobra de nuevo su papel como un hipotético actor desestabilizador, lo cual significa una amenaza para la seguridad de Israel que derivaría en una confrontación, llegado el caso, si se produjera cualquier mínima provocación. La otra vía para hostigar a sus enemigos, en este caso los saudíes, es el Golfo Pérsico, como antes fue Yemen.

Los dos escenarios de tensión pueden ser considerados como intereses cuasi vitales para Washington. El debilitamiento de Israel y Arabia Saudí no entra en ningún escenario del realismo político americano y Estados Unidos reaccionaría ante una agresión con medidas de apoyo a sus aliados o con una participación directa. Con la tensión adicional para la región de que los asesores de Trump, en particular Bolton, fueron los inventores del concepto neocon del ataque de anticipación con el cual justificaron la guerra de Irak. Por eso la advertencia de Trump el 19 de mayo: “si Irán quiere pelear, ese será su final”, ha tenido mayor trascendencia en la opinión pública internacional. Pero Irán aprovecha el debate sobre la intervención y la no intervención americana para volver al escenario en el cual el régimen se encuentra más cómodo: el de provocar la tensión hacia el exterior para transformarlo después en una amenaza de la alianza israelí - saudí - americana, y explicárselo así a su propia opinión pública.

Todo parece volver a empezar en la geopolítica del Golfo Pérsico. David French, combatiente de las letales milicias proiraníes en Irak y analista del National Review Institute advertía en el Time de que: “la guerra con Irán representa un desafío militar mucho mayor que los talibanes o Sadam Hussein”. Aunque afirmaba que, en este momento el Congreso no está preparado para una aprobar una nueva guerra en el Golfo, ni la sociedad americana para tolerar una guerra inconstitucional. Ni tampoco el presidente Trump quiere empezar la campaña para la reelección con una guerra sobre la mesa. Prefiere utilizar su peculiar sentido diplomático para justificar su respuesta al derribo del dron, como una acción de equilibrio humanitario que evite la pérdida de 150 vidas, argumento con el que fortalece su imagen de estadista sensato en twitter, mientras el precio del petróleo sube y la economía americana sigue creciendo.