Cuernos en el Tribunal Constitucional

Era un secreto a voces, desde hace unas semanas se oían serios indicios de que el Tribunal Constitucional (TC) se había pronunciado sobre la tauromaquia en Cataluña, pero no había nada escrito –o sí– y la confirmación oficial se hacía esperar. Esta semana la prensa recogía el siguiente titular: ‹‹El Tribunal Constitucional levanta la prohibición de los toros en Cataluña››, y como es normal de un tiempo a esta parte, las redes sociales estallaron, tanto para bien como para mal.

El TC ha sido claro y conciso en su sentencia, comprensible para cualquier individuo con un mínimo de disposición a la cordura: la Ley catalana ‹‹menoscaba las competencias estatales en materia de cultura, en cuanto que afecta a una manifestación común e impide en Cataluña el ejercicio de la competencia estatal dirigida a conservar esa tradición cultural (...)››. Y por si quedaba alguna duda, ha añadido que ‹‹la tauromaquia tiene una indudable presencia en la realidad social de nuestro país››, aunque todavía hay personas –físicas y jurídicas– que se encierran en su negativa y no ven más allá de sus propias narices.

Para no romper la tónica general y el modo de proceder del Gobierno catalán, Puigdemont ha afirmado –muy convencido– que los toros no volverán a La Monumental ‹‹diga lo que diga›› el TC, aunque Colau tampoco ha querido quedarse atrás y se ha sumado a esta iniciativa redundante de desacatar y pasarse por el Arco del Triunfo –de Barcelona– las resoluciones judiciales. El hecho de que Barcelona sea poderosa y tenga poder, como cantaba Peret, no se traduce en que los del ‹‹sí se puede›› se lo tomen al pie de la letra y conciban que ‹‹sí se puede›› hacer lo que les venga en gana. No obstante, la justicia pone a cada uno en su lugar, y el lugar de Puigdemont, Colau y el resto de políticos condenados al fracaso es fuera de una institución pública corrompida por la rebeldía más putrefacta.

Como diría el corrrrrdobés Matías Prats: ‹‹vítores y olés›› por la decisión del TC.