Fachas de fachada

Por Luis Miguel Belda

La ‘fiesta de la democracia’ es como eufemísticamente se conoce a una jornada electoral, paradigma de un modelo político imperfecto como es el democrático, mejorable, sí, pero el que ha demostrado ser más eficiente en todo el mundo. Sin embargo, toda fiesta se desvirtúa si termina en botellón callejero, desenfreno y chirriamiento.

Es lo que semeja ser esa moda reciente de escrachear en la calle un resultado electoral que no se ajusta a nuestros intereses. Pasó en Sevilla y sucede en Madrid. Todas estas expresiones de malestar excusadas en que la que tachan de ultraderecha o extrema derecha ha desembarcado en el espacio político democrático.

Hasta donde se sabe, esa ultraderecha defiende unos postulados ideológicos que encajan en esta ‘fiesta de la democracia’. No asoman en su programa electoral disparates mayores que los que contienen formaciones en el lado opuesto, en la que casi nadie llama la ultraizquierda o extrema izquierda, que siéndolo sin rubor y con todo el derecho, no suelen ser llamados así del modo peyorativo que a una buena parte de mis colegas periodistas sí gusta hacerlo con los del otro asiento del tobogán.

Si un líder perdura en el puesto solo una legislatura, por alguna poderosa razón será que se enmarca en la ‘fiesta de la democracia’, modelo que contempla y favorece el marco de acuerdos y pactos, herramientas demostrativas como pocas de que la democracia es, por definición, el mejor mecanismo para que una sociedad plural pueda establecer vinculaciones con quien mejor crea que puede beneficiar a la sociedad en su conjunto. Hasta cabe la posibilidad de que gracias a un pacto, que unos denostan en tiempo presente porque no se aviene a sus intereses, puede hasta salvar a quien creía perdida su plaza, no conservada por la fuerza numérica suficiente de los votos.

Porque de eso va la democracia, de que los partidos persigan el beneficio común, no el particular. Y qué culpa tendrán aquellos de poder establecer esos vínculos.

Pues para algunos, perder en la ‘fiesta de la democracia’ no es una opción, y se apuran a denostar aquellos acuerdos que impiden que nuestra apuesta resulte ganadora, sin pensar mucho en por qué no fue lo suficientemente ganadora como para no tener que padecer el tormento de pactos de terceros.

A muchos medios de comunicación se nos desliza fácilmente la pluma tildando de extremistas a unos o de moderados a otros, como de progresistas a unos o de rancios a otros, cuando puede que frente al espejo ni unos sean tanto de eso como otros de aquello.

El extremismo se manifiesta también en el periodismo y, lo que es peor, en el tertulianismo periodístico, cuando se señala al partido Ciudadanos como ese ente que no termina de ponerse de acuerdo consigo mismo. Estos días, he oído a oyentes y leído a lectores airados contra la formación de Rivera porque anunciando acuerdos con la izquierda, en unos casos, y con la derecha, en otros, demuestran su falta de definición, como si definirse implicara necesaria y obligadamente ser de derechas o ser de izquierdas. Pues ¡vaya ‘fiesta de la democracia’ es esa en la que o tomas güisqui o tomas agua sin gas! ¿Acaso no puede alguien clamar que no tiene siquiera sed?

A un tertuliano le oí decir estos días en una radio que Ciudadanos, formación a la que cito solo como paradigma de lo que pretendo subrayar -no en su defensa, que bien se defenderá sola, supongo-, que no hay partido al que no se acuse más por no ser de derechas ni de ser de izquierdas, sino todo lo contrario, como si los ciudadanos estuvieran obligados a ser de izquierdas o de derechas, y sin ningún derecho a ser lo que les venga en gana.

Si diéramos por buena esta condición, podría pensarse que esos algo más de cuatro millones de convecinos que han votado por este partido son seres desorientados, vacuos y pusilánimes.

El error puede ser ese, e implica una falta de respeto hacia esos votantes. El error es que no se tenga en cuenta que haya personas que no quieran votar sino a este partido, cuyo programa es tan diáfano y lícito como el de cualquiera de los que participan de la ‘fiesta de la democracia’. Con la diferencia de que a quien no lo ve de ese modo, ni aun explicándoselo, le molesta sobremanera no saber a qué atenerse, como si fuera -ya lo he dicho- una obligación ser de esto o de aquello.

Con las cautelas propias de quien cree que la experiencia puede demostrarnos lo contrario, pero desde el ferviente convencimiento de que toda idea -salvo la que pone en riesgo la dignidad de la persona- es respetable, me pregunto: ¿Habrá algo más facha que exigir de nuestros conciudadanos que sean esto o aquello y no eso? ¿Habrá algo más facha que escrachear en la calle un resultado electoral, no digo ya a mujeres embarazadas? ¿Habrá algo más facha que cosificar ideológicamente a quien no está a un lado u otro de la orilla?

La Real Academia dice del facha que es aquel sujeto o sujeta de “ideología política reaccionaria”, una descripción que preserva como pocas la igualdad, pues, esta vez sí, vale para unos como para otros, aunque en el imaginario colectivo solo veamos una parte del todo.

Criado entre la rosa y el cambio, el ‘puedo prometer y prometo’, la peluca de Carrillo, la nostalgia del régimen, el ‘ja soc aquí’ y L’estaca, la barbarie etarra, la matanza de Atocha -el otro día la recordaba con el periodista Jesús Duva- la eclosión de los medios libres, la respuesta serena de una sociedad compleja y acomplejada por 40 años de dictadura, y hasta el apoyo de la CNT a los Pactos de la Moncloa -el súmmum de que el consenso es posible- estaba convencido de saber con certeza qué era un facha. Y sí, transcurrido el tiempo, lo sigo sabiendo, porque cuando la ‘fiesta de la democracia’ abrió sus puertas yo sí aprendí bien la lección de qué era y qué no era un facha, y hoy, 40 años después, los sigo distinguiendo al vuelo, entre los unos y entre los otros.