Historia

"Anarquía militar"en el imperio romano

Este periodo de 50 años (del 235 a 284) estuvo marcado por profundas crisis que doblegaron a un gigante que parecía firme.

Dos jinetes romanos, en una de las muchas guerras civiles en el siglo III
Dos jinetes romanos, en una de las muchas guerras civiles en el siglo III

Este periodo de 50 años (del 235 a 284) estuvo marcado por profundas crisis que doblegaron a un gigante que parecía firme.

En palabras del religioso bracaraugustano Paulo Orosio, «De repente, con el consentimiento de Dios, se sueltan por todas partes los pueblos que habían sido convenientemente colocados y puestos alrededor de las fronteras del Imperio y, rotos los frenos, se lanzan contra todos los territorios romanos [...] Y para que no escapase de este despedazamiento ninguna parte del cuerpo romano, en el interior conspiran los usurpadores, resurgen las guerras civiles, se derrama por todas partes gran cantidad de sangre romana».

¿Pero, cómo se pudo llegar a este punto? En las décadas anteriores a la crisis, durante el reinado de los Severos, asistimos a una concentración del poder en manos de una persona, el emperador. Se minimiza en grado sumo la influencia de otras instituciones que podrían servir de contrapeso, caso del Senado que, entre otras, perdió la facultad de legislar. Y decir Senado es decir aristocracia tradicional, patricia, que fue progresivamente arrinconada en beneficio de nuevos grupos sociales, fundamentalmente la clase ecuestre (segundo orden en la dignidad nobiliaria, quienes por entonces dominaban los cuadros superiores del estamento militar), que adquirió un inusitado protagonismo. De este modo, los emperadores Severos dieron la espalda a la aristocracia tradicional y se apoyaron, en su lugar, en el Ejército. Engordaron bien a su perro fiel con dinero y privilegios (levantaron, por ejemplo, la prohibición de matrimonio que hasta la fecha pesaba sobre los legionarios y multiplicaron su salario). Pero este cobró muy pronto conciencia de su papel como sostenedor del emperador y, con ello, inevitablemente, se corrompió y se volvió contra su amo.

Reinados breves

Como consecuencia, una sucesión de usurpadores, bien espoleados hacia la tentadora púrpura por su ambición o peleles de una tropa avara de donativos (conforme a la costumbre, todo nuevo emperador debía recompensar a su tropa con generosos donativos a su llegada al trono), pugnará por el poder supremo, hundiendo a Roma en un marasmo de violencia e inseguridad. Una gran cantidad de reinados breves, algunos de apenas días, se sucedieron unos a otros de forma atropellada. Estas querellas intestinas llegaron incluso, en un momento dado, a quebrar el Imperio en tres entidades: el Imperio gálico (que comprendía Britania, Galia e Hispania), el propiamente romano (provincias centrales) y el de Palmira (que dominaba buena parte de las provincias de Oriente).

Como era de esperar, esta inestabilidad brindó la ocasión para que proliferaran bandas armadas que, a su vez, damnificaron enormemente el comercio interior. El exterior sufrió asimismo un duro golpe cuando en el vecino Imperio persa apareció una nueva dinastía gobernante, la Sasánida, mucho más belicosa y hostil que la anterior, que cerró las fronteras al hasta entonces boyante comercio oriental. Esta caída del comercio, tanto interior como exterior, afectó fundamentalmente a los grupos medios de la población, cuya ruina se hizo sentir en la capacidad recaudatoria del Estado. De este modo nos encontramos ante un círculo vicioso en el que una crisis política alimenta una crisis económica, que a su vez alimenta una crisis fiscal. Pero no acaban allí las desgracias.

Esta debilidad coyuntural del Imperio será aprovechada por algunos pueblos vecinos, como los godos o los ya mencionados sasánidas para hostigar las fronteras del Imperio. Se añade así el ingrediente de guerra en las fronteras a esta olla en ebullición. El Ejército romano tuvo que encarar este vendaval de amenazas y, contra todo pronóstico, salió finalmente vencedor. Roma sobrevivió, en efecto, pero al precio de convertirse en algo muy distinto a lo que había sido antaño: la Tetrarquía que inauguró Diocleciano, un modelo de gobierno autocrático y, en buena medida también teocrático, inspirado en su vecino sasánida, con una sociedad claramente estratificada entre privilegiados y humildes, y con escasas o nulas posibilidades de promoción social.

Para saber más

«La legión romana»

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