ARCO salta el muro

Presencia rotunda de pintura y bastante fotografía. Espacios muy amplios en los que la provocación se reduce a cero y la capacidad de sorprender corre pareja. Las reivindicaciones políticas y sociales las hay, porque las ha habido siempre pero reducidas a lo mínimo.

En Íñigo Navarro se vende un precioso lienzo del artista por 1,4 millones de euros. Está datado en los años treinta.
En Íñigo Navarro se vende un precioso lienzo del artista por 1,4 millones de euros. Está datado en los años treinta.

Presencia rotunda de pintura y bastante fotografía. Espacios muy amplios en los que la provocación se reduce a cero y la capacidad de sorprender corre pareja. Las reivindicaciones políticas y sociales las hay, porque las ha habido siempre pero reducidas a lo mínimo.

No estaba. O no la supimos hallar. Nos referimos a esa pieza que acapara portadas y titulares (el artista encajado del año pasado, el vaso de agua medio lleno –¿o era medio vacío?–, aquel «okupa» que acabó por hacerse su hueco en la feria y que «exponía», tímido, tras una cortina) y cuyo grado de disfución no equivale a su calidad. Esto es, la pieza provocadora/ provocativa, porque en esta 36 edición de ARCO, provocaciones no hay. Cero, vamos. Ya lo anunció el director de la feria, Carlos Urroz: «Somos partidarios de que la gente descubra con sus propios ojos y no entre por la puerta pensando dónde está ‘‘la obra’’». Y se cumple. En cuanto a las reivindicaciones, las hay, (¿cuándo no las ha habido en una feria de arte?), pero las justitas. No son sobreabundantes ni cargan ni te asaltan por los pasillos tan desnudos de moqueta que parecen, un año más, a medio hacer. Unas veces aparecen a la vista y saltan al ojo y a la conciencia. Otras están escondidas, muy escondidas y son sutiles (las que dan más que pensar). Argentina, país invitado, despliega artillería sin complejos y huye de estereoptipos, que para eso inauguran hoy la feria los Reyes junto a su presidente, Mauricio Macri.

Nos preguntábamos si Donald Trump habría sido capaz de saltar el muro y entrar como elefante en cacharrería en ARCO. Ni un atisbo de su flequillo, ni uno. ¿O sí? Al menos, una vez está. La galería Aural, de Alicante, tiene una obra curiosa, «La partitura» es su título, obra de Máximo González. Hay música y silbidos que acompañan esta intervención poética y que está formada por doce pantallas sobre otros tantos pies. Begoña Martínez, la galerista, nos cuenta que «es la plasmación del artista de su descubrir el mundo y de la idea de no frontera». De ahí que al lado de unos niños que juegan a la orilla del mar en Alicante, una bandera que ondea tímidamente en el Arco del Triunfo de París, o de ese hombre que envuelve y desenvuelve de manera mecánica una barra de pan en una ciudad checoslovaca, se levanta, enhiesto e infinito, el muro, esa valla de la vergüenza «que él ha querido reflejar y que estuviera presente, aunque la obra se ha desarrollado durante diez años, de 2005 a 2015, luego que nadie piense que está aquí por Trump, pero está», explica Martínez. Cada una de las pantallas con su pie cuesta 8.000 euros y se pueden comprar en conjunto o por separado. «Él se pregunta de qué quieren protegerse levantando aquello. ¿Quizá de sí mismos?», se cuestiona la galerista de manera retórica. El artista ahora está en México DF pero regresará a España para inaugurar su nueva muestra en julio. En esa línea de denuncia, pero con una dureza casi poética, trabaja Teresa Margolles, mexicana también, nacida en Culiacán, Sinaloa, es decir, marcada a fuego por la violencia, que expone su obra en Mon Charpentier.

La manta de la vergüenza

Parapetada tras sus gafas observaba el martes cómo se montaba la pieza, un cuchillo que raja sin contemplaciones: tras la apariencia de una sombrilla (un pie con una tela armada a modo de parasol) se esconde una sombra. Lo explicamos: con esa tela se amortajó a una mujer asesinada en México. Las manchas de sangre están ahí, impregnadas “ad eternum”. Una sombra de muerte bajo la que cobijarse. Reivindicaciones feministas silban desde las esquinas, como la que se exhibe en Espacio Mínimo, una pieza realizada con telas y que lleva grabada esta leyenda: «Extemporaneous Speaking Contest: Stop it while you still have a voice: domestic violence no more», un mural mullido de durísimo contenido.

Eugenio Merino vuelve a ARCO. Confiábamos en que fuera el dueño de la foto como otros años, en que colgara o exhibiera la cabeza de Trump embalada en una caja de cartón, como llevó a Nueva York en octubre. No. Mostró la obra y la vendió por 16.000 dólares allí: «Se hizo ex profeso para el lugar y la compró un particular», explica. Él es más amigo de recurrir a lo sutil, de ahí que en ADN cuelgue una serie del artista relacionada con el tema de los refugiados protagonizada por las mantas térmicas con que se cubre a quienes llegan en patera. Y como no es lo que parece tiene el mismo tamaño que un pasaporte. Cada una está guardada en una caja de cristal: «Están todos los países de Europa en los que existen refugiados. Cuando llegan, lo único que reciben es una manta. El arte es una reflexión sobre lo que sucede y esto está ocurriendo ahora», comenta.

La obra con destellos dorados deja paso a las paredes llenas de color de Fer Francés, con un stand imponente. Y con la obra más cara. Ni Dalí, que es de una belleza increíble, ni Juan Muñoz, que cuelga de la pared en Elvira González. La palma se la lleva Alex Katz, con 1,7 millones de euros, consagradísimo nonagenario de quien ayer en el citado stand se cerraban operaciones a la velocidad de la luz. Los dibujos de la pared del fondo se venden a 50.000. Seguro que hoy quedan ya uno o dos. Y tienen un buen tamaño. Los Yturralde son preciosos. Enfrente, Hauser & Wirth, el matrimonio que hace un par de años fue bautizado como el más influyente del mundo del arte. Se han traido un stand que merece mucho la pena, como el pleno de dibujos de MacCarthy, que es un reclamo. Por allí deambulaba Manolo Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía. Le preguntamos si se había interesado por la obra de Roni Horn, reclamo del stand. Y nos quedó la duda de si algo se estaba cociendo. Juana de Aizpuru desembarca con un stand de tamaño considerable, en su línea, con su escudería en la que no falta nunca Heimo Zobering. Presenta una escalera a ninguna parte de Dora García y bellos trabajos de Montse Soto. En Guillermo de Osma no cabía ayer un alfiler. Alicia Koplowitz le preguntaba al galerista por alguna obra. El conjunto es fuerte y potente y la guinda la pone Dis Berlin, puro color y pura vida, con telas que dan al pasillo. En cuanto a la relación cantidad-tamaño es Lelong una de las que cumple a la perfección. Allí están David Nash, Forg, el recientemente fallecido Kounellis (¿multiplicará precios?). Una par de obras de Miró y una habitación ex profeso para David Hockney, que es como un refrescante chicle de clorofila. Explica el galerista que son dibujos realizados con su iPad: «Él se situaba frente al paisaje y ahí están». Las chicas planas y coloristas de Julian Opie han llegado con la vienesa Khobathwien.

Los coleccionistas cierran compras, o se lo piensan un tiempo, que también tiene derecho. Los hemos visto con ganas, aunque no todos los galeristas piensan lo mismo. Íñigo Navarro, con un espacio que es de obligada visita, asegura que todavía se nota que falta un empujón, «que la gente quiere, pero que la situación es como una bengala, que se termina de estabilizar porque la clase media no se ha recuperado todavía. ¿Dónde está el tejido de la clase media? Está aún dormido y asustado». Exhibe «El triunfo de Nautilo», de Dalí, que vende por 1,4 millones. «Ojalá se quede en España y lo compre alguien de fuera», desea. Quizá a estas horas ya tenga dueño. Se trata de una obra que el pintor realizó al llegar a América. «Aterrizaba con el dolor de todo lo que había visto en Europa. Es de los años treinta y resulta jovial, alegre. Hay que observarlo con lupa, cada detalle, como el barco que se deshace, el acantilado, cómo pinta el mar», explica.

El factor riesgo

El director del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, Fernando Francés, ve movimiento y ganas. «Claro que hay capacidad para comprar. La reactivación se está notando una barbaridad. Esta mañana (por ayer) me han llamado un montón de clientes para preguntarme. Y eso no lo escuchaba yo desde hace años. Me pedían opinión para comprar. Y se nota que hay riesgo a la hora de traer determinadas obras. Hablo de riesgo, no de provocación», subraya. Y Soledad Lorenzo, fiel siempre a ARCO, emprende la marcha después de tomar un café: «El arte ya no sorprende, no te deja con los ojos de par en par como sucedía antes, hace años. Y creo que no pasa solamente en este ámbito, pero es algo que se ve», comenta. Y lo tenemos en cuenta. Otros galeristas comparten esta idea de que se nota que «la cosa funciona, aunque no vamos a echar las campanas al vuelo porque no queremos darnos de bruces con la realidad», comentan.

Los primeros puntos de color rojo empiezan a verse ya. En Fernández-Braso pueden hacerse con un Palazuelo por 175.000 y en Lelong se vende un Tàpies, por jemplo, por 600.000 euros («Porta aberta»). En Cosmocosa tiene un acrílico sobre tela de Luis Frangella por 22.000 dólares (20.876 euros) y en Deweer «The loyal scavengers» (2016) por 200.000. Y en Kewenig, «Wall Field», realizada por Sean Scully el año pasado, se vende por 300.000 dólares. Precios que se repiten como un mantra y caras ya demasiado conocidas (¿no hemos visto ya esta feria?). Antonio López este año se ha quedado en casa. Tampoco le hace ninguna falta.