Daniel Day-Lewis, la última puntada de un actor excepcional

Es su trabajo final después de una carrera plagada de éxitos. Ha sido Lincoln, gánster en Nueva York y miembro del IRA. Y ahora decide retirarse en lo alto con su magnífica interpretación de un modisto perfeccionista inspirado en Cristóbal Balenciaga.

Day Lewis da vida a un modisto obsesionado con el control de su obra y su vida
Day Lewis da vida a un modisto obsesionado con el control de su obra y su vida

Es su trabajo final después de una carrera plagada de éxitos. Ha sido Lincoln, gánster en Nueva York y miembro del IRA. Y ahora decide retirarse en lo alto con su magnífica interpretación de un modisto perfeccionista inspirado en Cristóbal Balenciaga.

Paul Thomas Anderson (1970, California), es uno de los pocos directores de cine actuales que concitan a un mismo tiempo el reconocimiento cinéfilo y la adoración de la taquilla. Lo confirman las seis nominaciones al Oscar de su nueva cinta, «El hilo invisible». Lo subrayan las críticas, casi unánimes en el fluorescente y apasionado capítulo de elogios, con 90 puntos sobre 100 posibles en el agregador de Metacritics, que suma las puntaciones de 50 reseñas publicadas en Estados Unidos en el último mes. «Una película profunda, intensa y extravagantemente personal», escribía en «The New York Times» A. O. Scott, respetadísimo cronista de cine. Sus palabras se repiten, multiplicadas, en los textos de casi todos sus colegas.

Scott, por cierto, insiste en la cualidad casi autobiográfica de la cinta. Ya saben. Basada, aunque sea oblicuamente, en la personalidad, obra y milagros de Cristóbal Balenciaga. Un Balenciaga llamado Reynolds Woodcock y sublimado para destilar los aspectos más geniales de su arte al tiempo que el director le superpone una peripecia sentimental ficticia: un tormentoso romance con una camarera que acaba por ser su compañera y musa. Entre medias, la hermana del modisto, que ejerce de guardiana del santuario, como una madre suplente.

Barroca y sensual

Una de las claves de la película, cuidada hasta el paroxismo, miniada en unos planos de una rotundidad barroca y sensual, y agraciada por una deliciosa banda sonora, es, claro, la mercurial presencia de Daniel Day-Lewis. Un Lewis que, de nuevo, borda su interpretación de un hombre atormentado. No por la ambición de poder o el deslumbramiento del dinero o el odio al inmigrante o la soledad de la cima o la guerra contra el Sur. No, esta vez la dinamo que revuelve a este Lewis mayúsculo será, sencillamente, su extrema capacidad para chupar y generar belleza, más la incapacidad asociada para relacionarse con sus semejantes en unas relaciones siempre supeditadas a su único y principal anhelo: la ideación y facturación de esas joyas de la alta costura que constituyen, más que una vocación, su única posibilidad de respirar y, de paso, de reconciliarse con sus fantasmas.

Se trata de la segunda vez que el reputado histrión, el más alabado de su tiempo junto al desaparecido Philip Seymour Hoffman y el siempre excesivo Joaquin Phoenix, actúa a las órdenes de Anderson. Ya lo hizo en «Pozos de ambición», que le reportó un Oscar, el segundo de su carrera, y al igual que entonces, se repite la idea de que este será, definitivamente, su último papel. Lo cierto es que entre 2007, fecha de estreno de «Pozos de ambición», y 2018, Lewis solo ha actuado en cuatro películas, incluidas las dos de Anderson y el «Lincoln» de Steven Spielberg que le reportó su tercer Oscar. Quién sabe si, de la mano de uno de sus directores fetiche –los otros serían Martin Scorsese y Jim Sheridan– no recibirá la cuarta estatuilla de su carrera.

Con ocasión del estreno, y preguntado por la revista «Indiwire» por la decisión de Lewis de retirarse, Anderson comentó: «He enterrado la cabeza en el suelo con este asunto, sinceramente, aunque tengo que tomármelo en serio porque Daniel Day-Lewis habla en serio, pero trato de negar la posibilidad de que no podamos volver a trabajar juntos».

Cabe anotar también que no está solo, que en «El hilo invisible» lo acompañan otras dos intérpretes en estado de gracia. Por supuesto la británica Lesley Manville, que hace de hermana del diseñador y que brilla soberbia con su carga de miedo, envidias y lealtades. Y Vicky Krieps, arrolladora y a ratos escalofriante, sorprendente, delicada e inteligente en su papel del amor que se niega aceptar un papel secundario, de musa y víctima, en el esquema vital de un Woodcock que hasta entonces ha usado y exprimido a sus parejas con la superficialidad de un caníbal emocional.

El camino a la locura

Impresionan las continuas vueltas, los pactos y las treguas que se concede la pareja, las torturas a las que se someten y también el amor que se profesan, y apabulla, por retorcida y romántica, por enferma y apasionada, la deriva de una historia que conduce a la fidelidad por la locura o viceversa. En conversación con «Rolling Stone», Anderson comentó que la idea inicial de la película, y la posibilidad de que alguien mantenga enfermo a su pareja a fin de hacerse imprescindible, le hacía preguntarse otra vez por qué su protagonista principal seguía con ese tipo. ¿La respuesta? «Porque ella lo ama y están conectados de una forma profunda. Esa idea me intrigó».

De las espídicas e inquietantes «Boogie nights» de sus inicios, saludadas como la obra del hombre que venía a suceder a Scorsese, a la tremenda «Magnolia», con un Tom Cruise enloquecido y magnético, a la venerada «Pozos de ambición» y la intensa y críptica «The master», que indagaba en el nacimiento y auge de la Cienciología, y por supuesto en su adaptación de la novela de Thomas Pynchon, el novelista posmoderno por antonomasia, con el que comparte tantas cualidades, Anderson ha sacudido las tripas de la industria con unas películas tan viscerales como adultas y tan violentas como elegantes, inteligentes y teatrales. Cine mayúsculo, personalísimo e intransferible que, misteriosamente, sobrevive en el desierto panorama de unos grandes estudios consagrados en su mayor parte al empaquetado y facturación de bagatelas para niños y adaptaciones de cómics. Con «El hilo invisible» restituye, de nuevo, la llama de un arte asediado por los mercaderes como una bestia antigua y noble.

Gracias un puñado de mohicanos, entre los que destaca la privilegiada pupila y el maniático perfeccionismo de un hombre que, siguiendo los pasos de Stanley Kubrick y otros ilustres obsesos, parece incapaz de entregarse a la gratuidad de lo banal.

Pero aunque «El hilo invisible» es ya para la crítica un imprescindible del año y a pesar de sus seis nominaciones (entre ellas mejor director y película), se antoja complicado que brille en unos Oscar en los que «Los archivos del Pentágono», «Tres anuncios a las afueras» y, sobre todo, «La forma del agua» tienen mejores cartas. Lo que está claro es que el Oscar a Day-Lewis sería un broche de ensueño a su carrera, si de verdad estamos ante su último trabajo.