«La gran familia española»: Un buen equipo

Director: Daniel Sánchez Arévalo. Guión: D.Sánchez Arévalo. Intérpretes: Verónica Echegui, Antonio de la Torre, Quim Gutiérrez, Roberto Álamo, Héctor Colomé. Duración: 101 minutos. España. 2013. Comedia.

Cierto, la familia, la gran familia. Española. Menos mal que Sánchez Arévalo decidió que el título sería éste a pesar de las dudas iniciales y los previsibles jaleos que aquí se arman ante ciertos temas. Porque su película lo es. Me refiero a tremendamente española, tremendamente contradictoria, cómica, amarga, un poco sinvergüenza, un poco nostálgica y tristona y, sin embargo, también tiene esperanzas en algo del futuro puestas. Cinco hermanos distintos, cinco perdedores en distinto grado, y un secreto que no comparten entre medias, vuelven a reunirse de nuevo durante el estupendo arraque de la cinta. Es el día en que el más joven va a casarse con su novia de siempre, embarazada y puro desparpajo rubio. El mismo día en que tiene lugar la final del Mundial de Suráfrica. La Selección Nacional contra Holanda. La gloria, la catarsis colectiva, yo soy español, español, español, ya saben, esos únicos instantes de nuestra historia en que todos somos del mismo sitio y a nadie le da corte corearlo con la cara pintada de rayas rojas y amarillas. Ni en Cataluña. Sabe manejar el cineasta los hilos, finos, delicados y casi transparentes en ocasiones, del humor, también los de la desesperación sutil y el drama, y se reirán mientras estos tipos inmaduros van en una vieja furgoneta para recoger al hijo pródigo aunque luego sepas que la madre hace años que los abandonó para comenzar una nueva vida al lado de otro hombre y la echan de menos porque no saben ni siquiera qué pasó en aquella pareja. El padre, mientras, arrastra problemas de corazón, de un corazón resquebrajado por la ausencia de ella, y de tensión alta. Hay quien ve en el filme de Arévalo una radiografía patria con esos hombres tan bien/mal avenidos, tan distintos y, en el fondo, tan iguales (uno quiere parecerse al otro porque lo envidia e incluso pierde peso, gana barba y le «roba» la novia para que la asimilación sea completa) unidos únicamente de vez en cuando ante grandes empresas o asuntos, económicos, por ejemplo. Y existe una declaración de amor descarada por cierto cine de antaño (las referencias clave a «Siete novias para siete hermanos»), y un aire berlanguiano, alegre, bullicioso, elegante y caótico, en la propuesta, en una boda sin boda atestada de invitados que comen, beben y miran el partido en una pantalla gigante aunque sobre la realidad que los rodea no se enteren de jota. En el fondo, quizá lo que importe sea ganar el partido, en equipo y más o menos revueltos, todos en el mismo lado del campo. Los goles siempre valen lo mismo, da igual quién los tire y desde donde. Aunque sea de penalti.