El fin de la tormenta creativa de José Hernández

Grabador, pintor, dibujante, escenógrafo y figurinista, creó un universo onírico único

Tenía la voz pausada y la conversación ágil, tanto como la cabeza, dispuesta siempre a crear. Lobo solitario, alérgico a las modas y capaz de crear un universo surrealista y absolutamente onírico de imágenes en el que los tonos ocres y los tierra se adueñaban de la paleta de colores. Ni siquiera la enfermedad que le había cercado hace tiempo y a la que él plantaba cara desde su ánimo siempre positivo le restó un ápice de energía, de entrega a José Hernández. La noticia sabida ayer de su fallecimiento cayó en el mundo del arte como un jarro de agua fría. Pintor, escenógrafo, grabador, figurinista, ilustrador de libros, un hombre del Renacimiento, como muchos de sus compañeros de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (cuya Calcografía dirigió entre 2006 y 2008) le reconocían y que apenas podían creer que acababa de fallecer quien se convirtió en 1988, cuando franqueó la puerta de la casa, en el académico electo más joven de España.

Lágrimas del maestro

Francisco Nieva, ayer, no pudo contener las lágrimas. De él, a quien consideraba su maestro, hablaba Hernández así el pasado mes de abril para las páginas de este diario: «Siempre estaré en deuda con él porque su generosidad es inmensa». Colaborador infatigable del autor de «Pelo de tormenta», se limitaba a describirse a su lado «como un pinche», mientras que del maestro decía: «Es un compendio, yo diría que lo más cercano que he visto en mi vida a un genio, un hombre del arte completo». Se conocieron en 1973, coincidieron ese año la primera vez y a partir de ahí se fueron frecuentando. Fruto de esa amistad son sus escenografías para «Danzón de exequias» (1974), «Pelo de tormenta» (1977), «La vida breve» (1999), de Falla, «La señorita Cristina» (2001), ópera de Luis de Pablo para la que Nieva firmó la dirección escénica, y «Tórtolas crepúsculo y... telón» (2010), sin dejar de lado sus colaboraciones con Joaquín Vida, Juan Carlos Pérez de la Fuente, Miguel Narros, José Luis Gómez, Jaime Chávarri o Carlos Saura. Nació en Tánger en 1944 y ha fallecido en Málaga, ciudad en la que vivía y que alternaba con Madrid. Su primera exposición la inauguró en la Librairie des Colonnes en 1962. Emilio Sanz de Soto, con quien estudio y a quien admiraba, describe así los primeros contactos con el artista en ciernes: «En estas visitas fantasmas a unos ambientes fantasmagóricos, me acompañaba el jovencísimo pintor tangerino José Hernández, quien a los 17 años ya soñaba despierto dibujando gatos enfurecidos». Fueron aquellos años de juventud rabiosa en los que alternó con artistas que le nutrieron. Años después recordaría que no fue consciente de las experiencia de aquellos años sino pasado el tiempo. Dejaron su poso en al obra del artista, pareceida únicamente a sí misma y frente a la es imposible confundirse. En la capital abrió su primera muestra en Edurne en 1966 y la última hace casi un año en Leandro Navarro. En ella colgó sus dibujos y óleos. Su hijo, Íñigo Navarro, lo recuerda así: «La amistad era enorme. Fue una muestra visitadísima que nos sorprendió a todos porque él ya estaba enfermo cuando la empezamos a montar. Le pedimos sólo dibujos para que la exigencia fuera menor y la fatiga a la hora de montarla también; sin embargo, él se fue animando y culminó una exposición, como dijeron quienes pudieron verla, ''de lo mejor que ha pintado en su carrera''. Había salas de dibujo y de óleos y por allí pasó la Academia de Bellas Artes entera. Nunca hablamos de la enfermedad porque era constructivo, alegre, emprendedor, un ejemplo positivo. De él aprendí su humildad y su increíble humanidad. Calaba. Tenía una manera muy particular de percibir el arte y yo me siento orgulloso de haber podido ser testigo de lo que hizo y del legado que nos acompaña. Ha sido gratificante».

Oficio de artista

Su mano a la hora de dibujar dicen que ha sido una de las más certeras que ha dado el arte español. Sin embargo, José Hernández, que lo sabía, lo escuchaba desde la distancia, buscando siempre el silencio y alejado del bullicio. A él le gustaba encontrarse, pero en soledad. Con él se va el oficio de artista, en el amplio sentido de la palabra. Y nos deja un artista de oficio. Sharon Smith, su esposa, a su vera siempre, ya no disfrutará de aquellas hamburguesas que compartían en jornadas de asueto con Nieva, esas que tanto gustaban y gustan al maestro octogenario. Será enterrado en el cementerio sacramental San Justo de Málaga.