Guerra fratricida entre los conquistadores

En su libro «Plata y sangre», Antonio Espino da cuenta de la cruenta reyerta en la que se enzarzarían Pizarro y Almagro, socios en la conquista del Perú

Terminada la conquista, el reparto del territorio dejaba la ciudad más rica, Cuzco, en manos de Pizarro, lo que molestó a Almagro, que decidió dirigirse a Chile en busca de nuevas conquistas.

Terminada la conquista, el reparto del territorio dejaba la ciudad más rica, Cuzco, en manos de Pizarro, lo que molestó a Almagro, que decidió dirigirse a Chile en busca de nuevas conquistas. Una vez retornado de su fallido intento, derrotó a las tropas enviadas a su encuentro por Francisco Pizarro, al mando de Alonso de Alvarado, a las que incorporaría a su hueste, y conquistó Cuzco, tomando prisioneros a los hermanos de Pizarro. En las guerras civiles peruanas iban a estar a la orden del día las ejecuciones de los líderes contrarios –y de los desertores–, pero también la incorporación de sus tropas a las propias. La falta de fidelidad era castigada de inmediato con nuevas ejecuciones. La espiral de violencia fue terrible. Almagro decidió abandonar Cuzco para fundar una ciudad en la costa que, de la misma manera que Lima, le permitiese estar en contacto con Panamá y, desde allá, con la Corte. Se llevó consigo la mitad de sus tropas, junto a Hernando Pizarro. En Cuzco permanecieron Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado y no a buen recaudo, pues al poco de la salida de Almagro consiguieron escapar y alcanzaron Lima, con la ayuda de algunos elementos almagristas traidores. Se buscó el acuerdo entre una y otra parte. En la localidad de Mala se produjo una entrevista entre ambos contendientes el 13 de noviembre de 1537. Tras varias semanas de discusiones, Francisco Pizarro realizó una propuesta que Diego de Almagro aceptaría: a cambio de la libertad de Hernando Pizarro recibiría un rescate librado en oro y podría permanecer en Cuzco hasta que la Corona dictaminase a quién pertenecía de manera definitiva. Almagro partió hacia Cuzco por Huaytará, si bien tuvo la prevención de ordenar a Rodrigo Orgoños que se protegiesen los caminos alternativos que conducían a dicha localidad. Por su parte, Hernando Pizarro, muy deseoso de vengarse, y Alonso de Alvarado con 300 efectivos iniciaban la persecución de las tropas de Diego de Almagro.

Las guerras civiles peruanas consistieron, ante todo, en un continuo acoso del enemigo para forzarle a dar la batalla. Tras unas escaramuzas iniciales, las tropas de Hernando Pizarro, contra todo pronóstico, ganaron la posición del capitán Chaves, lo que obligó a la retaguardia almagrista a retroceder a toda prisa. Orgoños consiguió detener la huida y, poco después, las tropas de Almagro se les unieron para frenar el posible ataque de los pizarristas. Estos adelantaron posiciones, pero tras pasar una mala noche a causa de una ventisca y al no haber previsto portar tiendas de campaña, bastimentos, ni indios de servicio suficientes, decidieron retirarse al valle de Ica. Así, una primera batalla estuvo a punto de estallar. La falta de previsión lo impidió. Algunos almagristas reclamaron que se atacase a los hombres de Pizarro, pero no se les hizo caso.

En Ica, Hernando Pizarro reunió hasta 700 efectivos hispanos. Les prometió una suculenta recompensa si eran buenos soldados, con independencia de si luchaban a caballo o no, «pues no tener caballos era cosa de fortuna, y no menoscabo de sus personas». Así se elevó la moral de las tropas. Desde Huaytará, Almagro se fue retirando muy despacio hacia Cuzco. Algunos de sus oficiales le reclamaron todavía atacar Lima por sorpresa. No se les hizo caso; para evitar deserciones, Almagro y la mayoría de sus oficiales confiaban en introducir cuanta más gente mejor en Cuzco y dar la batalla allí. Tras una agotadora marcha de tres meses las tropas de Hernando Pizarro alcanzaron las cercanías de Cuzco en los inicios de abril de 1538. Ante la noticia de la arribada de las tropas pizarristas, Diego de Almagro decidió resistirles fuera de la ciudad. A media legua de Cuzco, en un lugar llamado las Salinas, Almagro desplegó sus tropas. Según Cieza de León, eran medio millar de españoles. Las fuerzas pizarristas eran más numerosas, por lo que no tuvieron problema para avanzar rápidamente contra sus enemigos.

Cuando Rodrigo Orgoños vio que medio centenar de caballos pizarristas habían avanzado sin prácticamente resistencia, encabezó el ataque de su caballería, mientras los piqueros de una y otra parte se encontraban. Lanza en ristre, mató a dos contrarios, y con su estoque comenzó a atacar a sus enemigos hasta que un perdigón, que le dio en la cabeza, lo dejó malherido. Rodeado por seis de ellos, Orgoños quiso rendirse a alguien de su rango, pero un criado de Hernando Pizarro, un tal Fuentes, una vez sujeto en el suelo, le cortó la cabeza sin mediar un instante. Sin duda, llevaba instrucciones.

Las tropas almagristas comenzaron a huir en desbandada, y los pizarristas no tuvieron piedad de ellos, atacando y asesinando a muchos que se encontraban heridos. Diego de Almagro contempló el encuentro desde un cerro y al comprobar la derrota se marchó en dirección a la ciudad con algunos fieles y se refugió al final en la fortaleza de Sacsayhuamán. Allá lo tomó preso Alonso de Alvarado y Hernando Pizarro, que lo mandaron encarcelar.

Almagro fue acusado de atentar contra la autoridad real y sus intereses en Perú. El adelantado siempre confió en que su otrora socio, Francisco Pizarro, no lo mandaría ejecutar, pero su situación se vio complicada en las últimas semanas por temerse que un motín lo liberase. El 8 de julio de 1538 Hernando Pizarro ordenó al fin dar garrote a Diego de Almagro en su prisión para cortarle la cabeza a su cadáver en el cadalso. Hernando sería encarcelado años después por esta ejecución. Así acababan los días de Diego de Almagro, cuyo enfrentamiento con Francisco Pizarro le costó al Imperio la vida de valiosos capitanes.

Para saber más

"Plata y Sangre"

Antonio Espino López

Desperta Ferro Ediciones

376 pp.

24,95 €