Gamboa es el nuevo «boom»

Jamás una novela inédita había generado tantas expectativas como «Contarlo todo». Anunciada en la Feria de Fráncfort de 2012 bajo el respaldo de la agencia Carmen Balcells y de palabras elogiosas de Mario Vargas Llosa, la primera novela de Jeremías Gamboa (que ya había dado a conocer en 2007 un libro de cuentos) ha llegado finalmente a las librerías españolas y su publicación es, quizá, uno de los acontecimientos más importantes de la narrativa latinoamericana de los últimos años. «Contarlo todo» es una novela de largo aliento, que narra el extenso camino que Gabriel Lisboa, un joven periodista que vive en el periférico barrio limeño de Santa Anita, emprende para convertirse en escritor, aunque en ese momento no sabe de qué manera hacerlo y aunque, para llegar a serlo, deba atravesar primero un tortuoso sendero repleto de páginas en blanco, de frases borradas, de comienzos de textos que no llevan a ninguna parte y de una intensa búsqueda de su identidad mediante el ejercicio tenaz y paciente de la escritura.

«Supongo que esperaba demasiado de mí, y que ahí radicaba la base de todo el problema, pero por esos días no tenía la capacidad de darme cuenta», dice en un momento Gabriel Lisboa, que finalmente, tras esa interminable travesía, una mañana de 2004 en que sale de la fría ducha de su casa escuchando «I'm so Free» de Lou Reed consigue, por fin, abrir un documento de texto y empezar a escribir una novela en la que decide, de una vez por todas, contarlo todo. Y contarlo todo es contar nada menos que los últimos diez años de vida de Gabriel Lisboa, que vive con sus tíos porque su padre lo ha abandonado, que primero intenta estudiar Historia en la prestigiosa Universidad de San Marcos y que, tras conseguir una beca en la Universidad de Lima, se abre camino en el mundo del periodismo como estudiante de Comunicación y como becario de «Proceso», un importante semanario político que es opositor al Gobierno dictatorial que por entonces dominaba el Perú.

El club de «los mostros»

Sincera, honesta, la novela se abre entonces a la agitada peripecia de este entrañable personaje que mientras intenta aprender los rudimentos de un oficio como el periodismo, que terminará asfixiándolo, se interna en los vericuetos del amor, de la poesía y de una intensa vida sentimental en la que se mezclan las mujeres, los ligues y la amistad de la mano de sus fieles amigos, como Bruno, Jorge y Santiago, que se hacen llamar «los mostros» y que forman los cuatro un «Conciliábulo» en el que comparten cigarrillos, cervezas, lecturas y una pasión a fuerza de fracasos por el arte en general y por la literatura en particular mientras recorren los barrios y los malecones de una ciudad que en «Contarlo todo» aparece tan gris como llena de bullicio y aventuras.

Lima, no obstante, esa Lima que tan bien han retratado Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, adquiere así, en esta hermosa e intensa novela escrita a corazón abierto, una presencia cautivante, como si se tratara de un mapa que no representa un escenario social y colectivo, sino un territorio muy íntimo y personal, levemente iluminado por el resplandor de las palabras y de la escritura que Gabriel Lisboa, a fuerza de golpes y golpes en el teclado de su ordenador, procura llevar adelante. «Intenté mil oraciones o intentos de oraciones en el documento word que abrí con cierta desesperación y en ningún momento, pese a largas e inenarrables horas de tortura que pasé frente al ordenador, me creí una sola de las oraciones que escribí para huir de la angustia que me generaba la pantalla en blanco», señala en otro pasaje de «Contarlo todo» el protagonista, siempre a punto de abandonar su proyecto de convertirse en escritor pero consciente, de todos modos, de que el talento, si es que lo tiene, no podrá abandonarlo jamás.

Compendio de amor y valentía, cuaderno de bitácora de una novela que por momentos parece escribirse por sí sola, en cualquier caso, es un relato épico y a ratos desgarrador que no sorprende por su virtuosismo lingüístico sino por la naturalidad de su estilo, un estilo engañosamente simple pero en cuyos intersticios puede oirse una voz propia, original, única, esa voz que Gabriel Lisboa ha perseguido a lo largo de diez años y que, una vez encontrada, sólo le pertenece a él. A él y a Jeremías Gamboa, un escritor que ha contado el relato de su vida y que, en palabras de Vargas Llosa, es «perfectamente dueño de sus medios expresivos, que sabe concentrarse en lo esencial, que es siempre contar una historia bien contada».