Cultura

Marcos Jesús Borrego: "Gracias a la fusión, el flamenco ortodoxo sigue existiendo"

Presenta «Le sonrío al agua», un álbum muy personal en el que anuda distintos estilos.

Presenta «Le sonrío al agua», un álbum muy personal en el que anuda distintos estilos.

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En ese barquito de papel nos hizo viajar a la isla del amor; tocando palmas, a golpe de remo, sin naufragar, atisbando tierra firme para este artista sevillano, que ahora vuelve sonriéndole al agua, encontrándose a sí mismo, en un disco más personal, más suyo. Destila su incombustible deje y ese aroma al pegamento que adhieren las canciones a las pistas de baile, donde se incrustan y suenan y suenan y vuelven a sonar. Tiene un nombre artístico compuesto, como su música, que se anuda a la garganta fusionando el flamenco con estilos como el trap o el pop latino. He aquí una coctelera de sabores, de sonidos y de letras, de melodías, de sentimientos. Una ventana por la que asomarse a la ortodoxia de una disciplina que no debe dejar de renovarse para sobrevivir.

–¿Qué diferencia a Marco Jesús Borrego de Demarco?

Muchísimas cosas. Yo soy muy tímido, me cuesta abrirme a la gente que no conozco, aunque cuando entablo un poco de confianza, me suelto. Personalmente, no tengo nada que ver con el artista que se sube al escenario.

–Algo tendrá uno del otro...

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La manera de sentir.

–Su nuevo disco es un paso más.

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Sí, para no quedarme estancado y fusionar el flamenco con otros estilos que hasta hace nada no habían irrumpido. He querido que suene a lo que tengo en la cabeza.

–¿Y a qué suena?

A flamenco y a Demarco. En este disco he volcado mis melodías y mis letras. Me he encontrado un poco más.

–¿Debe renovarse el flamenco para sobrevivir?

Totalmente. El flamenco es una de las músicas más ricas del mundo. Pero de no ser por Camarón, Morente o Paco de Lucía, o por grupos como Ketama e incluso Triana, ya hubiera muerto. Gracias a la fusión, el flamenco ortodoxo sigue existiendo. Considero mi música como una ventana por la que asomarse al flamenco más puro.

–¿Con qué puede combinarse?

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Yo lo mezclo con trap, con pop latino... El flamenco no debe renunciar a ningún estilo.

–Pero así pierde pureza...

No lo creo. Sí pienso que se desmarca. Un cante por soleá es un cante por soleá. Y eso está bonito tal y como está. En cualquier caso, quienes se colocan en contra de la fusión del flamenco sobrevaloran la pureza.

–¿Por qué le sonríe al agua?

(Risas) Por desgracia, tras la muerte de mi padre, pasé una mala época. Pero ahora me dedico a lo que quiero, tengo a mi familia y a mi niña, que tantas alegrías me da para sonreír incluso los días grises en los que uno se encuentra bajo de moral.

–¿Usted vive sonriendo?

Sí, sonriendo con mi familia, soy feliz.

–Ya cantaba aquello de «si te veo sonreír soy el hombre más feliz»...

(Risas) Ahí, ahí. Existe un lazo entre esa canción y este disco.

–¿Quedan rastros de su anterior vida?

Por supuesto. Sigo siendo la misma persona y teniendo los mismos amigos. Llegar hasta aquí con mi edad ayuda a no evadirse y a no creerse nada. Antes me dedicaba al butano y ahora, a cantar. Y soy más feliz. El camino ha sido bonito, pero muy duro. Con el anterior disco hice 150 conciertos que me apartaron de mi gente y me obligaron a renunciar a muchas cosas. Aunque estoy orgulloso de mí.

–¿Ya se cree que es posible vivir de la música o aún le cuesta?

Me cuesta, porque hoy puede funcionar una cosa y mañana nadie acordarse de ella. Deseo cantar toda mi vida.

–¿Cuándo y dónde queda con las musas?

Nunca vienen cuando se quiere. Te pueden coger viendo la televisión; en la cama, y obligarte a levantarte por una letra; trabajando, como me pasó en el primer disco... Incluso me ha ocurrido de ir en el coche, ponerme a cantar, salirme algo bonito y hacer una nota de voz para grabarlo antes de continuar el camino.

–¿Qué tal le cae la fama?

Bien, se sobrelleva (risas). Te hace renunciar a la intimidad, y a mí que me cuesta sentirme observado... Pero me agrada que la gente se acerque a decirme que les gusta lo que hago.