Napoleón contra Pío VII: Bonaparte trató al Papa como al peor criminal

Lo que parecía un viaje prometedor se convirtió en su mayor sufrimiento: Bonaparte le hizo prisionero al rechazar rotundamente un decreto.

Pío VII viajó a París para conocer a Napoleón Bonaparte en 1804
Pío VII viajó a París para conocer a Napoleón Bonaparte en 1804

Lo que parecía un viaje prometedor se convirtió en su mayor sufrimiento: Bonaparte le hizo prisionero al rechazar rotundamente un decreto.

El Papa Pío VII protagonizó un pontificado largo (desde 14-III-1800 hasta 20-VIII-1823) y sin duda alguna también sufriente y azaroso, debido al encarnizado enfrentamiento que mantuvo con el temible Napoleón Bonaparte. Hijo del conde Escipión Chiaramonti y de la marquesa Chini, Luis Bernabé –tal era su nombre de seglar– había nacido en Cesena, al pie de los Apeninos y muy cerca del mar Adriático. Cursó la primera enseñanza en el Colegio de Nobles de Rávena y con 14 años ingresó ya en el monasterio benedictino de Santa María del Monte.

En el Cónclave de Venecia se eligió Papa a este hombre dulce, piadoso, humilde y enérgico, quien, asistido por Ercole Consalvi, secretario de Estado de la Santa Sede, tuvo la satisfacción inicial de concertar el Concordato con Napoleón, el 15 de julio de 1801. Pero su alegría duró poco tiempo, pues enseguida se vio obligado a protestar contra los 77 artículos orgánicos que añadió por su cuenta y riesgo el Gobierno francés.

Pío VII no pudo evitar así viajar a París para conocer en persona al primer cónsul que era entonces Napoleón Bonaparte, en 1804. Precisamente durante el Consulado, se había dictado el Código Napoleónico que unificaba las leyes civiles francesas. Tanto Talleyrand como Fouché se opusieron con uñas y dientes al Concordato por considerar excesivas las concesiones a los católicos.

Era la Iglesia quien debía, en todo caso, supeditarse al Estado, y no al contrario. La religión se reducía en aquellos artículos orgánicos a un mero fenómeno sociológico que debía controlarse desde el mismo aparato político del Estado.

Y claro, Pío VII no estaba dispuesto a comulgar con ruedas de molino, aunque al final no tuviera más remedio que hacerlo para conseguir el nombramiento del cardenal Giovanni Battista Caprara como legado en París, así como el retorno de los sacerdotes emigrados y el establecimiento de un efímero período de paz que al menos suavizaba los enconados enfrentamientos registrados hasta entonces.

Pero el rumbo de los acontecimientos varió de modo brusco y vertiginoso. Tras la toma de Roma por parte de Napoleón el 2 de febrero de 1808, y la consiguiente anexión de los Estados Pontificios, Pío VII fue detenido y conducido preso a Savona, cerca de Génova, donde se le trató de forma indigna.

El Papa había rechazado con todas sus fuerzas el decreto de junio de 1809 que le arrebataba todo el poder sobre sus estados con la publicación de una bula en la que castigaba con la excomunión inmediata a todos aquellos que se comportasen de modo violento contra la Santa Sede. Conducido por la fuerza hacia su cautiverio, nadie tuvo en cuenta la disentería que padecía el Pontífice ni la infección en la vejiga urinaria que se le desató durante su traslado en coche cerrado hasta Savona.

como el peor criminal

Para colmo de males, el coche volcó mientras recorría una senda empedrada y tuvo que ser reemplazado de inmediato para proseguir un viaje convertido en todo un calvario, ya que se prolongó nada menos que durante 42 días. Una vez en Savona, el Papa se sometió a tres años de confinamiento ininterrumpidos, como el peor de los criminales. Solo la oración y la lectura diaria de los libros sagrados mantuvieron su ánimo levantado.

Pero aun así, el pontífice no dio jamás su brazo a torcer, como esperaba Napoleón sometiéndole a tan penoso cautiverio. Pío VII esgrimió hasta el final la única arma que le quedaba: negarse en rotundo a nombrar obispos en Francia. Hubo así hasta 17 sedes vacantes, pues por más que Napoleón se empeñó en conseguir aquellos nombramientos, llegando a convocar incluso de modo unilateral un concilio nacional en 1811, los participantes mostraron su adhesión incondicional al Papa, quien fue trasladado a otra prisión en Fontainebleau en condiciones lamentables.

Falleció con 81 años, tras 23 años, cinco meses y seis días de pontificado. Hubo a quienes les pareció oírle susurrar, mientras rendía su alma al Altísimo, los nombres de Savona y Fontainebleau como la peor penitencia. Avatares de la Historia: el mismo carcelero que había confinado al Papa durante años interminables, acabaría convertido en otro recluso tras la severa derrota en Waterloo, el 15 de junio de 1815, hasta su misma muerte acaecida el 5 de mayo de 1821 en la prisión de la isla de Santa Elena.

Condena a los «carbonarios»

Napoleón intentó arrancar a Pío VII un nuevo concordato durante su segundo confinamiento en Fontainebleau, pero el Pontífice lo desautorizó de modo inmediato en 1813 sin darse por vencido. De regreso a Roma, tras la caída de Napoleón, el Papa restableció la Compañía de Jesús el 7 de agosto de 1814. Reorganizó también los Estados Pontificios y firmó varios Concordatos.

El Pontífice, aunque enfermo, se mantuvo firme hasta el final de su reinado, durante el cual estableció también los Concordatos con Nápoles y Rusia (1818) y Prusia (1821). Mediante una bula suya condenó a los «carbonarios» en 1821, una sociedad secreta fundada en Nápoles a principios del siglo XIX que aspiraba sobre todo a la libertad política y a un gobierno constitucional.