Literatura

No se corte, Camilo

El escritor se tuvo que ver las caras con la doble censura, la suya y la oficial. Pero dejó guardados en la recámara los manuscritos que envió a Noël Salomon.

Camilo José Cela (segundo por la derecha) en «La colmena», de Mario Camus (1982)
Camilo José Cela (segundo por la derecha) en «La colmena», de Mario Camus (1982)

El escritor se tuvo que ver las caras con la doble censura, la suya y la oficial. Pero dejó guardados en la recámara los manuscritos que envió a Noël Salomon.

«El hombre habla con un hilo de voz, le tiembla todo el cuerpo, se estremece, se contorsiona. Respira violentamente con los ojos cerrados, la boca abierta y seca, la cabeza caída. Un temblor más fuerte le recorre el espinazo. Se queja, dice entre dientes algo que no se entiende, y se queda como muerto. Un sudor muy líquido le mana de la frente. La mujer lo suelta y se tira sobre la cama, boca arriba, con los muslos muy separados, cogiéndose la entrepierna con las manos. Doña Celia sale, desnuda, de detrás de la cortina y se echa sobre Lola, le lame todo el cuerpo. Lola la deja hacer. Se tapa la cabeza con la almohada [sic] y se mete un dedo por el culo. Sobre la habitación flota el respirar de las dos mujeres: el de Lola, agotado, ansioso el de doña Celia, que ha caído sobre los baldosines haciéndose una paja (...)». Juzguen ustedes si no era demasiado para la restrictiva España de los cuarenta. La historia dice que sí: la censura, responsable del decoro y de que nadie se saliera del camino, también gravitó sobre el texto que Camilo José Cela (Padrón, 1916-Madrid, 2002) presentaba el 7 de enero de 1946.

Paso en falso

Un paso en falso que no sería definitivo hasta que cinco años más tarde, y al otro lado del charco, la casa Emecé de Buenos Aires editase «La colmena» –no sin antes hacer la visita oportuna al tamiz peronista de la castidad y el buen hacer–. Ser fiel a la realidad le obligó a emigrar para poder tocar madera en las estanterías. «El reflejo de un mundo detenido, viene a ser el alma de la obra. Sus páginas se han convertido en el mejor testimonio notarial de aquellos tiempos terribles», explica su hijo, Camilo José Cela Conde. Una muestra clara pero solapada de manifestar la tensión de un pueblo en unos años difíciles. El propio Cela también se lo dejaba claro al lector desde el prólogo: «No es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad». Demasiado, pensó el organismo examinador.

Hasta su escapatoria argentina, en España no se había podido disfrutar de esa pluma más que a ojos del, tan afortunado como desdichado, censor de turno y a finales de junio del 45, durante una lectura en el Museo Nacional de Arte Moderno. Aprovechando la exposición de estampas del pintor madrileño Juan Esplandiú, el de Padrón regaló de su propia voz los dos primeros capítulos a los allí presentes. Poco más de un mes después, el 3 de agosto, publicó en «Arriba» «El alma de Madrid en 34 acuarelas», un texto clave que da pistas de lo que se traía entre manos. Aun así, habría que esperar algo más, hasta 1963, cuando Manuel Fraga Iribarne, en calidad de ministro de Información y Turismo, dio el visto bueno al texto. Y es que, como dice Cela hijo, «no fue un escritor al que le salieran las cosas a la primera y con orden y fluidez. Todo lo contrario. Pero, cuando daba por buena una página, era difícil cambiar una sola coma sin que el texto empeorara». Sólo era cuestión de tiempo.

Camino incierto

Con todo, el proyecto inicial no era «La colmena» como tal. Ésta se encontraba dentro de «Caminos inciertos», el sueño conjunto de Cela y el editor catalán Carlos Fernando Maristany de construir una «gran novela» de unas mil páginas. Pero la primera terminó creciendo por libre hasta convertirse en parte fundamental –junto a «La familia de Pascual Duarte»– en la que apoyar el Nobel que le llegaría en 1989 –como para no soltarle la correa–. Para llegar ahí, Cela tuvo que hacer y rehacer una y mil veces. La continua marcha atrás del escritor. Evoluciones, tachones...

Idas y venidas que incluyen en la remozada «La colmena» la RAE, la Asociación de Academias de Lengua Española y Alfaguara. Ellos son los responsables de esta nueva edición en la que se muestra el paso de la censura, propia y externa. Fragmentos inéditos del manuscrito de 1946. Vilipendiados por el lápiz rojo del escritor o con anotaciones sobre lo mecanografiado. Porque Cela, como corrector que había sido, sabía de qué iba el rollo. Es por ello que su hijo ahora se atreve a aventurar posibles «cebos» con el fin de preservar la esencia. «Mera especulación –asegura Cela Conde–, porque en casa nunca se hablaba de literatura, no sé por qué quitaba y ponía párrafos. Pero es posible que incluyera un par de barbaridades» que centraran la criba franquista y así salvar el resto del libro. Lo que no son conjeturas es lo que ponía en esas páginas. Frases demasiado soberbias a ojos del régimen. Prostitución, lesbianismo, sexo y referencias al Movimiento Nacional, entre los temas sobados en primer lugar y rechazados finalmente: «El señor José baja la mano hasta el escote de la chica.

–¡Ay, qué fría!

–No te apures, yo la calentaré.

El hombre pone la mano en la axila de Purita, por encima de la blusa.

–¡Qué caliente tienes el sobaco!

–Sí (...)».

Nada válido. Todo ello fue tachado por Cela sin piedad. Otras páginas, al completo. Y algunas todavía conservan la rúbrica oficial. Buena parte de esos bosquejos son los que recuperó la hija del hispanista Noël Salomon –a quien Cela prestó el manuscrito–, Annie, antes de donarlos a la Biblioteca Nacional en 2014. ¿Todos? «Casi seguro que están incompletos», apuntaron en la presentación de ayer en la sede de la RAE los expertos. Un manuscrito heterogéneo, incompleto y fragmentado que, sin embargo, ayuda a sumergirse en el universo Cela e interpretar lo que le pasaba por la cabeza durante el proceso de creación.

Lápiz rojo de la censura

Piezas que, para el catedrático de la Universidad de Barcelona Adolfo Sotelo, reconstruyen la «génesis textual» de «La colmena» y que ponen la guinda a la reedición. «Son pasajes que no forman parte de la edición canónica, pero que podrían haberlo hecho porque son importantes. Y, en cualquier caso, es importante tenerlos a mano como una especie de postre de la novela», apuntó Cela Conde.

Complemento que se acopla al libro en forma de apéndice –junto a el «Censo de personajes» que elaboró José Manuel Caballero Bonald y los prólogos que Cela incluyó en varias de sus ediciones–. Darío Villanueva, presidente de la Real Academia, se explica: «En ningún momento se ha barajado la posibilidad de incluir los nuevos textos dentro de la obra. Sería contradecir la voluntad del autor». Un puzle prácticamente imposible de descifrar y que jamás se puso sobre la mesa. Pues ya lo dejó claro don Camilo José: «Considero definitivas las versiones que hoy ofrezco y ruego a mis editores y traductores que en lo sucesivo a ellas se remitan». Y cualquiera se atreve a llevar la contraria a semejante carácter.

Genio forjado a base de contradicciones, como recordó ayer Cela Conde. Ya que el propio autor fue funcionario de la censura y escritor vetado por ésta. Perseguido en España y recibido en las embajadas latinoamericanas como gran referente de la literatura. «Todo ello fue la cortina que le hizo grande. Lo que le llevó a ser capaz de crear obras geniales», comenta su hijo. Títulos que le auparían al Cervantes, al Nobel, al Príncipe de Asturias, una veintena de doctorados Honoris Causa... Y pensar que, a punto de terminar «La familia de Pascual Duarte», lo que deseaba era montar un bar...