Teatro

Pericles se reanima en la UCI

Declan Donnellan repite en los escenarios madrileños con la obra de Shakespeare y Wilkins con la que se presentó en España en 1984 y en la que ahora cambia el Mediterráneo original por un hospital.

La compañía Cheek by Jowl llega al María Guerrero con siete intérpretes y un montaje en francés. Foto: Patrick Baldwin.
La compañía Cheek by Jowl llega al María Guerrero con siete intérpretes y un montaje en francés. Foto: Patrick Baldwin.

Declan Donnellan repite en los escenarios madrileños con la obra de Shakespeare y Wilkins con la que se presentó en España en 1984 y en la que ahora cambia el Mediterráneo original por un hospital.

Festival de Almagro de 1984, un joven Declan Donnellan (Mánchester, 1953) hacía su primera incursión en España, en inglés y de la mano de «Pericles». Desde entonces, son ya unas cuantas las visitas que el autor y director ha hecho por estas tierras. Las suficientes para considerar nuestro país como «uno de los socios más fieles», comenta el implicado. Entre lo reciente, las cuatro visitas al Centro Dramático Nacional entre 2008 y 2016. Cinco con la siguiente, la del 30 de mayo –hasta el 3 de junio– en el María Guerrero. Aprovechando, además, el mismo título que le sirviera de carta de presentación en los 80, «Pericles, príncipe de Tiro», aunque esta vez lo haga en francés y con la compañía Cheek by Jowl.

Pieza que, dentro de la obra del Bardo, es considerada por la crítica –de aquí y de allí– de «segunda clase» por mucho que Donnellan discrepe: «¡No! Es excelente». No duda el británico cuando se habla de este romance tardío que, en ocasiones, se quiere ver como parte de una tetralogía compuesta por «Cimbelino», «Cuento de invierno», «La tempestad» y el propio «Pericles». Lo que sí tiene de inusual la función es que no fue el de Stratford-upon-Avon el único autor de la misma, sino que, «probablemente» –puntualiza Donnellan–, George Wilkins también tuvo su parte de «culpa»: «Mi teoría es que, en el momento de la escritura, Shakespeare ya no era un joven dramaturgo de moda. Sería algo así como un éxito artístico, pero un desastre comercial, por lo que los empresarios del Globe decidieron emparejarlo con personas que animasen al público, y Wilkins fue uno de ellos».

Habla Declan Donnellan con tanta convicción que cuesta no creerle sobre la calidad del texto. Más aún cuando se detiene en «una de las mejores escenas de la historia». Se arranca: «Uno de esos momentos brillantes entre dos actores, que Shakespeare hace tan bien, sucede entre el padre y la hija. Es el perdón, el paso del tiempo, la paciencia, todas esas cosas invisibles que le interesaban en una determinada etapa de su vida... Escribe sin esfuerzo, casi compulsivamente. Tiene un significado muy profundo sobre el viaje y el regreso a casa. La vuelta después de una serie de experiencias terribles que te han cambiado. Se trata de la dualidad de un viaje tan desagradable como imposible», completa el director.

Se cuenta así la historia de un hombre que, amenazado por las tramas secretas de Antíoco –emperador de Grecia–, deja el gobierno en manos de su ministro Helicano y abandona Tiro. La nave naufraga en las costas de Pentápolis, pero Pericles se salva. Llegado a tierra, consigue la mano de Taisa, hija del rey Simónides, y se casa con ella. Llega la noticia de que Antíoco ha muerto, y Pericles y Taisa parten para Tiro con el fin de recobrar el trono. Durante una tempestad, Taisa da a luz una niña, y, creyéndola muerta, la mujer es abandonada a las olas en una caja, llegando así a Éfeso. Pero es que este Pericles que llega a la sala grande de la calle Tamayo y Baus (Madrid) dista mucho del original shakesperiano y wilkinsiano.

Sin naufragios

El príncipe de Tiro ya no naufragará en las costas de Pentápolis. Ahora se encuentra rodeado de médicos y enfermeras. Tumbado en una camilla, es la morfina la encargada de paliar el dolor y de abrirle un nuevo mundo alucinógeno. El Mediterráneo se traslada a las cuatro paredes de la habitación de un hospital y la odisea del protagonista es la de un paciente que encuentra en el delirio su vía de escape. Si al principio parece que se muere, luego, el drama no es tal. Como el Pericles primigenio, el enfermo escapa de las malas intenciones del tirano de Antioquia para vagar por los mares, aquí sus fantasías. De fondo, una radio transmite la difícil situación de los inmigrantes. Su esposa, su hija, su yerno y todo el personal médico, están desesperados por verlo regresar algún día. La tormenta se convierte en un orinal que se vacía sobre la cabeza del protagonista y los pescadores que lo rescatan son ahora las enfermeras.

Donnellan encuentra una salida médica para cada situación porque Pericles no es más que «un hombre que se distancia de aquellos a quien ama. Hasta que lenta y milagrosamente se vuelve a unir a ellos, aunque sea más por el destino que por sus propios esfuerzos. Se trata del misterio del amor, la pérdida y los sentimientos redescubiertos después de una ausencia dolorosa y confusa. Después de perder todo, quedar sin rumbo, de no entender nada, del esfuerzo... Sorprendentemente, tras ello, es el caos el que llega al rescate. De una sola vez, la casualidad y la ocurrencia aleatoria hacen las cosas bien», concluye Donnellan.