Cultura
Sara García, astronauta en la reserva: “Vivir tan aislada del resto no tenía sentido”
“Podríamos decir que la ciencia debería estar perfectamente entrelazada con las humanidades, tan estrechamente que ni siquiera fuese posible distinguirlas”, afirma Sara García
No me está gustando Rayuela. Cada página es un suplicio y, ya que Cortázar nos invita a ser editores de su obra, por qué no decirlo: el cuerpo me pide olvidar a Horacio, a la Maga y a Rocamadour para volver a arrebujarme entre las hojas de sus cuentos cortos. Al menos eso es lo que siento, pero sé que la literatura no es lo mío y, quizás, solo sea un cantamañanas incapaz de apreciar la excelencia de esta antinovela. Quizás… Lo que sé con toda certeza es que también soy bastante terco y que me las arreglaré para terminar Rayuela. Precisamente por eso me alegró recibir este encargo. Acababa de empezar eñe, el Festival internacional de literatura y creación, y era la oportunidad perfecta para dejarme contagiar por el espíritu bibliófilo y recuperar la motivación necesaria para recorrer el caprichoso laberinto de capítulos que me separaba de la contraportada de Rayuela.
De la infinidad de autores del programa, yo iba a entrevistar a Sara García que, entre sus compromisos como investigadora en el CNIO y astronauta de la ESA, había encontrado el tiempo para publicar su primer libro: Órbitas, en el que intercala capítulos biográficos, con narrativa y algo de ciencia, como si fueran las órbitas que ha descrito durante su vida y que, en definitiva, constituyen quién es. Un libro que no solo le ha abierto las puertas de eñe, sino de la Bienal Ciudad y Cienciapara una charla que, en palabras de Sara: “es una especie de crossover entre los dos eventos”. De nuevo, una oportunidad perfecta para recuperar, a través de mi deformación científica, la motivación lectora que estaba buscando. Así que, sin perder el tiempo, nos sentamos y encendí la grabadora.
Del lado de allá
“Me da una profunda pena que algunos científicos no muestren el menor interés por las humanidades o, incluso, que menosprecien a los colegas que sí lo muestran, con la falsa creencia de que para ser un buen científico tienes que vivir en un laboratorio y dedicar tu vida exclusivamente a tu investigación”, comenzó a argumentar Sara. “Algunos piensan que mirar más allá es negativo o te hace peor científico. Obviamente hay que dedicarle horas al laboratorio, eso por descontado. Pero si consideras que lo que estudias es lo más importante del mundo, serás incapaz de ponerlo en contexto”.
Muy a mi pesar, no pude evitar pensar en Rayuela, que divide sus capítulos en tres bloques. “El lado de allá”, “El lado de acá” y “De otros lados”, una división rígida, como la que levantamos entre ciencias y letras y, aunque podemos llegar a entender el libro respetando esta división, es cuando intercalamos los tres bloques cuando Rayuela despliega todo su ser. “Si pones la ciencia en perspectiva, es una pieza de puzle enorme que solo podremos resolver si colaboramos entre todos”, añadió Sara. “A veces necesitamos dar un paso atrás y ver qué piezas están colocando los demás, solo así nos haremos una idea del dibujo que compone el puzle.”
“Durante la tesis doctoral, mi vida se reducía exclusivamente al laboratorio, los papers y la tesis. Precisamente ahí comprendí que esa no era la mujer que quería ser. Creo que esa visión tan ‘cerrada’ tampoco me haría una buena científica, una buena investigadora, una buena comunicadora… no habría podido aportar nada a la sociedad”. Sara estaba sentada delante de mí, pero una parte de ella llevaba algunos minutos con los ojos puestos en el pasado. “Recuerdo”, siguió, “que fue entonces cuando me decidí a leer Drácula, y se convirtió inmediatamente en una de mis novelas favoritas. Me enganchó tanto el preciosismo, la calidad literaria, la melodía, la musicalidad de las palabras, la temática...”
Ahí estaba, la pasión por las historias que estaba buscando. “No fue un punto de inflexión, pero fue entonces, de alguna forma, cuando me di cuenta de que no podía arrancar esa parte menos ‘científica’ de mi vida. Vivir tan aislada del resto no tenía sentido, por eso he hecho un esfuerzo ingente (que sigo haciendo) para estructurar bien el tiempo y no permitir que el trabajo me impida nutrirme de otras cosas”. Sara había logrado volver de aquel páramo en que algunos científicos se quedan atrapados, “el lado de allá”, si me lo permitís.
Del lado de acá
“Soy de esas personas que leen mientras caminan, porque ese es ‘mi momento’, es el tiempo que le puedo dedicar. Es así como realmente disfruto: si logro encontrar ratos cada día para mantener el ritmo de lectura.” Porque, una vez el científico ha logrado cruzar al “lado de acá”, se enfrenta a otro reto igual de desafiante que los estereotipos superados: la jornada laboral “flexible” que tanto apela a la vocación. “Hay periodos en los que tengo que priorizar otra tarea, y a lo mejor estoy un mes o dos sin coger un libro porque no tengo tiempo. Cuando pasa eso pierdo completamente el interés y ya no recuerdo ni por dónde iba… me desengancho”.
Algo así me había pasado a mí, aunque no por trabajo. Durante este año, un Kindle y mi personalidad obsesiva me habían motivado a leer más de una setentena de libros. Una racha que el vástago de Cortázar había logrado frenar en seco. “El enfoque multidisciplinar que exige la investigación moderna te acostumbra a lidiar con distintas disciplinas. A veces la cultura nos inspira a diseñar hipótesis y experimentos”, continuó. “Y, bueno, del mismo modo, el conocimiento científico también debería impregnar la sociedad con naturalidad, para ayudar a distinguir los bulos de la información veraz”. Fue en ese instante cuando Sara volvió a atravesar una frontera, y saltó de “acá” a “otros lados” que, ni responden a los estereotipos ni los subvierten, porque por desgracia, todavía son quimeras.
De otros lados
“Podríamos decir que la ciencia debería estar perfectamente entrelazada con las humanidades, tan estrechamente que ni siquiera fuese posible distinguirlas”. No sé si se puede añorar algo que nunca ha sido, pero eso es lo que sentía en la voz de Sara: nostalgia de un mundo donde la curiosidad pudiera desprenderse de los adjetivos, sin restringirla a las letras o a las ciencias, sin discretizarla en antinaturales cuadrículas. “Creo que queda muchísimo trabajo por hacer” añadió tras un breve silencio. “Por eso son tan importantes las iniciativas como eñe o la Bienal de Ciencia: festivales que acercan la ciencia, la literatura, las artes a toda la sociedad. Las personas que se definen como ‘de letras’, se sienten bastante desconectadas de la ciencia y piensan que los científicos son demasiado técnicos y que lo que tengan que decirles, simplemente, no les interpela.” Y, en parte, tienen razón. Porque, aunque las ciencias nos interpelen a todos, eso no siempre es evidente, y la divulgación ha avanzado mucho, pero todavía no ha logrado llegar a todos los hogares.
“Las circunstancias me han dado un altavoz con el que puedo llegar a mucha gente y creo que sería una irresponsabilidad no usarlo, pero este papel de comunicadora es algo que me ha tocado sin yo buscarlo. Disfruto utilizando distintos registros sin sentir el peso de tener que hacer un ensayo de divulgación porque ‘soy divulgadora’. Me apetece ser más libre”. Al final iba a tener razón Cortázar cuando escribió que "¿Para qué sirve un escritor si no para destruir la literatura?". Empezaba a entender el poder de Rayuela, un libro que, desafiando la literatura, se convierte en todos los libros y que, sin pretenderlo, divulga sobre filosofía, jazz e, incluso, el callejero parisino.
A Sara no le hacía falta saber lo que yo estaba pensando para continuar mis pensamientos. “De hecho” continuó, “creo que la popularización de la ciencia no tiene por qué hacerse solo desde la divulgación al uso, como una traducción de términos complejos a palabras entendibles por los mortales. Es una parte crucial, desde luego, pero también necesitamos comunicar las ciencias desde la fotografía, la pintura, el cine, la música, la poesía… Hay muchos ‘lenguajes’ que podemos utilizar. Ya usamos todas esas herramientas para comunicar sensaciones, ¿por qué no para transmitir aquellas relacionadas con la ciencia?”
Una vez más, Cortázar emergió de entre mis neuronas, diluyendo las fronteras entre disciplinas: “Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas”. Había empezado esta entrevista con la esperanza de recuperar la ilusión por Rayuela y, ahora, quizás por el poder del pensamiento desiderativo, estaba hablando con Sara Cortázar (o tal vez con Julio García).
“Al final”, concluyó Sara recuperando su identidad, “la única manera de llegar realmente a la sociedad es apelando a las emociones. Quizá por eso los negacionistas llegan a tanta gente: porque apelan a los sentimientos, no a la razón, por eso son inmunes a los argumentos. Creo que todavía queda mucho para que artes y ciencias vayan de la mano… pero vamos en la dirección correcta.” Quedaban diez minutos para que Sara empezara su charla, así que paré la grabadora y charlamos de camino al escenario. Bastó enunciar que estaba leyendo Rayuela para descubrir que su pareja también lo estaba sufriendo. Creo que esta noche leeré a Unamuno.
QUE NO TE LA CUELEN:
- La intención de integrar ciencia en las artes como si fuera un elemento cultural más no es nada nuevo. Michael Crichton, Mary Shelley, Apostolos Doxiadis o Edwin Abbott son solo cuatro ejemplos de escritores que normalizaron la ciencia como una fuente más de sus creaciones. Por desgracia, esas propuestas son, todavía, excepciones. Hará falta algo más para que normalicemos el papel que ocupa la ciencia entre el resto de instituciones humanas, estrechamente relacionada con las artes y las humanidades.
REFRENCIAS (MLA):
- García Alonso, Sara. Órbitas: Apuntes de una vida en continua exploración. Ediciones B, 2025.
- Círculo de Bellas Artes. “Bienal Ciudad y Ciencia.” Círculo de Bellas Artes de Madrid, 2025, https://www.circulobellasartes.com/bienal-ciudad-y-ciencia/Accessed 12 Nov. 2025.
- Festival Eñe. Festival Eñe, La Fábrica, “festivalene.lafabrica.com”. Accessed 24 Nov. 2025.
- Cortázar, Julio. Rayuela. Edición de Andrés Amorós, Cátedra, colección Letras Hispánicas, 1984.