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Scott Fitzgerald: «Noté que cuando dejábamos de beber me salían ojeras negras y me ponía apático»

Es la confesión de sus problemas con el alcohol en sus misivas a su esposa Zelda, su hija Scottie y a su círculo más íntimo.

  • En este libro destacan las misivas que envió Fitzgerald a dos de sus psiquiatras
    En este libro destacan las misivas que envió Fitzgerald a dos de sus psiquiatras
Barcelona.

Tiempo de lectura 8 min.

02 de abril de 2016. 03:12h

Comentada
Por T. Montesinos.  Barcelona. 2/4/2016

El atractivo por la vida y obra de Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, 189-Hollywood, 1940), emblema de lo que puede llegar a ser el estrellato artístico y social y la degradación fulminante, parece no tener fin. Un atractivo que se hace extensivo, también desde el punto de vista editorial, a su mujer Zelda Sayre. Hace poco tiempo, la propia pareja firmaba el libro «Pizcas de paraíso» (RBA), que reunía once cuentos inéditos de él y otros diez que ella publicó en diversas revistas, tal como hacía su marido para ganarse la vida, pues apenas obtendría ingresos con sus libros. De hecho, la que fue destacada bailarina escribió una novela de tintes autobiográficos, «Resérvame el vals», traducida aquí hace cuatro años y escrita en 1932, cuando estaba internada en el hospital psiquiátrico Johns Hopkins de Baltimore, a causa de los trastornos mentales que la aquejaban y que arrastrarían al desmoronamiento de la familia. Y es que el drama persiguió a la pareja en forma de alcoholismo, intentos de suicidio, separación irremediable y muertes trágicas, la de ella en un incendio en el hospital en que estaba ingresada en Carolina del Norte, en 1948.

Tal cosa se deja traslucir en las cartas que se intercambiaron marido y mujer y que ya se habían conocido por medio de la recopilación «Querido Scott, querida Zelda» (Lumen), e incluso «Cartas a mi hija», o lo que es lo mismo, el material epistolar que se conservó de Fitzgerald y que envió a su hija Scottie; en él se veía a un padre preocupado por dar consejos sobre el dinero, las amistades, los estudios, etc. entre los años 1933 y 1940, cuando la muchacha tenía entre 12 y 19 años y pasaba largas temporadas sin sus padres, pues su educación había sido confiada a unos familiares y al colegio en el que estaba internada. Pues bien, ahora surge otra gran novedad que renueva el interés por su intimidad y, lo que es más importante, aporta documentos inéditos: «El arte de perder. Una vida en cartas» (editorial Círculo de Tiza).

Obsesiones diversas

Martín Schifino ha sido el encargado de traducir estas cartas dirigidas, aparte de a Zelda y Scottie, al crítico literario Edmund Wilson, al agente literario Harold Ober, al editor Maxwell Perkins, a Ernest Hemingway, al poeta y crítico John Peale Bishop, más otros destinatarios ajenos al mundo literario, por ejemplo, Gerald y Sara Murphy, una pareja de ricos americanos con los que Fitzgerald coincidió en la Riviera francesa en los años veinte y que inspiraría al autor para su obra «Suave es la noche», y, además, Sheilah Graham, su novia durante dos años y en cuya casa al autor de «El gran Gatsby» le sorprendería un fatal infarto, en un periodo de cierto sosiego en el que estaba controlando su adicción a la bebida y estaba escribiendo «El último magnate», que dejaría inacabada y que editaría Wilson, que también coordinaría la reunión de escritos póstumos titulada «El crack-up».

Y es que hay donde elegir, pues ciertamente, como dice Schifino, en el caso de Fitzgerald «tenemos una enorme cantidad de cartas a las que recurrir» para arrojar luz sobre una vida como la suya, tan tempestuosa, obsesionada con el dinero –véanse su divertido artículo «Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año», en el que el escritor relata el alto tren de vida que llevaba con su mujer en Manhattan– y con un primer éxito, la novela «A este lado del paraíso», al que le seguirán numerosas y muy bien remuneradas colaboraciones en revistas y un fracaso comercial con el resto de sus novelas. El traductor muestra ese poliédrico rostro de Fitzgerald como cuentista, novelista y narrador autobiográfico y ofrece un epistolario «que abarca toda la etapa de madurez de Fitzgerald, coincidiendo con sus dos décadas de actividad profesional»; lo cual facilita ver de cerca no sólo «sus diferentes etapas, sino sus obsesiones. Cuando un tema se repite en cartas dirigidas a interlocutores muy distintos, no cabe duda de que el escritor pensaba en ello de manera constante».

De entre sus preocupaciones más íntimas, destacarán las cartas a dos psiquiatras. El primero, la doctora Mildred Squires, que trabajaba en la clínica de Baltimore donde estaba ingresada Zelda en 1932; en una misiva, Fitzgerald se desahoga contándole el impacto que siente al enterarse de que su mujer quiera publicar «Resérvame el vals» sin consultarle antes –la acusa de haberle imitado y teme que le deje en ridículo por ello– y en otra le detalla sus relaciones sexuales, a veces satisfactorias pero sobre todo ya inexistentes. Al segundo, Oscar Forel, director de otra clínica, de Suiza, donde también estuvo ingresada su esposa, le confiesa que escribe consumiendo café y no alcohol y que fue Zelda la que le fue llevando a beber vino, hasta el punto de que «hace dos años, en Estados Unidos, noté que cuando dejábamos de beber durante tres semanas o así, como sucedió varias veces, inmediatamente me salían ojeras negras, me ponía apático y no tenía ganas de trabajar».

Así las cosas, Fitzgerald usará la bebida para reanimarse en una vida que sentía cada vez más perdida, con su mujer distanciándose y solamente a gusto en su entorno de «bailarines y aduladores». En esa carta al médico, reconocerá: «He vivido a tope y he arruinado la inocencia esencial de mi persona», pero sin arrepentirse de haber abusado del alcohol. Pese a que la botella y el desamor, más las dificultades financieras en la que se había convertido una vida que empezó siendo envidiable, en plena Era del Jazz, regada con copas y fiestas, le llevara al hundimiento mental y físico.

Críticas a Gatsby

Así lo verían todos, como el narrador norteamericano John Dos Passos, que afirmó sobre él: «En cuanto hombre, fue trágicamente destruido por su propio invento». A Maxwell Perkins le escribe en 1925: «Hoy se publica el libro y me asaltan los temores y los presentimientos. Supongamos que al público femenino no le gusta porque no hay en él ninguna mujer importante, y que a los críticos no les gusta porque trata de ricos...» y a John Peale Bishop le dice: «Gracias por tu amabilísma, extensa, perspicaz y atenta carta sobre “El gran Gatsby”. Es casi la única crítica inteligente que ha recibido el libro, a excepción de una carta de Edith Wharton. (...) También tienes razón al decir que a Gatsby se le ve desdibujado y poco uniforme. En ningún momento lo vi claramente yo mismo, pues comenzó siendo un conocido mío hasta que se convirtió en mí: la amalgama nunca se completó en mi mente».

Su tragedia personal escondería una dedicación que hasta ahora había pasado inadvertida para el lector de Fitzgerald: su escritura poética. De ahí la importancia de «Poemas de la era del jazz» (Visor), cincuenta y una piezas que ha traducido en edición bilingüe Jesús Isaías Gómez López y que nos trae un Fitzgerald amante de lo cotidiano y de la anécdota cercana tanto como de la observación crítica, como se desprende del poema «La gran Cena de la Academia», sobre la hipocresía en el mundo de Hollywood. En el libro, surgirá el Fitzgerald juvenil, con un poema de 1911, «Football», escrito a los quince años, o el amoroso, teniendo en mente a Sheila Graham en composiciones como «A una querida infiel» y «Para que no olvidemos». No es lo más destacable de su obra literaria, y en ningún caso se acercará a la majestuosidad del poeta que más admiraba, John Keats, pero en ella, como si fuera parte de su epistolario lírico, también se podrá conocer al Fitzgerald más íntimo y más directo.

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