«Invernadero»: locos por Harold Pinter

Mario Gas aborda al Nobel como director por primera vez con un reparto de relumbrón.

Cuando hablamos de Harold Pinter, decir «una obra política» es decirlo todo y no decir nada. Porque todo –o casi– en Pinter es política. Y a la vez, ésta brilla por su ausencia, entendida como lo ideológico, el mensaje, el dogma. Pinter trazó laberintos humanos en los que el lenguaje esconde secretos, frases que no acaban de determinar la situación, malentendidos, equívocos psicológicos. De todo eso, «Invernadero» («Hothouse», escrita en 1958, su segunda obra, aunque no la estrenó hasta 1979) es un perfecto ejemplo. Éste es el texto que han elegido para su primera aventura juntos cuatro teatreros de largo recorrido y bien conocidos por el público: el director (y actor, aunque no aquí) Mario Gas, y los actores Gonzalo de Castro, Paco Pena y Tristán Ulloa. Juntos han creado, a la vez que montaban este título, Teatro del Invernadero, una nueva compañía que nace «para favorecer el cultivo del teatro y del compromiso estético y vital y respondiendo al mundo que nos rodea. Con calor alegría y solidaridad, ser útiles a nuestro tiempo y a nosotros mismos. Sin partidismos, pero sí proclamando que el teatro y la vida son partícipes del devenir político de una sociedad». Todo esto lo dice Mario Gas en un texto que es una declaración de principios.

El director atendió a LA RAZÓN para explicar un poco más las intenciones de este proyecto: «Entendemos político como algo de la cosa pública, no partidista. Esta reunión de gente no nace de eso ni el texto de Pinter es referencial en cuanto a situaciones coyunturales sobre ninguna política determinada. Pero todos tenemos conciencia de que el fondo desintegrador de este lenguaje atomizado de Pinter, que es una especie de Beckett urbano, de Beckett en la oficina o la cocina, sí es un hombre en el que, desde sus primeros trabajos, hay una filiación ideológica». Un autor, explica, que habla «de comportamientos estatales o paraestatales, incluso de la violencia que pueda haber en el individuo o de ciertos aparatos policiales que están presentes en su obra. En ese aspecto, sí es una obra política. Y, como algunos de nosotros creemos que respirar ya es político, en ese sentido también lo es. Pero no estamos encuadrados en ninguna opción partidista».

Una extraña institución

Así, lo que cuenta «Invernadero» se ajusta a esa definición de «lo político». El dramaturgo mete a sus protagonistas en una especie de institución, que puede ser un sanatorio mental, un hospital o algo similar, aunque no lo deja claro. Allí, el sistema sustituye los nombres de los internos por números y va, poco a poco, aplastando su libertad. «Es la eliminación psíquica, hasta física, de toda aquella persona que pueda no pensar igual, ser disidente o tener un lunar en la mejilla izquierda en vez de en la derecha. Eso crea una gran impunidad con una apariencia exterior de normalidad, de patriotismo, de servicio a la libertad y a la relación con el mundo. Todo pura palabrería, claro». Eso, continúa el director, «llega hasta límites tan perversos, y lo estamos viendo a nuestro alrededor, que ese mecanismo incluso se autofagocita y los tiempos antiguos tienen que dejar, mediante la masacre, paso a un nuevo funcionariado, más desideologizado pero mucho más terrible en sus armas». Y con un importante matiz en el tono: «Todo eso está con esa especie de ‘‘nonsense’’ [sinsentido] que tiene a veces Pinter, que puede ser absolutamente serio o casi rozar el ‘‘slapstick’’ [un género de humor absurdo], derivando en situaciones muy negras y muy tensas».

«Invernadero», explica el director de «Follies» y «Sweeney Todd», «es uno de los Pinter energéticos, de farsa negra, en los que se juega con la contradicción del lenguaje pero con unas situaciones aparentemente disparatadas. Como es un universo muy cambiante, alguien decía, al ver las primeras funciones de este montaje: ‘‘En este Pinter están todos’’. Pasa por muchos estadios: por la farsa alocada, la policial y la paradójica, por la paradoja seria, por el terror y el progresivo recrudecimiento de los episodios... Es un Pinter complejo». Y añade: «Hay que estar muy atentos para no crear prejuicios con él, sino estar dispuestos a auscultarle y ver cómo respira eso en un lenguaje escénico que sea químicamente puro, pinteriano. Eso es lo que hemos intentado».

«Slapstick» y paradojas

Este proyecto, cuenta Gas, «surge de las ganas de hacer este texto, la puesta en contacto con la Abadía y de constituir un pequeño núcleo que nos abrimos a pensar por qué no continuar con textos que nos gusten y dar una alternativa a gente muy bregada con textos y maneras de hacer que compartamos». Esos compañeros de viaje son, en esta función, Isabel Stoffel, Javivi Gil Valle, Ricardo Moya y Jorge Usón en escena. Y, fuera de ella, Eduardo Mendoza, que firma la adaptación, los escenógrafos Juan Sanz y Miguel Ángel Coso (Gas ha trabajado con ellos en ocho ocasiones ya) y el iluminador Juan Gómez Cornejo. «Ya se verá lo que nos depara el futuro, pero hay una voluntad de respirar a nuestro aire». Y asegura: «Era como formar un equipo entre gente conocida en los últimos, otra deseada y otra de larga colaboración». Y no es, asegura, un «proyecto B», sino «algo muy presente que todos tenemos ganas de seguir dándole forma». Una productora abierta a nuevos nombres y en la que quizá, en el futuro, el propio Gas actúe a las órdenes de otros directores.

Entre esos compañeros de viaje hay varios que han destacado en comedia, como Javivi o Usón. «He buscado –explica Gas– un reparto idóneo, y he pensado que la obra, con esa multiplicidad de estilos, y con un humor negro muy cercano al ‘‘slapstick’’ o a un ametrallamiento de palabras o paradojas, me ha parecido que había que escoger a actores que dominaran el tono de la comedia y que pudieran pasar de ahí a lo dramático, a lo oscuro, a lo tétrico y lo negro. Actores acostumbrados a trabajar desde ese prisma luego resuelven muy bien lo dramático. Pero otros proceden del lado más dramático y todos nos hemos encontrado en ese universo pinteriano para intentar servir esa paradoja, esa sensación de peligro permanente».

Para Gas es además su primer Pinter como director (ha hecho algunos como actor hace años) y su debut en La Abadía con un montaje para la ocasión (aunque actuó allí en cinco funciones de «La reina de belleza de Leenane» en las que realizó una sustitución). «Lo podemos llamar debut», reconoce.