Teatro

José Luis Gómez, veneno del teatro

El actor y director ingresó ayer en la Real Academia con un discurso sobre «el juego» de su oficio

El actor José Luis Gómez antes de leer su discurso de ingreso en la Real Academia Española.
El actor José Luis Gómez antes de leer su discurso de ingreso en la Real Academia Española.

«¿Quién es el autor de las palabras que están en el aire?», se preguntaba ayer en la lectura de su discurso de ingreso en la Real Academia Española (RAE) José Luis Gómez, actor y director teatral. A explicar algunas de las múltiples paradojas y hechizos que depara el estudio del hecho teatral se afanó Gómez, formado en estudios teatrales en Bochum, París y Nueva York, pero dejó el hueco para la intuición de los académicos, los receptores del discurso de un «cómico», como se definió a sí mismo. Gómez (Huelva, 1940) es un hombre de escena que, desde ayer, ocupará el asiento «Z», vacante tras el fallecimiento de Francisco Ayala, al que dedicó una parte de su discurso, titulado «Breviario de teatro para espectadores activos». Gómez trató de combatir la «tendencia ágrafa» de su gremio, intermediario entre la obra escrita del autor y el espectador, sin el que el teatro no es posible. Un «legado inmaterial» el de las tablas que se configura en espejo: «Pone al espectador ante sí mismo, enfrentándolo a sus emociones y conflictos». Sin embargo, el académico no quiso darle al teatro una naturaleza superior, sino la de «uno de los grandes juegos que ha inventado el ser humano en su búsqueda de la supervivencia y la salud común: un formidable juego simbólico, especular, que devuelve o suscita en el espectador imágenes de la vida, de sí mismo, de la sociedad: imágenes del defecto y el exceso, del pasado y del presente». Para Gómez, la figura central de este juego es el actor en tanto que «los personajes de una obra no existen. Son fantasmas a la búsqueda de un cuerpo y nadie puede imaginar mejor al personaje, a partir del texto dado, que ese extraño oficiante que le presta su cuerpo, lo incorpora: el actor». Para Gómez, el actor es «el escritor en el espacio y en el tiempo», el que nos conecta con el instante. «Mediante el trabajo del actor consigo mismo, el espectador ''se reconoce''», explicó el director teatral, que puso como ejemplo las dos energías «de lobo y de cordero» que se dan dentro de todos los personajes y de todos los hombres reales en distintas medidas.

Sobre el oficio de director, un ser «sin brújula», lamentó que en la actualidad «es posible que algunos hayamos olvidado cultivar en nosotros el espíritu del cazador al acecho, y nos impacientemos cuando no salta la liebre, y el ruido que hacemos con nuestros soplidos o al comernos las uñas ante la falta de resultados hace que la liebre se repliegue en su madriguera... y la imaginación del actor no asome las orejas», dijo Gómez. «No olvidemos –advirtió–: estamos representando, haciendo volver al presente, haciendo real algo presente y mediante él», apuntó el académico, que estuvo arropado en la sede de la Academia por un buen número de actores, entre los que se encontraban Aitana Sánchez Gijón, Nuria Espert, Julia Gutiérrez Caba y José Sacristán, entre otros.

Retornar a la oralidad

Sobre el autor teatral, Gómez remarcó que escribe para que su obra «sea oída y vista, como si se tratase de un retorno, tras siglos de alfabetización e imprenta, a la oralidad primigenia», y recordó que «esa oralidad hizo posible que el ''Gilgamesh'', el ''Mahabharata'', la ''Ilíada'', la ''Odisea'' o los primeros cantares de gesta se conservaran a lo largo de los tiempos». Sin embargo, «la prueba de fuego» llega con la representación ante el actor en vivo. Ahí es donde surge lo que llamó el «veneno del teatro» del que es portador el intérprete, una magia, «una intuición que se convierte en un sentimiento no asimilable a la emoción ordinaria, sino a algo más alto». «Ocurre, a veces, cuando baja un ángel a quien no se puede convocar: tan sólo prepararle bien la escalera para cuando se digne». Para conseguir eso está el oficio de actor, que requiere «un grado de atención infrecuente en la vida ordinaria. Se trata de hacer real un presente que, en el texto escrito, solo es evocado o ficticio: esa es la verdad, no la mentira del teatro. Esa forma de atención es una verdadera tarea de Sísifo, un don divino que llaman algunos. Una mirada simultánea hacia dentro y hacia fuera, que nunca es estable, no se alcanza definitivamente, y hay que lograrla segundo a segundo». Ésta es la sorprendente alquimia del teatro, representada en la Academia por Francisco Nieva y también por Fernando Fernán Gómez, y cuya puerta franqueó ayer, o mejor, levantó el telón de la Docta Casa, otro «cómico» a secas, José Luis Gómez.