El Barça vapulea al Real Madrid (5-1) y sentencia a Lopetegui

El futuro del entrenador dependía del resultado y de la imagen que se diese y pocas veces los hechos pueden ser tan contundentes: Lopetegui se ha quedado sin excusas

Luis Suárez celebra uno de sus goles ante el Real Madrid hoy en el Camp Nou. Reuters
Luis Suárez celebra uno de sus goles ante el Real Madrid hoy en el Camp Nou. Reuters

El futuro del entrenador dependía del resultado y de la imagen que se diese en el Campo Nou y pocas veces los hechos pueden ser tan contundentes y expresivos. Lopetegui se ha quedado sin excusas.

Cuando el Real Madrid empezó a ser competitivo ya habían pasado cuarenta y cinco minutos, llevaba dos goles en contra y sólo podía jugársela a cara y cruz. Fue entonces cuando mostró un rato de orgullo, jugó con tres centrales e hizo un gol, mandó un balón al palo y presionó arriba. Se vio entonces a un equipo con capacidad para hacer daño al Barcelona, un amago de algo potable. Pero fue un rato, muy corto y demasiado frágil. Decía Valverde que temía a un Madrid herido, por la rabia que podía traer, porque podía crecerse frente a la adversidad. Se equivocó en todo menos en lo primero. El equipo de Lopetegui, efectivamente, está herido, inseguro, dubitativo y poco afortunado. Físicamente no aguanta demasiado y tiene la confianza cogida con alfileres. Tardó cuarenta y cinco minutos en hacer acto de presencia en el Camp Nou y acabó noqueado, deseando que llegase el final sin que el rival hiciese más goles, sin su mejor futbolista, Marcelo, lesionado. El único capaz de hacer goles, de llevar peligro, de dar la impresión de que quería cambiar un destino aciago.

Ése destino estaba escrito a menos que el Madrid hiciese en el Camp Nou lo que no ha venido haciendo. No le salió claro, porque ha llegado un punto en el que todo lo que sucede en el campo parece producto de la improvisación: desde dejar fuera a Vinicius después de conseguir quitarle la amarilla hasta no contar con Odriozola o cambiar el sistema en el descanso porque ya no te queda otra bala que la furia, el orgullo y esperar que la pistola no esté cargada cuando te apuntas. Lo estaba. El futuro del entrenador dependía del resultado y de la imagen que se diese en el Campo Nou y pocas veces los hechos pueden ser tan contundentes y expresivos. Lopetegui se ha quedado sin excusas, con el Madrid perdido en la tabla, reflejo de lo que sucede en el campo.

Valverde no podía contar con Messi y apostó por Rafinha y Arthur. Éste, con Jordi Alba como aliado, se merendó al Real Madrid durante un primer tiempo en el que los blancos no sabían que hacer. Hubo un momento, cuando se acercaba el descanso que Ramos le daba órdenes a Benzema y éste no sabía si tenía que retrasarse o adelantarse un poco. No se entendían, no se entendía nadie en el conjunto blanco, incapaz de alcanzar el área rival, impreciso y obligado por el Barcelona a correr sin sentido.

Empezó Lopetegui con un equipo muy junto, pero no le sirvió para nada. Nacho estaba en la derecha, porque Odriozola ya no le vale al entrenador y tuvo mil problemas para frenar a Alba. Casi todas las jugadas azulgranas terminaban por esa zona, porque era un chollo. Sin ayuda, Nacho no pudo contener al rival. Por ahí llegó el primer tanto, que en vez de Messi, en la grada, remató Coutinho. El duelo era del Barcelona, mientras el Madrid ni defendía bien ni atacaba de ninguna manera. Alguna vez Marcelo lo intentó por su lado, pero no le acompañaba nadie. Ni remata el Madrid ni evita que el rival remate. Varane, otra vez, estuvo en la jugada de penalti. Una jugada errónea puede ser mala suerte, una tendencia es señal de algo más, de que el central francés tiene un problema de concentración o físico, pero durante este comienzo de campaña es un peligro para los suyos.

Se fue el Madrid a descanso como quien escapa de una tortura y salió con otra mentalidad. Necesitado fue a buscar al rival, Lucas Vázquez, que salió por Varane y Marcelo hicieron el campo más grande y el conjunto blanco tomó la pelota como antes no había hecho. Casemiro hacía de líbero y Kroos manejaba al equipo. Fueron veinte minutos esperanzadores. Veinte minutos de lucidez, arrastrando al Barcelona, por primera vez temeroso y sin poder mover la pelota. Ter Stegen mandaba pelotazos y los defensas al fin ganaban la batalla a Luis Suárez. Luego el uruguayo se vengaría: cuando se pone en el área, cuando está ansioso por el gol, es un jugador inimitable. Lleno de defectos en otras zonas y en ciertos comportamientos, su hambre es un ejemplo para otros delanteros. Marcó Marcelo y Lopetegui vio una puerta a la esperanza. Tuvo otra Modric, la más clara, pero la pelota se fue al palo, porque el Madrid está en ese punto en el que lo que podía ir dentro se va fuera, en la que la fortuna ha dejado de ser su aliada.

La presión era hombre a hombre y los balones largos de Ter Stegen podían convertise en peligro en cualquier momento. El riesgo era exagerado, pero inevitable. Jugaba el Madrid contra su ansiedad, contra su futuro, contra todo. Era demasiado peso. Luis Suárez, además, tenía hambre que calmar. El Barça se fue tranquilizando, Valverde tapó el lado de Marcelo y sacó la velocidad de Dembélé. Luis Suárez cazó (y no es un tópico) es que lo cazó. Y Lopetegui fue recogiendo.