Se avecina tormenta

Imaginemos que Rafa Nadal disputa la próxima edición de Roland Garros con una raqueta de madera, al estilo Bjorn Borg en su regreso a las pistas en los años noventa, cuando no logró ganar un solo partido. O a Alberto Contador ascendiendo el mítico Mont Ventoux con aquel pesado «hierro» que usó Federico Martín Bahamontes para ganar el Tour de 1959. ¿Y qué conseguiría Pau Gasol disputando las Finales de la NBA contra LeBron o contra Stephen Curry en alpargatas? Bueno, pues algo así sucede con el monoplaza que pilota Fernando Alonso. Se trata de un coche elegante, vistoso, con ese naranja que le da tanto pedigrí... y con un motor de risa. Un lastre insalvable para un piloto destinado a ganar títulos mundiales y que aún no ha sumado un solo punto este año.

Otro sonrojo

Tras cuatro Grandes Premios, el saldo de Alonso es de cuatro abandonos. Pleno. En las tres primeras carreras, en las que siendo muy optimistas se podría dar un margen para ajustar piezas, el McLaren llegó a completar varias vueltas. Sí, incluso estuvo a un paso de terminar en el circuito de Bahréin. Habría sido un exitazo teniendo en cuenta lo de ayer, lo que vio y sufrió casi todo el mundo, cuando el McLaren se detuvo en la vuelta de formación. El bochorno en forma de sudor invadió la cara de Boullier, el jefe, en el box de McLaren. Qué vergüenza debe de estar pasando ese hombre, la verdad. Porque lo que está sintiendo Alonso es otra cosa: se llama hartazgo. Su canita al aire con las 500 millas de Indianápolis que disputará a finales de mayo fue el primer síntoma de que da la temporada prácticamente por perdida. Y, aunque de momento templa nervios y habla de helados y de ya veremos dónde está cada uno en 2018, todo el mundo sabe que no es de recibo que en tres años no le hayan dado un coche para competir. La tormenta perfecta se acerca. Fernando Alonso, más pronto que tarde, estallará.