Froome ilumina París con su tercer Tour de Francia y Greipel se lleva la etapa

A pesar de la victoria de Greipel, la carrera sirvió para que el británico Chris Froome celebrase su tercer Tour de Francia.

Dicen que el solo hecho de correr un Tour de Francia es ya como una meta lograda.Cuando uno lo acaba le dan el carné de ciclista. Bautizado, pues. Ganarlo ya es el sueño de todo chaval que compite desde juveniles y va creciendo, empequeñeciendo sus maillots y zapatillas y agrandando sus metas. Vencer un Tour es lo máximo. ¿Repetirlo? Esa sensación, dicen los que lo han probado, es increíble. Aunque sea la misma. De esas emociones sabe bien Chris Froome, que ayer, con el París nocturno más romántico, iluminado para la ocasión, se enfundó el tercer maillot «jaune» de su carrera, después de los triunfos que conquistó en 2013 y el pasado año. Y no por repetido deja de ser menos especial.

Tampoco le quita sentimiento haber sido el más fácil y cómodo, como él reconoce. Pocas veces ha estado tan emocionado. «Es que ganar un Tour es difícil; hacerlo dos veces, todavía más, pero ganarlo por tercera ocasión va más allá de todos mis sueños». No oculta sus sentimientos: «Estoy tan feliz como cuando gané el primero». Y claro, cuando uno vive algo así, cuando alguien experimenta la consecución máxima de sus sueños, quiere repetirlos: «Espero volver al Tour y sentir de nuevo esto, el entrar en París vestido de amarillo durante los próximos cinco o seis años».

Froome quiere que su reinado sea largo y tiene todo el viso de serlo. Su dominio absoluto y tremenda hegemonía le han hecho el único merecedor de portarse a casa este Tour de Francia donde él, y sólo él, ha sido el verdadero protagonista. «Este año no ha sido tan difícil mantener el maillot amarillo», reconoce. En parte, por su fortaleza, y en otra muy grande, por la tremenda exhibición de su equipo. «Me siento un privilegiado por ser el líder del Sky. Estos chicos podrían estar en otros equipos peleando por sus opciones y se han entregado todos a una sola causa. Todos los años hemos sido muy fuertes, pero esta vez tenemos a cuatro entre los veinte primeros. No nos hemos llevado el premio al mejor equipo, pero creo que sin duda lo hemos sido», asegura Chris.

Nadie le puso en aprietos. Nadie fue capaz de discutirle a Froome su triunfo. Sólo una moto que lo derribó en el Mont Ventoux y la lluvia en el descenso del Bisanne, en la 19ª etapa, pusieron algo de emoción al Tour. Fueron las dos jornadas más intensas de la ronda gala. La primera, con la carrera a pie del líder, incluida y la incertidumbre de la decisión final de los jueces, que finalmente decidieron no penalizarle, pasará a la historia como una de las imágenes del ciclismo. Con la otra, la caída, tuvo suerte. «Sólo tengo unos rasguños, estoy agradecido a Dios de no haberme hecho nada más».

Pero quitando esas dos jornadas, el resto fue mucho más que un paseo. Fue pura diversión. Porque el actual Froome no fue el ciclista robot que el Sky acostumbra a postular. No fue el hombre de los ataques planificados y las miradas continuas al potenciómetro. Este Froome sorprendió en la octava etapa con un tremendo ataque en el descenso del Peyresourde, que le sirvió para ganar y vestirse como líder, jersey que ya no le ha logrado arrebatar nadie. Pero, sobre todo, le sirvió para divertirse: «Mientras bajaba me he acordado de cuando era un niño, que sólo me preocupaba por pedalear encima de mi bici lo más rápido que pudiese».

Igual que días después en el inesperado abanico camino de Montpellier, que montó junto a Peter Sagan, y volvió a coger despistados a todos sus rivales. «No estaba planificado, salió porque sí. Estas cosas no las olvidaré nunca. No puedo arrepentirme de nada de lo que he hecho en este Tour. He dado todo lo que tenía para ganarlo. En el llano, en los descensos y en los puertos». Rey absoluto.