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60 años del Tour de Bahamontes: "La gente llevaba lazos amarillos. Parecía Cataluña"

Por el Puy de Dome, la cima donde Bahamontes ganó su única etapa del Tour de 1959, ya no pasan los ciclistas. Ahora es territorio privado, de acceso restringido, con una bajada muy peligrosa, además, para los aventureros que pudieran atreverse a subirla en bicicleta. Es como si no existiera ese volcán del Macizo Central francés donde Federico Martín Bahamontes se impuso en la contrarreloj individual, una cronoescalada ideal para sus piernas. Pero todo está en la memoria del primer español que ganó el Tour. Han pasado 60 años y Bahamontes acaba de cumplir los 91 (9 de julio de 1928), pero en su cabeza sigue viviendo aquel Tour de 1959. Y lo que vino después. Como el recibimiento multitudinario en Toledo. «Tardé cinco horas en llegar», recuerda. «Ni Franco ni el Papa han tenido un recibimiento así», comenta. «La gente llevaba lazos amarillos para celebrarlo, que parecía Cataluña ahora», asegura. O como la recepción con Franco en el Palacio de El Pardo. «Estaba muy nervioso», confiesa. «Se puso a hablar de deporte y sabía un montón. Me hablaba de muchos nombres, pero yo le decía: ‘‘Majestad, yo de ciclismo sí, pero de lo demás...’’», recuerda. «Esa gente sabe mucho. Me pasó lo mismo años después con Pujol», asegura.

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En la cabeza de Bahamontes se cruzan los recuerdos con la misma velocidad con la que él subía a las cimas de los Alpes. Era 18 de julio cuando Fede entró vestido de amarillo en París. La primera vez en 20 años que todos los españoles podían celebrar lo mismo en esa fecha. Porque Bahamontes era de todos, un ciclista del pueblo que había pasado hambre como muchos compatriotas de la época y con las piernas tan afiladas como la lengua.

Han pasado 60 años, pero aún recuerda las condiciones que puso para correr el Tour, que entonces se corría por equipos nacionales. «Loroño o yo», le dijo al seleccionador, Dalmacio Langarica, una frase que lleva 60 años repitiendo con orgullo. Loroño era su gran rival, había ganado la Vuelta dos años antes, una carrera que Federico nunca consiguió ganar. «¿Por qué Indurain, que ha ganado Tours, y Bahamontes no han ganado la Vuelta?», se pregunta. «Por algo», responde él mismo con la seguridad del que conoce algo que los demás no.

Nunca ganó la Vuelta, de la que ese año se retiró por culpa de un ántrax en la pierna. «Abandoné en la Vuelta a España porque me salió un ántrax porque cerraron el control, lo cerré yo y no sé si de la rabieta que cogí...», rememora. Al Tour llegaba corto de preparación y sin muchas ganas. «Coppi me mandó a la Vuelta a Suiza. Pero si no he entrenado», se lamenta Federico todavía, que entonces corría en el Tricofilina del campeón italiano. Pero llevaba dos meses sin cobrar en el equipo, igual que sus compañeros. «Coppi nos cedía para las carreras, igual que hizo después con el Tour. Pero el que cobraba era él», explica Fede, que no ha perdido las ganas de hablar con los años. Para él quedó «sólo» el millón doscientas mil pesetas que ganó por el triunfo en el Tour y por el maillot de la montaña y que repartió con sus compañeros a partes iguales.

En el Puy de Dome, en esa cronoescalada que ganó, fue donde cimentó su triunfo, aunque no se vistió de amarillo hasta dos días después en la etapa que terminaba en Grenoble. Ahí fue donde pudo distanciar a Anglade, el campeón francés y su gran rival. Y a Anquetil, el ídolo francés. «Ahora en la montaña dan bonificación, antes la quitaban para que no ganáramos ni Charly Gaul ni yo. Buscaban los medios de no favorecer en nada a los de la montaña», explica. Anquetil, que ganó cinco Tours, lo hizo especialmente por su dominio contra el reloj.

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«Ahora no hay espectáculo, pero la culpa es de los ciclistas», se lamenta Fede. «Entonces pasaba como en el boxeo, que se dan de hostias y luego se abrazan», afirma. Él se pegaba en la carretera con sus rivales, especialmente con Charly Gaul, su gran competidor en la montaña. Pero después se juntaban para comer. «En los días de descanso nos íbamos todos al campo, Gaul, Koblet, Kubler... Cada uno llevaba lo suyo y nos llevábamos las escopetas para divertirnos», cuenta. El campo es una de las pasiones que no ha abandonado. Atiende a La Razón desde su finca en las afueras de Toledo, aunque ya no la trabaja él. De los olivos que tiene plantados saca aceite para todo el año. «Hay que estar en todo», dice.