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El Tour no quiere a Fuglsang

El destino se empeña siempre con ciertas cosas. La eterna mala suerte de Mikel Landa, por ejemplo. Las caídas, el tiempo perdido en la general, la obligación a la remontada parece la designación que la vida le ha puesto. O quizás es eso, la propia vida la que de una manera u otra dicta que quizá ese no es el camino que hay que seguir, por mucho que se intente. Es lo que parece decirle el universo a Jakob Fuglsang. Su relato hasta el inicio del Tour era el perfecto camino que habla de los sueños hechos realidad. El gregario sacrificado y entregado, de cara bella y angelical, nunca una palabra más alta que la otra, nunca una queja ni un reproche viendo sus aptitudes, comprobando que estaba para algo más que tirar de sus líderes. Así durante años hasta que por fin le había tocado el turno a él. Éste iba a ser su Tour. Y, camino de Nimes, donde ganó Caleb Ewan, el Tour de Francia se lo tragó. En realidad ya lo había hecho antes. Con él y con todo su Astana que en el inicio de temporada se mostraron avasalladores allá por donde pasaban. Lo han ganado todo en la primera parte del año. De carreras de una semana a grandes clásicas de renombre. Pero han llegado al Tour y ¡pam! Se han dado de bruces contra él. Hasta caerse a 24 kilómetros de meta Fuglsang era noveno en la clasificación general, a 5’ 27’’ del líder, Julian Alaphilippe. Este Tour de Francia al que se presentaba como el hombre más en forma nunca le ha querido. Se lo demostró pronto, en la primera etapa, cuando también se fue al suelo y se llevó una brecha en el ojo de recuerdo.

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Fuglsang venía ya derrotado desde Albi, la maldita décima etapa en la que un abanico le sacudió y le pilló en el corte junto a Pinot y Urán y que terminó después con la caída de Mikel Landa. La guinda a un pastel amargo. En la decimosexta etapa, a 24 kilómetros de la llegada, la carretera se puso en su contra. «Entramos en un pueblo con asfalto gastado y sucio, se han ido rectos tres corredores y ha chocado contra la valla. No ha podido librar la caída y luego no se movía del asfalto», contaba su compañero Pello Bilbao. Con un fuerte dolor en la mano y muy aturdido lo metieron directamente en la ambulancia mientras se descolgaba el dorsal de este Tour. Poco después, las pruebas médicas descartaron cualquier fractura pero «tenía tanto dolor que no podía continuar», se lamentó el propio danés. «Estoy muy disgustado por tener que dejar la carrera de esta forma», añadió.

Su relación con el Tour es de un auténtico amor-odio. A sus 34 años, a Jakob Fuglsang por fin le había llegado la hora de liderar con creces un gran equipo. Se lo ha ganado a pulso. Media vida la ha pasado tirando de alguien mejor o con más palmarés. Primero de su amigo Andy Schleck, del que no duda en decir: «Es el líder del que más he aprendido». «Se estaba jugando un Tour y la noche anterior a una etapa de montaña estaba tan tranquilo como si las cosas no fuesen con él. Los líderes de ahora deberían aprender a tomarse las cosas menos en serio, como él hacía», recuerda. Después ayudó a Nibali a ganar el Tour de Francia, tiró de Fabio Aru y compartió también equipo con Fabian Cancellara. Nunca reclamó algo más de lo que le dieron. «Nunca he tenido problemas en ayudar a los demás», asume. Sabía que ése era su lugar. Pero los Juegos Olímpicos de Río, donde fue segundo, lo cambiaron todo. «Ahí me di cuenta de que podía luchar por más cosas». Se le encendió la ambición. Esta temporada ya la había soltado en la Vuelta a Andalucía, la Lieja y el Dauphine, que hizo suyas. «Estoy mejor que nunca y sobre todo, con mucha más confianza en mí. Eso me ha faltado hasta ahora», declaraba antes de empezar un Tour que se lo ha devorado a las puertas de los Alpes. Tampoco será este año.