El vals del segundo

Diego Costa saluda a Adrian Lopez, en el cambio por recaer de su lesión a los 9 minutos
Diego Costa saluda a Adrian Lopez, en el cambio por recaer de su lesión a los 9 minutos

Uno de los números más logrados de Les Luthiers, lo mejor que ha dado la cultura argentina entre Borges y Simeone, es «El vals del segundo». Marcos Munstock, la inconfundible voz profunda del grupo, explica en un monólogo de diez minutos todos los pormenores de la composición: desde el trabajo de investigación previo que originó el hallazgo de una antiquísima partitura, base de la obra, hasta los matices de su interpretación «por una orquesta limitada, mejorando sensiblemente si corre a cago de una orquesta buena». Después, sus cuatro compañeros acometen la ejecución del vals que dura, exactamente, un segundo. Las generaciones posteriores narrarán en menos tiempo todavía el cuento con el que Diego Costa debutará en la Literatura: «Historia de una yegua y su placenta». O de cómo esta crónica podría haberse despachado en medio renglón.

Las miles de paparruchadas que se han escrito sobre un desgarro muscular, posiblemente la lesión más repetida en la alta competición, no cabrían en la «Bristish Enciclopedy». El fisioterapeuta en práctica de un club de Segunda Regional sabe que una rotura de fibras no se cura en una semana; ni con una curandera en Belgrado ni con don Santiago Ramón y Cajal que resucite. Por eso causó una gran sorpresa la inclusión de Diego Costa en la alineación titular del Atlético y por eso no sorprendió a nadie que el hispanobrasileño pidiese el cambio después de darse dos paseítos por el césped del estadio Da Luz. Su única carrera en la final la dio para enfilar el túnel de vestuario. Adrián, su sustituto, no había llegado al círculo central y él ya estaba en la ducha metido. Le dio tiempo a tocar un balón inocuo y a amagar un choque con Sergio Ramos, que sacó el codo en un despeje de cabeza en cuanto lo vio acercarse. Consumado el cambio, el defensa sevillano guardó su chubasquero antiescupitajos.

La otra sorpresa de las hojillas de alineaciones fue Khedira. El duelo por la plaza sobrante, ausente Xabi Alonso, en el centro del campo del Real Madrid era entre un tullido y un superhéroe. Ancelotti se decidió por el primero, contra todo pronóstico, pero en la vida todo tiene una explicación. El cojitranco afortunado era Sami Khedira, pánzer mestizo de fiabilidad demostrada, aunque la grave lesión que sufrió en noviembre lo hace jugar todavía con dos cilindros. El hombre es todo voluntad, pero fue un aperitivo para Gabi y Koke, las pirañas del Atlético. El descartado fue Asier Illarramendi, un muchacho con un talento descomunal, a la altura de la empanada que tiene, más propia de un adolescente gamberrete que de un tío por el que se han pagado casi cuarenta millones de euros. Mediada la temporada, se escapó con su cuadrilla a las fiestas de Azpeitia y se dejó retratar en un encierro taurino disfrazado de Batman. Para correrlo a collejas desde Santurce a Bilbao.