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La diplomacia del balón resucita en Tiflis

La Razón
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«Éste es un país pequeño. Aquí viene Platini y es como si viniese Obama». Habla un periodista español con once años de residencia en el Cáucaso. Enclave pro-occidental en una región que instintivamente mira a Rusia, la República de Georgia es un país mimado por ciertas instancias deportivas, conscientes de la importancia que para Putin tiene la propaganda por el balón. Este verano, además de la Supercopa, se ha organizado aquí el Festival Olímpico de la Juventud Europea, una competición a la que el COI concede gran importancia. La visita del capo de la UEFA, enemigo declarado del rusófilo Blatter, nada menos que de la mano del mejor equipo del mundo, forma parte de una estrategia geopolítica. Si Nixon y Mao inventaron la diplomacia del ping-pong, hoy podría decirse que Messi es, sin saberlo, un embajador plenipotenciario de la OTAN.

Tiflis vive con devoción la presencia del Barça. No hay que engañarse: igual que ocurre en la Liga española, el Sevilla es para el aficionado local una comparsa. Tanto daría que hubiesen venido los juveniles del Calahorra. La expectación que ha levantado esta Supercopa, con muy escasa presencia de aficionados españoles, es palpable en los hinchas que se concentraron en el estadio Boris Paichadze para vitorear a las estrellas de Luis Enrique, que se dividen en dos grupos: Messi y los demás.

Para Tiflis, esta Supercopa supone ponerse en el escaparate del turismo, quizá la única industria que puede contribuir a la recuperación de una economía devastada por el conato de guerra que siguió a la invasión rusa de 2008. En la capital de Georgia se palpan sangrantes desigualdades entre el grueso de la población y una oligarquía opulenta que las malas lenguas relacionan con las mafias que controlan el tráfico de heroína afgana a través del Cáucaso. No es sencillo para un país despojarse de semejante fama y por eso las autoridades se han volcado en atender a los visitantes y, sobre todo, a los periodistas. Con las calles atestadas de policías, parecen un cuento las advertencias que los operadores de viajes hacen sobre la inseguridad. Temperatura agradable, comida exquisita, precios razonables y un puñado de monumentos interesantes... La excursión merece la pena.