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Landa: "Necesito mi luto, ahora estoy muy mal de ánimo"

Mikel Landa no es hombre que baje fácilmente los brazos. Y motivos, baches en el camino, los ha tenido. Todos. Desde que en el Giro de 2015, siendo un desconocido para el gran público, viniendo de una gastroenteritis que le tuvo parado todo el inicio de temporada, acabó erigiéndose como el hombre más fuerte de la carrera, incluso más que el propio Contador, que acabó ganando aquella edición. A Landa le ordenaron parar a favor de su entonces líder, Fabio Aru. Allí empezó todo. El destino maldito que siempre se le cruza.

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Porque cuando no ha sido una orden como aquella de la que su director en Astana Giuseppe Martinelli aún se sigue arrepintiendo, ha sido por Chris Froome, hace dos años en un Tour en el que también actuaba a las órdenes de otro compañero y terminó cuarto por un solo segundo frente a Romain Bardet, que le arrebató el podio. Y cuando no ha sido eso, es el tiempo que le penaliza y retrasa, como en el pasado Giro en el que, a las montañas llegó con tanta distancia perdida que su compañero Carapaz, mucho mejor situado acabó llevándose la «maglia rosa» y él, otra vez, trabajando para él.

Y cuando no es por eso, es una caída. De esas también tiene muchas. La del año pasado en el Tour, cuando todo marchaba de maravilla hasta la etapa de adoquines, la más temida, en la que se fue al suelo y perdió todas sus opciones. Nunca volvió a encontrar su golpe de pedal. Luego volvió a caerse en la Clásica de San Sebastián y la temporada se terminó. Ni Vuelta ni Mundial. A lamerse las heridas en casa.

La pesadilla se revivió el lunes, camino de Albi con la caída que le provocó el afilador que Warren Barguil hizo con Alaphilippe y le lanzó despedido a la cuneta. Despedido del Tour. Hasta ahora, Mikel Landa se había levantado de todas y cada una de las desgracias. Esta vez cuesta. Duele. Por ser la enésima, otra vez. Es simplemente hartazgo. El cansancio de verse a las puertas de las montañas, del Tourmalet donde le van a esperar su familia y amigos, toda la afición vasca que tanto le adora, a más de 4 minutos del líder y a tres minutos de Geraint Thomas. Otra vez a remontar. Otra vez a creer.

Pero en esta ocasión le está costando más a Landa. En la primera jornada de descanso que el Tour vivió ayer, el alavés compareció ante los medios con un gesto visiblemente derrotado, alicaído. Como nunca hasta ahora. «Necesito mi luto, ahora estoy muy mal de ánimo». Landa no se esconde. Ni para lo bueno ni para lo malo.Triste. «En el momento pensé que por qué me ocurrió otra desgracia a mí». Y lanzó una petición a los periodistas: «Necesito mis dos días malos. Dejadme en paz y espero que cambie la suerte». Necesita hacer una profunda reflexión consigo mismo para saber qué es lo que quiere de este Tour. Y a por qué puede ir. «No sé todavía cómo afrontar este Tour, procuraré engancharme de nuevo», dice.

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Se aferra a la esperanza. «En el Giro me quedé a cinco minutos de Roglic en las dos primeras semanas y luego me sacó del podio solo por ocho segundos. Quizá aún exista esperanza». Eso es lo último que se pierde.