Messi: la cuenta sigue pendiente

Leo Messi sigue teniendo una cuenta pendiente. En el partido de su vida, no pudo dar la Copa del Mundo a Argentina y no se sabe si tendrá una nueva oportunidad. El próximo Mundial le coge con 31 años y sólo volver a llegar a la final es complicado. Ayer era el día, y ante Alemania no brilló y se apagó. Le nombraron mejor jugador del Mundial, un consuelo invisible, como se vio reflejado en su triste rostro. No fue justo y ni él, que no ha marcado en ningún partido de los cruces, se lo esperaba. Ahora que se había ganado el corazón de su país, no pudo darle el trofeo más preciado.

Porque Leo fue un extraño en Argentina durante mucho tiempo. Siempre se sospechaba de un chico que llegó a España con 12 años, al Barcelona, que era un fenómeno de niño, pero demasiado bajito. Rexach, ex técnico azulgrana, necesitó verle apenas unos segundos. «Hay que ficharlo», dijo. Y el Barça lo fichó. Recibió un tratamiento hormonal para solucionar sus problemas de crecimiento y en poco tiempo empezó a convertirse en uno de los (o en el) mejores jugadores del mundo. Pero su leyenda crecía al otro lado del Atlántico. No era un jugador que había brillado en Argentina y después fue traspasado a un club europeo. No jugó en la primera división argentina. Era un desconocido que llegó a las categorías inferiores de la albiceleste casi de casualidad, gracias a la intervención de José Pekerman. El ahora seleccionador de Colombia avisó a Hugo Tocalli, que dirigía la sub'20 albiceleste, de que en España había un chico que era un fenómeno, al que estaban tentando para jugar con la Roja, y que tenía que verlo. Se organizó un amistoso exclusivamente para él, ante Paraguay, que ganaron 8-0. Él marcó el séptimo tras una arrancada casi desde el centro del campo. Un gol maradoniano. Tenía 17 años, dos o tres menos que sus rivales. Un año después formó parte del equipo que ganó el Mundial de la categoría, siendo el Bota y Balón de Oro. Argentina empezaba a conocerlo. Ya tenía a su nuevo Maradona. Su paso por la selección le cambió también como jugador. Begiristain, por entonces director deportivo del Barça, llamó a Pekerman para decirle: «¿Qué habéis hecho con él?». Parecía un reproche, pero era lo contrario. Hubo un click en la cabeza de Leo, un chico tímido, que cuando llegó al vestuario no hablaba con nadie, y Rijkaard lo reclutó para jugar en el primer equipo. Y de ahí al infinito...

Pero su salto a la selección absoluta no fue como se esperaba. Debutó el 17 de agosto de 2005 en un amistoso ante Hungría, y a los 30 segundos fue expulsado. Tampoco su primer Mundial, en 2006, fue el soñado. Llegó algo tocado tras una lesión, y como campeón de Europa con el Barça, aunque no pudo jugar la final. En el duelo de cuartos del Campeonato del Mundo no jugó.

La carrera de Leo se dividió en dos a partir de ahí. Por un lado, con el Barcelona empezó a ganar Ligas, Copas de Europa, cuatro Balones de Oro, récords goleadores en España y en Europa... Todo eso en el Viejo Continente. Pero cuando cruzaba el charco se veía a otro jugador: más apagado, menos determinante. Excepto en los Juegos de Pekín 2008, en los que logró la medalla de oro, sus actuaciones con la albiceleste no pasaban de discretas. En Argentina se le acusaba de ser «español», de no sentir la patria, de no saberse el himno... La afición, la Prensa consideraban que no era uno de los suyos. Fracasó también en 2010, pero finalmente, y poco a poco, se ganó el cariño de los suyos. Brasil era su momento. «Es más argentino que yo», dijo Maradona. El título mundial le iba a convertir en el nuevo dios del país. Pero de momento Diego se queda en el trono.