Ciclismo

La resurrección de Quintana

Nairo Quintana, vencedor de la etapa
Nairo Quintana, vencedor de la etapa

Entre sangre, pegada a su maillot azul y blanco, y el sudor que recorre su rostro y gotea por sus ojos, sin lágrimas, porque eso a él le cuesta, Nairo Quintana cruza la meta erguido, con sus dos brazos extendidos a los lados, como diciendo aquí estoy, como recordando que él sigue ahí. Él, el ciclista más criticado del pelotón por su rácana forma de correr, por la ambición que le preguntaban dónde, en qué puerto, en la esquina de qué curva, en qué carrera la había perdido.

El ciclista que parecía haber tocado techo, al que ya daban por muerto, reventado antes de llegar incluso a los 30, llega a los Alpes, se mete en una fuga tremenda por cantidad y calidad antes de empezar a escalar el Izoard y luego vuela, como el cóndor que es, sobre el Galibier. Es su hábitat, las montañas perdidas, alejadas de la vida humana como su Tunja, en medio de la Boyacá salvaje que lo ha criado, a casi tres mil metros sobre el nivel del mar, casi como este Galibier que es testigo de su vuelo.

Es su hábitat y es su instinto, el del ciclista aguerrido, luchador y peleón. El que nunca se rinde aunque se sepa derrotado. Así salió Nairo Quintana a por la primera de las tres etapas que van a decidir este loco y precioso Tour de Francia. Con la derrota escrita en la cara. Se metió en esa fuga, como lo hicieron Amador y Verona, con la táctica sobre el papel del Movistar de hacer de puente para un ataque posterior de Mikel Landa. Quisieron reventar el Tour. Y lo hicieron, pero de otra forma.

En esa fuga de quilates se palpaba la derrota. Era la escapada de los vencidos del Tour. Romain Bardet, Alexey Lutsenko, Nairo Quintana. Hombres que iban a comerse el mundo en Bélgica hace 20 días aunque parezca ya un mundo el tiempo que ha pasado, y que se han plantado en los Alpes con la ristra del vencimiento. Gracias a eso caminaron. Diez minutos de concesión rozaron escalando la Casse Desserte, el paraje más místico de Francia en plenas cuestas del Izoard. Allí el Movistar empezó con su espectáculo. Dantesco. Marc Soler se encendió, brillante. Parecía una moto con un ritmo que empezó a ahogar a todos, dejó incluso titubeando a un Alaphilippe que resiste, pero cada vez va más al límite. A rueda del catalán, Mikel Landa, de quien todos, con ese movimiento del equipo de Unzue, esperaban un ataque allí, valiente como es él, a 80 kilómetros de la meta y aún con el Galibier por subir.

Pero Landa resoplaba. Pedaleaba atrancado. Rostro enrojecido. Mientras, Soler seguía destrozando el grupo de favoritos y acercando a la fuga, en la que iba Nairo Quintana, cada vez viéndose más fuerte, a cada paso más poderoso. En la cima del Izoard, Soler se retiró. «Había que respetar para que Nairo cogiese más tiempo». El respeto debía haber empezado mucho antes, por ni siquiera ponerse a tirar. Allí, los azules vieron que Landa no tenía el día. Y decidieron improvisar. Volver a darle el mando a Quintana.

Él, todo carácter, casta y pundonor, tiró de la clase que le sobra a pesar del pozo de críticas en el que le han sumido y atacó en el Galibier para irse a toda prisa por la etapa y reengancharse de nuevo a la pelea por el podio. Ahora él es quien comanda en el Movistar. Ya tiene un minuto de ventaja sobre Landa, a quien ha adelantado en la general, y está a dos del podio que ahora marca Thomas, que apenas se movió tras el ataque de Bernal, ya segundo en la lucha por el amarillo tras el resiliente Alaphilippe.

¿Y ahora, qué? Al Ineos le toca jugar sus dos bazas hasta el final en las dos etapas alpinas restantes y al Movistar, confiar en Quintana más de lo que llevan haciendo todo el Tour. Sin desprecios. Una resurrección de tamaña clase bien lo merece.