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El euro: 20 Años y un futuro enigmático

El euro ha sufrido fuertes altibajos desde su llegada a los mercados hace 20 años

El euro en cotización le gana al dólar, pero no ha conseguido arrebatarle su papel como principal referente financiero mundial.

El euro en cotización le gana al dólar, pero no ha conseguido arrebatarle su papel como principal referente financiero mundial. Además, se halla débil desde el punto de vista político, pues se está topando en las últimas fechas con diversas barreras, incluso levantadas por los propios miembros de la UE, que dificultan su avance, así como las reformas estructurales que reclama a gritos.

El 1 de enero de 1999, los mercados acogieron con muchas ganas el euro. Veían como, por fin, una moneda parecía una competidora real frente al todopoderoso dólar, y se presentaba como una oportunidad para fortalecer las relaciones comerciales y financieras en Europa. En 2002, entró plenamente en circulación y, tras unos primeros años prometedores, se enfrentó a una crisis que destapó sus carencias. Pasado el temporal, las 19 naciones que pertenecen al euro han decidido progresar en una unión monetaria que contenga mejor las nuevas recesiones y siga convenciendo a las voces que, 20 años después, sienten nostalgia por las antiguas divisas.

En los últimos años, el euro ha tenido que afrontar corrientes bastante críticas que han logrado sitio en los parlamentos. La victoria de Tsipras en Grecia fue la primera reacción antieuro tras la crisis, y la más reciente ha sido la entrada de la Liga Norte de Salvini en el Gobierno italiano. La política del país transalpino, de hecho, amenaza con torpedear el avance de la Unión Económica y Monetaria. Todavía «sigue estando incompleta, dejando a la región vulnerable ante futuras crisis financieras», afirma la directora de la Fundación de Estudios Bursátiles y Financieros (FEBF), Isabel Giménez. Tras la última experiencia y con las economías ralentizándose de nuevo, los próximos años se avecinan críticos para la conclusión de una zona euro fortalecida.

Italia no es la única piedra con la que se ha tropezado el proyecto liderado por el presidente francés Emmanuel Macron y apoyado, sobre todo, por las economías del sur del continente. Las del norte (Holanda, Finlandia, Letonia, Lituania, Estonia, República Checa, Irlanda y Eslovaquia) han conformado un bloque de oposición a determinadas medidas de la reforma de la Unión Económica y Monetaria, denominado Nueva Liga Hanseática.

Las conversaciones se enquistan desde un punto clave, la creación de un presupuesto común. La gran baza que ha presentado Macron no convence del todo a las economías del norte, que discrepan sobre las implicaciones que tendría sobre la política fiscal común. No obstante, Giménez sostiene que ésto resulta necesario, «incluyendo más riesgo compartido para preservar la integración financiera y económica y la estabilidad. Sin cierto grado de unión fiscal, la región se seguirá enfrentando a riesgos existenciales que las autoridades europeas no deben ignorar».

Junio de 2019

Si se le prestará la suficiente atención será una de las preguntas a resolver en este aniversario del euro. Ya se han marcado fechas en rojo para continuar las reuniones y «dotar a la Unión Monetaria de este imprescindible brazo fiscal antes de junio de 2019», añade Giménez. Junio es el «deadline», pero resulta posible que dentro de seis meses no se haya avanzado con la ambición que desearían Francia, España o Alemania. El profesor del Instituto de Estudios Bursátiles (IEB), Javier Niederleytner, no se muestra optimista y opina que «se dan bastantes anuncios que distorsionan las conversaciones, como las que llegan desde Italia, así que será bastante complicado lograr lo que se quiere sin que haya una estabilidad antes. Se taradará más de lo que en principio se ha estipulado».

Los motivos para el pesimismo se encuentran fácilmente. La última decisión tomada al respecto sólo hace referencia al fomento de la «competitividad» y la «convergencia» de las naciones. Sin embargo, la Nueva Liga Hanseática vetó el término «estabilización», en cuanto a la actuación sobre las economías del euro en épocas de recesión. No quieren llegar hasta el punto de que los fondos de los presupuestos puedan servir para hacer frente a las crisis.

El rechazo se produce a pesar de las consecuencias de dejar caer a un país que se observaron en el caso de Grecia. En el verano de 2015, su salida del euro parecía bastante cercana por la dificultad de que el país cumpliese con los acreedores de su rescate bancario. Esa posibilidad fue tan real que se contagió al conjunto de la zona euro, provocando una subida de las primas de riesgo y un fuerte descenso de las bolsas (el Dax alemán en junio se situaba sobre los 11.000 puntos y comenzó octubre rodando los 9.500; y el Ibex bajó más de 2.000 puntos entre abril y septiembre).

La incertidumbre de Grecia estuvo acompañada por los rescates bancarios a España e Italia. Nuestro país recibió prestados 41.300 millones al Mecanismo Europeo de Estabilidad (Mede) a través del Fondo Único de Resolución (que entró en vigor en 2012), de los que ha devuelto 23.700 millones. Los miembros del Eurogrupo sí han alcanzado un acuerdo respecto a la reforma de este organismo encargado de aportar cierta estabilidad financiera a la zona euro. Ahora, se reforzará su papel de vigilante del sistema bancario y, además, podrá financiar aún más el Fondo Único de Resolución cuando su capacidad no sea suficiente en casos extremos. En definitiva, parece que sí se han aprendido lo que pasa cuando una de las naciones del euro se va a la deriva. «Se han puesto todos los medios y controles necesarios para que no suceda como en Grecia, cuyas finanzas estaban distorsionadas. Las restricciones a las cuentas de Italia es el último ejemplo de que que no se permitirá que se repita lo mismo», señala Niederleytner. La importacia de proteger el euro, para el profesor del Centro de Estudios Financieros (CEF), es vital, pues «su supervivencia está íntimamente ligada a la estabilidad general de Europa».

¿Otro Brexit?

El miedo, en estos momentos, no es que la situación obligue a que abandonasen la moneda por fuerzas mayores, como ocurría con Grecia. El triunfo del Brexit ha significado un mensaje peligroso en una europea donde crecen los movimientos antieuropeístas y un grupo férreo de naciones se oponen a avanzar al ritmo que se desearía en la unión. Por lo tanto, se ha pensado que algún otro miembro, como Italia o alguno perteneciente a la nueva Liga Hanseática y con déficits reducidos, pueda seguir el ejemplo británico. Pero Niederleytner no cree que eso llegue a pasar porque, a pesar de que estos países estén más saneados, su capacidad económica es pequeña y «cualquiera que salga del euro puede ir a la ruina, pues ahora para ellos la UE supone una garantía de negocios y de estabilidad en los precios».

De este modo, aunque la reforma del Mede suponga un buen paso para la unión bancaria, pero se antoja insuficiente porque quedan en el tintero temas relevantes como los nuevos límites del fondo único de garantía de depósitos para compensar a los afectados por la insolvencia de alguna entidad financiera. No obstante, comenta Giménez, se niega a ceder ante las intenciones de Francia porque «no quiere compartir riesgos sin que estos, previamente, se hayan reducido».

Una unión bancaria al completo no se asoma en un horizonte cercano, al igual que otras propuestas que requieren de un consenso que a estas alturas parece complicado alcanzar. Entre ellas está el seguro de desempleo comunitario que propone el Gobierno de Pedro Sánchez. Giménez explica que «cuenta con el respaldo de Francia, Portugal o Eslovaquia, y del Ministro de Finanzas alemán, Olaf Schloz, aunque no de Merkel. Pero para que este seguro pueda ver la luz, los 27 deberían aceptar que la zona euro cuente con un mecanismo estabilizador (es decir, los presupuestos que se están negociando)».

Moneda referente

La reforma del euro también va encaminada a cumplir con los retos que se han marcado desde el comienzo y no se han cristalizado en la realidad. Si algo se le puede achacar al euro es no haberse convertido en una competencia para el dólar en el intercambio internacional. Aunque sí lo ha hecho, lógicamente, en el comercio (donde el 36% de las transacciones se realizan en euros y el 40% en la divisa estadounidense), no lo ha logrado en sectores estratégicos como el de las materias primas o el energético. Juan José Pintado invita a trabajar en este punto: «Es preciso relanzar el euro, profundizando en la Unión Económica y Monetaria, impulsando el papel internacional del euro en las transacciones exteriores», admite.

Y eso que lo tiene todo a favor, pues la Unión Europea se gasta cada año 300.000 millones en importar energía, y el 85% de esa cantidad se paga en dólares. Para Niederleytner, la Comisión intentará que ambas monedas tengan un papel lo más parejo posible, pero confiesa que, de todas formas, «tienen muy claro que el dólar siempre será el líder».

Impacto mutuo

Los países que tenían una divisa propia no se influían tan directamente como lo han hecho cuando se han unido al compartir el euro. Sus miembros han conformado un sistema cerrado en el que, por primera vez, numerosos factores provocan que economías tan distintas como las de las naciones del norte y del sur de Europa se impacten de forma directa. Por ejemplo, «los controles de salarios y otras mejoras competitivas llevadas a cabo en Alemania permitieron una fijación competitiva de precios pero no así en otros países. Sin una fijación competitiva de sueldos, las mejoras en los países del sur o su capacidad para inflar sus divisas con respecto a otros estados, los productos sureños dejaron de ser competitivos en la eurozona», señala Isabel Giménez.