¿El principio del fin de Schengen?

Controles de documentación en la estación de tren de Kastrup, el aeropuerto de Copenhague
Controles de documentación en la estación de tren de Kastrup, el aeropuerto de Copenhague

La crisis de refugiados amenaza con tirar por la borda uno de los principales logros del proceso de construcción europea, la libre circulación de personas. En la actualidad, siete de los 26 países que pertenecen al acuerdo de Schengen mantienen algún tipo de control sistemático en los pasos de sus fronteras interiores (Austria, Alemania, Suecia, Francia, Malta, Dinamarca y Noruega), según fuentes comunitarias. El intento de frenar la avalancha de solicitantes de asilo ha servido como excusa para ponen en cuarentena uno de los fundamentos de la Unión Europea.

Ante la impotencia de Europa para gestionar de forma compartida los flujos migratorios, cada país ha optado por hacer la guerra por su cuenta. Muestra de estre gran fracaso colectivo es el hecho de que los Veintiocho sólo han logrado reasentar a 272 de los 160.000 refugiados que se habían comprometido a repartir el pasado verano. Mientras Italia y Grecia están desbordadas ante la incapacidad de controlar las fronteras exteriores de la UE, los países de Europa central, con Hungría y Polonia a la cabeza, se niegan en redondo a acoger a asilados en su territorio. En cambio, Alemania, Suecia y Austria han tenido que asumir en solitario la inmensa mayoría de los asilados sirios e iraquíes. La UE “no ha sido capaz de manejar la situación de la manera correcta”, se lamenta el primer ministro sueco, Stefan Löfven. “Cuando los refugiados llegan a Europa, debemos ser capaces de cooperar entre los 28 Estados porque ahora la mayor carga recae en cuatro o cinco países y eso no es sostenible”, lamenta el líder socialdemócrata de Suecia, que en 2015 recibió la cifrá récord de 160.000 solicitudes de asilo.

Como si de un juego de dominó se tratrase, cada país europeo reacciona a los hechos consumados de su vecino. Así, los controles fronterizos suecos llevaron a hacer lo mismo a Dinamarca con Alemania, que a su vez ha cerrado la frontera con Austria. “Si Alemania impone controles, nosotros también”, se justifica Warren Faymann el canciller de Austria, que recibió el año pasado 90.000 solicitantes de asilo (más del uno por ciento de la población). “Estos controles son necesarios, puesto que nos permiten rechazar la entrada a todas aquellas personas que no quieran solicitar el derecho de asilo y quieran dirigirse hacia los países escandinavos”, asegura tratando de escurrir el bulto.

Ante la constancia de que el invierno no ha disuadido a emprendar su viaje a los miles de sirios, iraquíes y afganos que huyen de la guerra en sus países de origen con la esperanza de encontrar un futuro mejor en el Viejo Continente, son muchos los que alertan de que la situación puede explotar en primavera si no se logra una solución urgente que lo remedie. “Cuando llegue la primavera, las cifras se cuadruplicarán. El número de inmigrantes y refugiados aumentará considerablemente. La Unión Europea, o en este caso Países Bajos y Alemania, no pueden seguir haciendo frente a este flujo. Debemos encontrar una solución”, aseguró ayer en Davos el primer ministro holandés, Mark Rutte. El presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Turk, ha ido más lejos al advertir ante el Pleno del Parlamento Europeo que la UE dispone de dos meses para salvar Schengen tal y como lo conocemos. “Las cifras del periodo navideño no son nada alentadoras, con 2 000 personas que llegan a Europa cada día, según Frontex. La cumbre de marzo será la fecha límite para ver si una estrategia común funciona. Y si no es el caso, tendremos que hacer frente a las consecuencias del colapso de Schengen”.

Y es que Bruselas ya no oculta su temor a que la libre circulación de personas sea reversible y termine acabando con la moneda única, el euro, el otro gran hito del proyecto europeo. “Hoy reintroducimos alegremente los controles en las fronteras, mañana nos daremos cuenta de que ello tiene un coste económico considerable y pasado nos preguntaremos para qué una moneda única si no hay libertad de movimiento”, advierte el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker.

En este sentido, el director de la federación alemana de comercio BGA, Anton Boerner, vaticina un coste altísimo para las exportaciones alemanas si la reinstalación de los controles dentro de la zona Schengen se perpetúan en el tiempo. “El coste del transporte por carretera podría incrementarse en 3 000 millones de euros”, estima. “El 70% del comercio exterior alemán tiene lugar dentro de las fronteras europeas”, recuerda al diario “Tagesspiegel” Boerner, para quien “Schengen es uno de los mayores logros de la UE”. Sería paradójico que la avalancha de refugiados asestara a la moneda única el tiro de gracia que no consiguió la crisis del euro el pasado lustro.

pgarcia@larazon.es