La boda ficticia y digital, el humor que nos salva en tiempos del coronavirus

Margarita y su Romeo se casaron ayer, en el salón de su casa, a pesar de todo; eso sí hicieron partícipes a todos los invitados en una peculiar celebración

No pudo ser, Margarita y su Romeo tenían previsto casarse ayer. Y había costado. Los amigos hacía tiempo que insistíamos. Y pasaban los meses y los años. Y nada. El bodorrio no tenía fecha. ¡Todo llega! Fue la frase más celebrada. Ya estaba todo cerrado. Lugar. Día. Hora. Novio. Novia. Invitados. Familia. Amigos. Las flores. El catering. El regalito. Las sorpresas. Margarita no había dejado nada al azar. Todo en orden y concierto para el gran día.

Trenes, hoteles reservados, vestidos, tocados, tacones altos y bajos para el después, la hora de la verdad, el ver y no ver... Pero en la lista de todo lo que tenían por delante nunca se contempló una variable tan estrambótica, contagiosa y cruel como la pandemia del coronavirus que llegó a nuestras vidas para meternos en nuestras casas, arrebatarnos la libertad y llenarnos de miedos. Una vida de incertidumbre y temor nos pone por delante en forma de alfombra roja.

Y la novia se quedaba así compuesta, con novio, pero sin boda. Sin celebración. Con su vestido. Con sus invitaciones enviadas, con su todo. APLAZADA. “Próxima convocatoria: noviembre”. Si el coronavirus y sus derivados no lo impiden.

En tiempo récord vino todo esto de la suspensión. Apenas una semana. A guardar el vestido. Anular trenes. Adiós a los tacones. Y bye bye oxígeno. Llegó el día. Un mensaje en el teléfono nos recordó lo que la cabeza no había olvidado, a pesar del espesor de este confinamiento, a pesar de que las horas se solapan y así los días.

Pero Margarita y su Romeo nos tenían guardado un resquicio del mejor humor contra el coronavirus. Una boda improvisada en el salón de casa. Solos. Partícipes todos desde las nuestras. Ataviados con toda la imaginación del mundo, anillos de goma eva, monedas por arras e infinitas dosis de humor, que remataron retando a los invitados a compartir el día. Nos obligó a sacar del armario nuestras mejores galas, pintarnos los labios, desempolvar el colorete y abrir una botella de vino para brindar por los novios. En la distancia, a unos cuantos kilómetros unos, al lado otros, aquí y allá, compartimos la magia del humor que nos salva en los momentos difíciles. El convite, los brindis, la entrada de los novios, el álbum nupcial y el baile... Para recordarnos después, ya al día siguiente, que embarcaban en su idílica luna de miel a una isla paradisíaca, como no podía se de otra manera...

La vida puede ser maravillosa con personas increíbles. El día era gris, pero se sucedieron las sonrisas, los esfuerzos por hacer de ese sábado un día mejor entre todos. Un poder maravilloso e infinito, que no logró arrebatarnos ni el confinamiento del coronavirus. Ese humor que nos salva cuando nos persiguen noticias imposibles. Gracias por demostrarnos que ¡Juntos podemos!