La épica de apagar las luces

A las diez de la noche, que es cuando, como su propio nombre indica, se hace de noche y ya no hay luz y es, entonces y por eso, necesaria

Rebeca Argudo

Isabel Ayuso dice, tras aprobarse el paquete de medidas para el ahorro energético de este, nuestro Gobierno de coalición, que Madrid no se apaga. Y Sánchez le contesta que la ley en España se cumple (lo dice él, es que te tienes que reír). La llama egoísta e insolidaria, que es como se insulta en primaria si el profesor está delante, mientras se quita la corbata en Mallorca, porque todo el mundo sabe que quitarse la corbata es solidario y fundamental para el ahorro energético. No como subirse a un Falcon y ocultar cuántas veces y por qué motivos, que eso es inocuo, puritita fruslería. Apenas calderilla.

Lo importante aquí es que nos sacrifiquemos todos, menos él a ser posible, para conseguir ese ahorro de un 7%, que es un número como otro cualquiera. Uno que no suene a demasiado alto y nos desaliente por inalcanzable, ni a demasiado poco y que nos dé la risa tonta por no merecer la pena. “Pon ahí un siete”, habrá dicho alguno de sus expertos. Porque con este Gobierno, todo lo dicen los expertos. No olviden, por favor, aquel comité que asesoraba a Sanidad durante el confinamiento por el Covid y que resultó ser inexistente. Y aquí no ha pasado nada. Pero volvamos al paquete de medidas de ahorro: El aire acondicionado deberá estar en 27 grados, obligatoriamente, tanto en las administraciones como en el sector privado. Y se informará a la ciudadanía de la temperatura con luminosos en el exterior. Luminosos que, espero, no consuman energía o, de lo contrario, lo que ahorramos por un lado lo estaríamos gastando por otro (a lo mejor no ha pensado en esto el experto de guardia).

También ahorraremos en iluminación (no en los luminosos que indiquen la temperatura en interiores, que esos son muy necesarios) y los edificios, escaparates e iluminaciones decorativas se apagarán a las diez de la noche. A las diez de la noche, que es cuando, como su propio nombre indica, se hace de noche y ya no hay luz y es, entonces y por eso, necesaria. Todo esto, sumado a los consejos que desde Moncloa trasladan a la ciudadanía (utilizar bombillas de bajo consumo, bajar el toldo y las persianas, abrir las ventanas, utilizar las escaleras…) hace que las medidas desprendan un tufillo a improvisado y apresurado, casi a realizado por asesoras del Ministerio de Igualdad. Casi puede escuchar uno a su madre, pantufla en mano, diciendo que apague las luces al salir o que cierre ya la puerta de la nevera.

A mí no me sorprendería que cualquier día me dijese Teresa Ribera que si voy a salir a la calle con estas pintas, lo juro. Pero la culpa es de Rusia. Y es cierto que dependemos de su gas y de que el suministro no se interrumpa, pero también lo es lo inoportuno del deterioro de las relaciones con Argelia justo en un momento como este. Y tampoco va tan desencaminada la insolidaria y egoísta Ayuso cuando se pregunta qué ahorro se va a aplicar Sánchez a sí mismo. Porque no resulta muy convincente que justo en estos días nos enteremos de que la oficina de Presidencia cuenta con un nuevo departamento, con todo su personal y sus cargos de confianza, su camisita y su canesú. Que sí, que el ahorro energético está muy bien. Pero el ahorro, así en general, de todos y para todos, mucho mejor. Pero claro, del creador de “el heroísmo consiste también en lavarse las manos y quedarse en casa” no podíamos esperar menos que la épica de quitarse la corbata y subirse al Falcon. Y el último que apague la luz.