Ciudades

Vamos a asistir en los próximos días a interminables debates, tertulias o declaraciones sobre posibles pactos para determinar los gobiernos de muchas ciudades y pueblos de España.
Vamos a asistir en los próximos días a interminables debates, tertulias o declaraciones sobre posibles pactos para determinar los gobiernos de muchas ciudades y pueblos de España.

En los próximos días, a raíz de las elecciones municipales del pasado domingo, vamos a asistir a interminables debates, tertulias o declaraciones sobre posibles pactos para determinar los gobiernos de muchas ciudades y pueblos de España. Allá donde no hay mayorías absolutas de ningún partido, las elecciones dan paso a una especie de tiempo de prórroga, en el que los representantes de las diferentes formaciones argumentan sobre la conveniencia de que el gobierno municipal esté en manos de unas fuerzas y no de otras.

Hasta ahora los argumentos esgrimidos para defender sus respectivas opciones han tenido que ver, casi exclusivamente, con las claves manejadas por los partidos en ámbitos superiores -nacional o autonómico-, con motivaciones de índole estratégica o con el reparto, más o menos equilibrado, de ayuntamientos entre unos y otros. Pérdida la ingenuidad y siendo mínimamente realistas, la situación y el contenido inicial de las negociaciones no es nuevo, y por lo tanto no debería sorprender ni alarmar. Sin embargo, sería deseable que además de un debate centrado en estas cuestiones, los ciudadanos que vivimos en los barrios y calles de esas ciudades, empezásemos a escuchar a qué modelos de ciudad responden cada uno de esos acuerdos, si hay objetivos comunes de crecimiento y sostenibilidad, o si las formaciones tienen propuestas de movilidad mínimamente coincidentes.

“¿Debe el urbanismo representar a la sociedad tal como es o tratar de cambiarla?”. Es la pregunta que hace el sociólogo Richard Sennet, en su magnífico “Construir y habitar”, el libro que acaba de publicar. No por casualidad el subtítulo de la obra es “ética para la ciudad”. Quizás esa pregunta u otras similares son las que deberían responder las mujeres y los hombres que en las próximas semanas van a entablar conversaciones para llegar a pactos de gobierno en muchos ayuntamientos de España.

Habitamos ciudades en las que entre un barrio y otro, separados sólo por una calle, se producen auténticos abismos sociales y económicos. Hay gobiernos municipales volcados en la gestión de las almendras centrales, mientras viven de espaldas a las periferias. Planificaciones que asisten de forma pasiva a crecimientos urbanísticos, y otras que pretenden imponer modelos cerrados de ciudad. Debatimos sobre ciudades inteligentes, como si la tecnología lo solucionase todo, y los problemas de la ciudad no tuvieran nada que ver con el hecho de que hemos dejado de concebirla como una comunidad acogedora y cálida.

Con demasiada facilidad miramos con indiferencia el entorno en el que residimos, como una actitud que nos hace inmunes a lo que pasa a nuestro alrededor. Crear ciudades integradas en las que el binomio equidad y eficiencia forme parte inseparable del modelo urbanístico, también debería tenerse en cuenta en las negociaciones de las próximas semanas. Una planificación seminal que, usando racionalmente recursos escasos, posibilite desarrollos diversos y cree múltiples centros, es un debate tan importante como quién es el alcalde o la alcaldesa. Por eso la respuesta que también esperamos de esas posibles coaliciones es para qué gobernar y con qué mirada hacerlo.