Con los niños del brazo

Cuando acudes a los dudosos colegios electorales con tus hijos del brazo, y los usas como escudos humanos, es que antepones la portada en el «New York Times» a la integridad física de los menores. Nunca vimos a los piquetes acompañados de infantes frente a los antidisturbios.

Cuando el postureo entra por la puerta, arrampla con el mando a distancia y decide qué comprar en el supermercado, y vendes fotos trucadas y portadas antiguas, la democracia salta por la ventana.

Cuando transformas un follón propulsado por algunas de las élites más corruptas de Europa, las de 3% y los bestiales recortes en gasto social, la de los paraísos fiscales y Banca Catalana, y añades en el timón a unos nostálgicos de Bandera Roja y/o de Terra Lliure, y cuando todo eso sucede y nadie chista, sabrás que llega el tiempo de la hermandad entre los socios de la tribu y el invierno nuclear para los disidentes.

Cuando viviendo como vives en uno de los territorios de Europa que gozan de más autogobierno, agraciado con un nivel de vida que, francamente, tiene poco que ver con el de Sudán del Sur, y encima, en tu portentoso arranque de autoestima, te crees Espartaco, o Washington, o Mandela, y sales a la calle como si fueras el cura bueno y noble de Roma città aperta, y no te da la risa, y sacas pecho, y te aplaudes, entonces, ay, despídanse no ya de la legalidad, que eso fijo, sino también del rubor moral y el pundonor intelectual.

Cuando niegas a Max Weber, o sea, te escandalizas de que frente a la sedición golpista el Estado reclame para sí el monopolio de la violencia, te choteas de la comunidad y arrasas los mecanismos de protección contra la tiranía.

Cuando acudes a los dudosos colegios electorales con tus hijos del brazo, y los usas como escudos humanos a sabiendas de que las revoluciones eran cosa de adultos, es que antepones la portada en el New York Times a la integridad física de los niños. Nunca, ni en los días más crudos de las reconversiones industriales, ni en las más rojas batallas por las cuencas mineras, vimos a los piquetes acompañados de infantes frente a los antidisturbios. Claro que entonces hablábamos de revueltas sociales y lucha de clases. Aquí y ahora, en cambio, la cosa va de cunas singulares y sensibilidades únicas, de comunidades unidas por sus peculiaridades etnolingüísticas y magdalenas que forjaron su infancia. Porque estamos, sépanlo, ante un ensayo de revolución posmoderna y, por eso mismo, aupada por la pulsión irracional que enlaza con el romanticismo y su vieja munición de espectros prepolíticos.

Pierden los partidarios de la igualdad de todos y ganan los demagogos, los traficantes de utopías, los que afirman leer la voluntad del pueblo, cuando a las leyes, refrendadas por un conjunto de ciudadanos libres e iguales, las enfrentas con una radiante tormenta de risas. Un huracán de sentimientos. Un orgiástico selfie de buenas intenciones. Cuando, además, decides que tus pretensiones son irreprochables, bienhechoras, justas, heroicas, y que por tanto no merecen sufrir el gris y pesado filtro del qué dirán los jueces, abandonas el campo de juego y pasas a encender bengalas en la grada sur, a insultar a tus vecinos y, en general, a comportarte como los canallas que, en todo tiempo y lugar, conspiraron contra el pueblo de tanto como amaban al pueblo.

Rompes el tablero cuando acusas al gobierno, como la señora Colau, de haber inundado de policía Barcelona, o denuncias la brutalidad represora del Estado español, como Puigdemont. Como si las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado llevaran a cabo la Operación Cóndor y vosotros, queridos activistas, preclaros estadistas, fuerais las Rigoberta Menchú o las Violeta Parra de La Boquería. Más quisierais, y más quisiera la vieja CIU, tantos años cebada por las sucesivas encarnaciones de Moncloa, que la ruptura del marco de convivencia fuera vista en el mundo como la conflagración definitiva entre las porras y el angelical anhelo de un pueblo sojuzgado.

Caen los andamiajes del Estado moderno si, envueltos en privilegios especiales, unos señores muy diferentes, aunque nadie sepa explicar por qué, deciden que o hacemos su santa voluntad o a la mierda. Y nos consume la impotencia al contemplar el intento de voladura de 40 años de proyecto común. Y nos come la pena cuando posan como mandarines de la libertad quienes, por sus ideas, desprecian la libertad del resto.

Cuando aspiran a hacer pasar por democracia la conculcación de la democracia y por derechos evidentes unos derechos anteriores al contrato político, nacidos de la tierra y el RH, y cuando van a la tala del 78 como quien camina rumbo al martirio, a ver cómo les explicas que para cambiar las leyes no vale la coacción sentimental ni la asonada. En realidad es posible que sí, que sí valga, que sea tarde y que entre las pulsiones totalitarias de unos y el candor, rayano con la negligencia, de los gobiernos nacionales, incapaces no sólo de contrarrestar el veneno sino de evitar la charlotada, esto no tenga otra solución que la muerte del mejor y más fructífero periodo de la historia de España. Quién nos iba a decir que volverían los castizos fantasmas de las carlistadas.