Desde Gracia: «¡Móviles en modo avión, en modo avión!»

El viejo barrio ha cambiado. Es un paraíso para los urbanitas más exigentes, pero lo es también para los antisistema de la CUP, donde ensayan su guerra particular.

Colas de votantes en las puertas del Instituto Josep Maria Jujol en el barrio de Gracia
Colas de votantes en las puertas del Instituto Josep Maria Jujol en el barrio de Gracia

El viejo barrio ha cambiado. Es un paraíso para los urbanitas más exigentes, pero lo es también para los antisistema de la CUP, donde ensayan su guerra particular.

Gritan a las puertas del instituto Josep Maria Jujol «¡modo avión!». No entiendo nada. Me había entretenido mirando a un grupo de jóvenes franceses, ropa negra, mochilas negras, con poco aspecto de haber dormido en un hotel con encanto, intentando saber qué hacían aquí. Así que me perdí lo de «¡modo avión!», a pesar de que la gente lo coreaba, hasta que unas chicas me informan de que para que el sistema informático que permite el desarrollo de la votación no tenga interferencias hay que poner el móvil en modo avión. Yo no lo hice porque mi teléfono está en las últimas y los periodistas estamos exentos de estas cosas, igual como no estamos obligados a aplaudir en las ruedas de prensa. La gente no parece angustiada u ofendida por las intervenciones de la policía y aplauden cada vez que sale un grupo que ha votado.

Estamos en Gracia, un barrio donde siempre vivió una próspera comunidad gitana, ahora más menguada; casas de poca altura, población menestral, de la de antes. Es decir, laboriosa, solidaria –a la manera también de antes: alardear poco y mantener buena vecindad–, hasta que el paisaje cambió y se abrió paso una cultura urbana sin demasiado apego por las formas del viejo barrio tradicional; un urbanita paródicamente solidario. Hay restaurantes por todos lados, bares, tiendas que venden zapatos de todos los colores, establecimientos de «tattoo» y un problema de botellón insoportable en algunas plazas; si bien un botellón que parece un «vernissage» masivo. Pese a ello, el partido más votado es Junts pel Sí (46%), seguido de la CUP (14,64%).

Una joven se graba con el móvil apoyada en una esquina, supongo que para luego colgarlo, pongo la oreja y dice: «Lo que está viviendo hoy Barcelona es una revolución». Lo dice muy seriamente, sin entusiasmo, quizá con preocupación. Puede ser que sea verdad, que estemos viviendo una revolución propiciada por el propio Estado, es decir, por la Generalitat, y un movimiento insurgente que asiste feliz y contento a este desastre. Una revolución y un golpe. «Catalonia is different».

Gracia es un barrio donde la CUP y los antisistema de media Europa llevan a cabo sus ensayos de guerrilla urbana. Anna Gabriel es una de las jefas del grupo y tiene un lenguaje alambicado de reminiscencia entre el 68 y el 37. Para arreglar la situación llamó a la huelga general el próximo día 3 y alabó la «resistencia intuitiva», un concepto que sin duda cumplen los animales –los racionales emplean los afectos y la razón– y los Comités de Defensa del Referéndum, que habrá que añadir a la larga nomenclatura del nacionalismo.

Bajan por Gran de Gracia, la arteria principal del barrio, todo él recoleto, un grupo de «observadores internacionales» a paso ligero; son británicos, puede que alguno sea escocés. Visten informalmente, más propio de un turista en las pirámides de Guiza. Van identificados con una tarjeta al cuello, bajan muy decididos, les sigo y descubro que uno de ellos, una mujer, se cubre la cabeza con una pañoleta campestre. Es una estelada. Vaya. Debe ser normal que los observadores se identifiquen de manera tan íntegra con el gobierno que les invita.

No muy lejos de allí, cruzando el Paseo de Sant Joan, está el cuartel de la Guardia Civil. Antes, me detengo en la esquina con la calle Escorial, la que tantas veces ha reflejado Juan Marsé en sus novelas. Quién la ha visto y quién la ve. Hay algunos edificios que padecen tal exceso de decoración de esteladas y pancartas que no deja de ser una parodia de mal gusto a estas alturas del conflicto. Se lo digo a Pijoaparte: amigo, esto se va al garete. Me acerco a los guardias civiles con cuidado y les pregunto cómo va las cosas. Dicen que no están autorizados a hablar. Uno alcanza a decir con sentido común: «Lo que usted ve, caballero».

Veo muchas cosas y sobre todo resuenan los consejos de un político catalán sensato –los ha habido, los debe haber–, Josep Tarradellas, que reconoció el gran error de los hechos de octubre del 34. Creyó la Generalitat que con el apoyo de la izquierda radicalizada española tenía ganada la batalla por la independencia, cuando no tenía la mayoría en Cataluña. Puigdemont puede tener el apoyo mercenario de Podemos, pero a la mitad de los catalanes les gustaría verle en el basurero de la historia.