Política

El debate del bloqueo: Sin solución tras el 10-N

Los candidatos se enrocaron en su discurso de abril sin aclarar los futuros pactos más allá de reproches. Sánchez no descartó volver a pactar con los independentistas y Abascal acaparó la atención en la derecha.

Los candidatos se enrocaron en su discurso de abril sin aclarar los futuros pactos más allá de reproches. Sánchez no descartó volver a pactar con los independentistas y Abascal acaparó la atención en la derecha.

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El único debate electoral de esta campaña tuvo más reproches que propuestas y giró más sobre lo que ha ocurrido que sobre lo que ocurrirá después del 10-N. El principal interés estaba en saber quién cederá para formar gobierno y con quién pactará Pedro Sánchez. Pero hubo mucho ruido y pocos movimientos novedosos con respecto al argumentario en el que los partidos llevan instalados desde las elecciones de abril. Salvo algún golpe de efecto inútil, como el del candidato socialista al agitar la exigencia de que se asuma el compromiso de que gobierne la lista más votada, es decir, la suya, según todas las encuestas. O el giro de 180 grados del candidato de Ciudadanos (Cs), Albert Rivera, para presentarse ahora como solucion al bloqueo, aunque las encuestas le nieguen unánimemente fuerza para desbloquear nada.

Todos fueron bastante previsibles en su intento por sacar partido de la bolsa de un 30 por ciento de indecisos que señalan las encuestas. Sánchez confirmó sus dificultades para encontrar su sitio en los debates y optó por la posición más conservadora. No arriesgó y se escudó en el perfil presidencial, como potencial garante de la seguridad y de la estabilidad, imagen que intentó reforzar con la táctica de ir sembrando anuncios efectistas de quien se señala como presidente sin haber despejado quiénes serán sus apoyos. Su potencial socio, Pablo Iglesias, descolocó las quinielas de quienes creían que esta vez, a diferencia de los dos debates anteriores, se sacudiría el tono institucional para actuar más como agitador y activista de izquierdas. En su esencia, todo fue un «déjà vu» como si desde abril hasta aquí no hubiera pasado nada.

Casado tuvo que pelear con sus socios de la derecha para intentar conservar su estrategia dirigida a potenciar su condición de alternativa y confrontar con Sánchez. Abascal aguantó bien su estreno con una política dirigida a reafirmar a su electorado: hizo su propio debate. Y Rivera no llegó a tapar la angustia de su complicada situación electoral: buscó la confrontación con todos para ver qué podía rascar de todos los sitios. El resultado fue que se embistieron tanto dentro de los bloques como entre bloques, ahora bien, evitando las estridencias. Hasta Abascal potenció su tono más moderado.

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Los anuncios de Sánchez no taparon sus vías de agua, sobre todo en la gestión del problema catalán. Un tema en el que la derecha se mueve con más comodidad aunque anoche no fuera capaz de mantener la unidad. En la pelea por el voto Casado buscó el cuerpo a cuerpo con Sánchez, pero también acabó enredado en la estrategia de confrontación que le planteó Rivera. Mientras que Abascal repartió a diestra, el PP, y siniestra, y en vez de perderse en el hilo de la discusión dirigida por los otros candidatos enfocó su tiempo a recalcar sus propuestas más duras, como la ilegalización de los partidos independentistas o la suspensión de la auonomía de Cataluña, que es lo que le distingue de PP y Cs.

Sánchez cojeó en el tema catalán, en el que dejó sin respuesta la pregunta de Casado de si España es una Nación, y también flanqueó en las contradicciones de sus alianzas posteletorales, una vez que desde abril no ha sido capaz de tejer un acuerdo con su electorado natural.

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La fragmentación ha hecho que estos debates sean cada vez más difíciles para los dos grandes partidos, impotentes a la hora de centrar el mensaje ante un juego de estrategias opuestas que acaba por desvirtuar sus mensajes clave. Casado optó por no apartarse de la moderación y del espacio de la serenidad y la centralidad, con la vista puesta en la baja movilización de los votantes de Ciudadanos, su indecisión y la decepción que sienten con la política de los últimos meses.

Esta estrategia de Casado tiene sus riesgos con Vox apretando por la derecha y al alza, según las últimas encuestas, pero ante la encrucijada de si defraudar a los más moderados o a los más de derechas el líder popular apuntaló su posición centrista.

Rivera tenía anoche en sus manos su última bala ante un escenario preeletoral que anticipa su desahucio. Su principal reto era encontrar su tono teniendo al lado a Abascal. Ni llegó a ser Abascal, por libre en todos los bloques, ni consiguió rectificar sus dificultades para diferenciarse con la suficiente solvencia de Casado como para recuperar el voto que vuelve al PP. Prácticamente mismo discurso de Casado y Rivera en Cataluña y en economía, dos temas en los que Cs siempre ha nadado a favor. En busca de su espacio, Rivera recurrió incluso a la corrupción para echarle en cara al candidato del PP la etapa de Rajoy y Aznar.

El bucle lleva a pensar que sobre los candidatos no pesó anoche la desconfianza y la distancia por la repetición electoral.