«¿Dónde está la Inmaculada»?

El traslado, tras veinte años de litigio, de los bienes a Sijena desvela que en Cataluña se ha extraviado un lienzo del siglo XVIII que ayer no llegó a su destino. Una tensa jornada que culminó con la llegada de 43 obras a Aragón.

Los operarios introducen las primeras cajas en el interior del Monasterio de Sijena
Los operarios introducen las primeras cajas en el interior del Monasterio de Sijena

El traslado, tras veinte años de litigio, de los bienes a Sijena desvela que en Cataluña se ha extraviado un lienzo del siglo XVIII que ayer no llegó a su destino. Una tensa jornada que culminó con la llegada de 43 obras a Aragón.

Llegó el momento de destapar el pastel y, ¡sorpresa!, lo que iban a ser 44 bienes se habían convertido, de repente, en 43. Algo que ya parece ser una costumbre cuando se habla de intercambios entre Cataluña y Sijena. «Recuerdo que, de las 53 piezas que tenían que haber regresado el verano pasado a Huesca, sólo vinieron 51», rememoraba Mayte Pérez –consejera de Educación, Cultura y Deporte de Aragón– ayer mientras se cargaba el camión que tenía que trasladar el tesoro de vuelta a casa. El trabajo de identificación y embalaje estaba listo y los deberes completados, pero el cabreo que había en la parte aragonesa era importante. Lo primero, por el estado de alguna piezas: «Las hay que están rotas», comentaban. Segundo, por no haber podido verlas hasta la recogida. Tercero, porque los técnicos no pudieran salir de Lérida por cómo estaban los ánimos de puertas para fuera del museo, «por la situación social que se ha creado», puntualizaba Pérez. Cuarto, por las formas de entrar, «a las cuatro de la mañana», añadía. Y, por último, con el Gobierno central, al que acusaban de «provocar» después de que el ministro de Cultura, Méndez de Vigo, hablara de «normalidad» dentro de la jornada.

Parece mentira que fuera un día histórico para la provincia viendo el panorama, pero prometen que finalmente se impuso la alegría. Y así se pudo comprobar a las 15:30, cuando el camión completaba la ruta Lérida-Monasterio de Santa María de Sijena. Pero la noticia ya había estallado por el camino. «Que les falta una pieza», se sorprendían los vecinos de los Monegros a minutos de recibir el tesoro. ¿Cómo? Sí. Lo había confirmado la consejera, como hemos dicho. «Inmaculada», una pintura del siglo XVIII que ya llevaba una vida movidita: tres traslados de 1936 a 1970, con un regreso a Sijena incluido, en el 40.

«¿Dónde está “Inma”? –bromeaban en Sijena–. No tardó en resolverse la duda. En el palacio episcopal de Lérida, confirmaban fuentes catalanas en boca de Josep Giralt, director del museo de procedencia, donde, a su vez, hablaban de una vuelta de tuerca más: sí eran 44 las obras que llegaban en el camión porque se había incorporado «un elemento ornamental que encajaba en el lote». Después de tantos tira y afloja, resulta que el espíritu navideño había hecho mella. O no. Porque desde el Gobierno aragonés eran claros: «No, lo que pasa es que quieren contar como dos una pieza que está rota». Regalos los justos. ¿Y lo del lienzo es cierto? «Sí, pero también tenían que haberlo entregado hoy», zanjaban.

Sólo era una mancha en una Villanueva de Sijena que estaba en fiestas. Desde las 04:16 de la madrugada, cuando se confirmaba que los técnicos habían llegado al Museo de Lérida para traerse de vuelta las piezas, el pueblo olía a día histórico, tras un litigio que comenzó en 1996.

Dos horas se había alargado una carga que comenzó a ser real pasado el mediodía. Ya sí que sí, las 44 –43– piezas comenzaban su viaje. Poco menos de 90 minutos apoyados por tierra y aire en todo momento para llegar hasta los límites de los Monegros.

El ocultismo de Lérida contrastaba con el «show» que se había montado en Huesca. Las fuerzas de seguridad sonreían sin esconderse. Se facilitó el trabajo de la Prensa. Todo estaba convenientemente acordonado para disfrute de todos y con el camión en un sitio preferencial. «Que se vea bien», reclamaban. Se dejó caer por el monasterio el alcalde –Alfonso Salillas– con su equipo y vítores de los presentes. Asomó el morro el camión y jolgorio padre. Cada maniobra para acercarse a la puerta era un motivo de goce. Palmas, gritos, abrazos y lágrimas para festejar «un día histórico», definían los vecinos. El tesoro de Sijena ya estaba de vuelta en casa.

Antes, el «café» que Arran había convocado en Lleida para hablar de «colores, arte, la fauna ibérica, la inteligencia, las musas» –anunciaron– terminó por dilatarse. Y eso que venían de una noche muy larga en la que los gritos al alcalde de la ciudad, Ángel Ros y la llegada de la Guardia Civil y los técnicos del Gobierno de Aragón a las 04:00 fueron lo más destacable.

En minutos la rambla d’Aragó era de los cafeteros, aunque alguno no lo veía con buenos ojos. Al mando una señora, que, megáfono en mano y activada por la cafeína, repetía consignas del mismo modo que se dedicó a balar durante la madrugada: «Beeeee beeeee». La pancarta que encabezaba la concentración, concisa: «Los museos no se tocan», en una de las pocas alusiones al arte de una protesta que se movió más por cauces soberanistas.

En el cielo, el helicóptero y, en el suelo, los Mossos a través de dos interlocutores pedían despejar la salida y se montaba la primera trifulca. Tensión que no llegó a más cuando a las 9 en punto las vallas formaban un nuevo perímetro de seguridad en la salida del Museo a la rambla d’Aragó. La policía autonómica, hasta hace nada héroes, pasó a ocupar espacio en los vocablos manifestantes junto a Ros, que desde su aparición a medianoche fue recordado constantemente. «Estos son los españolitos que quieren irse a la Nacional», comentaba una señora.

A las 10, los termos seguían teniendo su presencia en el punto más caliente –rambla d’Aragó– . Alguna barretina se dejaba ver y el amarillo tomaba fuerza entre las 200 personas que se concentraban. Las referencias al 155 muy presente y los bienes de Sijena más diluidos. Incluso los hay que reconocían que jamás los habían visto... En un ambiente crispado, cualquier roce se ponía a disposición de más. Así le pasó a un joven que por mostrar su apoyo al traslado, «tengo familia maña», reconocía, se llevó el abucheo general y algún que otro grito de «franquista».

Llegaron las 11:00 y el sentimiento catalán afloró en forma de «Els segadors», a capela y de forma espontánea. Los cafeteros recordaban por qué estaban allí: por su «nació»; los bienes habían pasado a un segundo lugar. Había que luchar en contra de la «opresión», defendían, que viven. Al mediodía, con más de doce horas de tute encima, el cántico se repitió. Pero ahora el foco candente estaba en el parking del Museo de Lérida y el hilo musical decía cosas como «herederos del franquismo», «bucaneros» y «cerdos». Para Mossos, aragoneses, alcalde, Prensa o políticos. La histeria tocaba a todos. Antes de las 12:15, el camión que tenía que trasladar los bienes empezaba a maniobrar y a acercarse a la puerta por la que se presuponía que tenían que salir éstos. Siempre escondido entre los furgones policiales que impedían cualquier visión nítida. Se cumplía el pronóstico y comenzaba la carga. Entre medias, dos noticias, la primera que el TSJC rechazaba paralizar el traslado, última bala perdida; y, la segunda, que comenzaban a llegar las primeras imágenes de las salas del museo vacías. Agonizaba el tiempo de un tesoro de Sijena que emprendió su viaje de vuelta a casa pasadas las dos del mediodía.