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José María Fuster-Fabra: «El terrorista siembra el caos general, merece un trato diferente»

Abogado

José María Fuster-Fabra
José María Fuster-Fabralarazon

La lucha antiterrorista en España ha tenido en José Maria Fuster-Fabra a uno de sus brazos fuertes. En el libro «En toga de abogado» (Planeta), el letrado repasa sus más de 20 años enfrentado a ETA desde los tribunales, ya sea acompañando a las víctimas del terrorismo o a las Fuerzas de Seguridad del Estado, y lo hace sin olvidar detalle, revelando todo el sufrimiento humano detrás de cada caso.

– ¿Cómo se resumen más de 20 años de lucha contra el terrorismo?

– Ha sido complejo. He intentado centrarme en los casos más significativos en los que he participado. También he querido que tanto Policía Nacional, Guardia Civil, Mossos d'Esquadra y militares estuviesen representados. A mí nunca me ha importado el uniforme, sólo la convicción de luchar contra el terror.

– Sorprende encontrar incluso anécdotas divertidas dentro del dramatismo de algunos casos

– Por ejemplo, la infiltración del guardia civil Lorenzo Bárez en un grupo de abertzales. Viajó en autobús con ellos a la Feria de Sevilla. De repente, se encontró en una caseta de gitanos y a los abertzales no se le ocurrió otra cosa que empezar a cantar «El vals de Carrero», que se mofa del atentado contra Carrero Blanco. A los gitanos no les sentó muy bien y empezaron los enfrentamientos, hasta que llegó la Guardia Civil. Intentaron detener a Bárez, pero éste los empujó, les dio un puñetazo y empezó a correr por toda la feria. A partir de entonces fue una especie de héroe para los abertzales.

– Usted ha estado en las listas de ETA. ¿Nunca pensó en dar un paso atrás?

– Todo lo que vale la pena en la vida genera un riesgo. Mi padre siempre me dijo que buscase mi causa y yo no me veía en África en una ONG. Cuando el diario «Gara» publica tu foto a toda página, sí que pasas miedo, pero eso no puede detenerte. Sí que recuerdo con horror las miradas de los amigos de los etarras en los primeros juicios, cómo te miraban a los ojos con aire amenazante. Yo he ido hasta Cuba a localizar etarras, y no me arrepiento de nada.

– El libro también sirve para homenajear a todas las fuerzas del orden, ¿la Policía no está lo suficientemente bien vista por la sociedad?

– Para la sociedad, vivimos en un esquema simple. A un lado están jueces, fiscales y policías, y al otro los imputados. Cuando este esquema se trastoca y los imputados son los policías, entonces empiezan las conjeturas y desconfianzas. El policía es el eslabón más débil de la cadena del orden y el más sometido a presión. Han de decidir en segundos qué hacer, en muchos casos. Los juicios más duros en los que he estado no eran los de los etarras, eran los de policías en el País Vasco.

– ¿Por qué?

– Por el ambiente que se creaba, muy hostil, como si la «kale borroca» viese su oportunidad de desquitarse contra las fuerzas de la ley. Por ejemplo, mientras interrogábamos a algún etarra, él contestaba en euskera y el traductor de los juzgados no traducía ni la mitad. Hablaban parrafadas y el otro se limitaba a decir sí o no, lo que te impedía entrar en los detalles de la declaración.

– La supuesta guerra sucia contra ETA y el caso de Rodríguez Galindo tienen mucho protagonismo en el libro.

– Es la defensa que más me ha marcado a nivel personal. Lo primero que me dijo al preparar la defensa es que si hacía cualquier cosa que perjudicara a sus hombres, prescindiría de mí. También me aseguró que él no dio la orden de secuestrar y matar a Lasa y Zabala. Lo condenaron, pero creo que de forma injusta.

– ¿Fue difícil leer el veredicto?

– Cuando dieron la sentencia, él ni siquiera la miró. La aceptó, simplemente. Él decía que lo más duro que había vivido no era la cárcel, sino ver morir a más de 100 de sus hombres. Tener que dar la noticia a 70 viudas y explicar a 200 niños que ahora eran huérfanos.

– Su otro gran caballo de batalla ha sido defender los derechos de las víctimas del terrorismo.

– Todas las víctimas son diferentes, pero tienen algo en común, que la sociedad les debe mucho. Un violador, un asesino quiere hacer daño a su víctima. El terrorismo utiliza a la víctima para hacer daño a la sociedad en general, para imponer el caos y el miedo. Por eso merecen un trato diferente.

– ¿Todavía hay camino por recorrer en la consecución de derechos de las víctimas del terrorismo?

– Cuando empecé, las víctimas apenas tenían derechos. Hasta la Ley de Solidaridad de 1999 había muchas deficiencias. Sí, se ha avanzado mucho, pero nunca será suficiente. Por ejemplo, ahora se está luchando para que se les paguen los intereses establecidos en las segundas sentencias. También se minusvalora a las víctimas en el exterior.

– Uno de los personajes más fascinantes del libro es Mikel Lejarza, «El Lobo». ¿Cómo era?

– Su caso es inédito en la historia de los servicios secretos universales. Nunca un infiltrado había llegado a ser jefe de infraestructuras de la organización. Era un tremendo seductor, capaz de negar o afirmar cualquier cosa con convicción absoluta. Y tenía un espectacular control de su cuerpo. Durante años no quiso entrar en el sueño profundo por si hablaba en sueños.

– Ahora el peligro parece haberse girado hacia el terrorismo islámico...

– Es el reto del futuro. Tengo absoluta confianza en los cuerpos de seguridad para atajar este problema. No se parece en nada a ETA, y su estructura fija, piramidal. Aquí son células que se activan por objetivos, con estructuras internacionales donde es difícil conseguir infiltrados.

– ¿Sabemos todo lo que hay que saber del 11-M?

– Llegamos a saber muchísimo más que los americanos del 11-S. Los suicidas se llevaron parte de la verdad, pero ya está. Intentar vincularlo con ETA no tenía ningún sentido. Todos los policías con los que hablé me aseguraron que nunca hubo ningún contacto operativo entre grupos. Yo defendí el gran trabajo de la Policía en la investigación. Recibieron ataques muy injustos.

– Esta semana el Parlament de Cataluña no quiso aprobar una declaración de apoyo a las víctimas del atentado de Hipercor. ¿Qué opinión le merece esa decisión?

– En mi libro ya digo que yo no hablo de la clase política porque no están a la altura, salvo alguna honrosa excepción. Lo del Parlament demuestra que tenía razón. Se realizó una declaración institucional en 2012, coincidiendo con el 25 aniversario, pero en Cataluña, cuando hay un aniversario, los políticos se hacen la foto y luego se olvidan de las víctimas, algo que es extensivo al resto de España. Sin embargo, insisto que con alguna excepción, no tienen en cuenta que los afectados por un atentado sufren: tienen problemas escolares, carencias, muchas familias quedan desestructuradas. No deja de ser significativo, por ejemplo, que el Parlament no hiciera nada para retirar de una calle el nombre de Martínez Vendrell, reconocido como asesino.