La humanidad de un titán

La Razón
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¿Por dónde empezar? ¿Cómo reflejar con palabras la inmensidad de un gigante? ¿Cómo medir la enormidad de la deuda contraída con él por todo un país, que además ha tardado años en expresar su gratitud? Pues quizá por lo más sencillo: recordando la intensa y doliente humanidad de ese titán, tan firme y seguro en su obra política como vulnerable en su dimensión individual. Es el contraste entre una cosa y otra lo que da idea del profundo desgarro de la pasión y muerte, tanto política como personal, de Adolfo Suárez.

La proeza capitaneada por el primer presidente de la democracia bajo el impulso del Rey y con la participación de toda la sociedad española queda ya en los libros de historia, aunque vive, sobre todo, en el presente. La España democrática y constitucional, homologada a las demás naciones europeas, integrada en su entorno y en su tiempo, que ha progresado más en las últimas cuatro décadas que en toda su historia anterior, es el legado vivo que nos deja quien podía prometer y prometió, y además cumplió.

Pero nada de eso se habría logrado si en los momentos fundacionales de esa gran empresa nacional no se hubiera situado al frente del país una figura de excepcionales cualidades. La generosidad, la sinceridad, el ímpetu, el diálogo abierto, el decidido empeño de explicar y convencer, la simpatía no impostada de un presidente que sabía que su país quería sonreír y sentirse capaz, llevan el nombre de Adolfo Suárez. Y aunque es verdad que hay quien se pregunta si en encrucijadas como la que España afrontó en los años de la Transición es el líder el que aporta esos valores, o si es la sociedad la que los pone en juego para que aquél los refleje, la propia dificultad de la respuesta revela ya la profunda identificación entre ambos.

Porque entre los rasgos de carácter de Suárez el más decisivo fue, en última instancia, el arrojo, la tremenda audacia de un gobernante que se adentraba allí donde los demás no siempre le seguían, en la completa soledad de quien tiene que tomar decisiones que condicionarán la vida de generaciones. Pero esa valentía tuvo siempre una contrapartida, que era la seguridad de fondo que le proporcionaba saberse en íntima sintonía con un país que quería lo mismo que él: libertad, estabilidad y un lugar bajo el sol para todos y cada uno de sus ciudadanos, más allá de la tentación del rencor, de las historias gastadas de vencedores y vencidos, de las mezquindades particulares que España entera supo en esos días superar.

Hoy no es día para entrar en las razones de la ingratitud con la que durante un tiempo se le correspondió. Es un hecho que ese pago le hizo sufrir mucho, y que no lo merecía. Pero más importante que eso es saber que España puede hacerse digna de Adolfo Suárez manteniéndose fiel a lo que él ayudó a crear, lo cual equivale a decir, sin exageración, fiel a sí misma, fiel a lo que los españoles, con su ayuda y ejemplo, quisieron e hicieron.