Susana Díaz, la jefa del PSOE

En el entorno de Susana Díaz aseguran que será secretaria general del PSOE «en cuanto ella se lo proponga»

A menudo, la mejor definición de un personaje la realizan quienes habitan la trinchera de enfrente y aquí cobra vigencia el aserto de Giulio Andreotti, ese taimado: «En política, están los adversarios, luego los enemigos y por último, los compañeros de partido». Si alguien distingue hoy a Susana Díaz con su desprecio es Pedro Sánchez lo que, por ende, hace que la pueda retratar con precisión en una frase: «Ella tiene cultura de partido». Firmado por alguien que le debe su ascensión de perfecto desconocido a secretario general en tiempo récord. Habla, pues, con el conocimiento de causa que da haber vivido la cocción a fuego rápido y el preciosista emplatado del exquisito Madina en escabeche que se zampó en el verano de 2014. La chef, que significa nada menos que jefe (o jefa), era de Triana.

En la populosa barriada sevillana comienza y termina la biografía de Susana Díaz Pacheco, un producto perfecto de la partitocracia surgida de la Transición. Tiene por ello, vaya si tiene, «cultura de partido»; aunque deteste que le recuerden que sólo tiene cultura de partido. En concreto, del PSOE, a cuya sede trianera llegó en la adolescencia y en cuya sede central, en la madrileña calle Ferraz, se hace lo que ella diga apenas rebasada la cuarentena. El que crea que hay en España un socialista más influyente, que ponga orejas mañana en la reunión del Comité Federal, en la que disuadirá a Pedro Sánchez de pactar con quienes «quieren romper España y hundir a mi partido». Porque el partido es, antes que de nadie, suyo.

La presidenta de la Junta de Andalucía jamás se ha embarcado en una guerra que no estuviera segura de ganar, habilidad táctica que data de los últimos noventa, cuando un mal movimiento en una batalla interna podía terminar con la carrera del «aparatchik» más bragado. Tiburones del tonelaje de Pepe Caballos, José Antonio Viera o Alfredo Sánchez Monteseirín, todos ellos sucesivos padrinos de Susana Díaz, fueron engullidos mientras se arrimaba al poderoso clan gaditano que sustentaba a Manuel Chaves, derribado por la corrupción justo cuando ella conformaba, junto a Rafa Velasco y Mario Jiménez, el triunvirato de jóvenes guardaespaldas de Griñán. Laminado por una oportuna filtración el primero y relegado a funciones subalternas el segundo, pacificó a la levantisca agrupación de Cádiz con la ayuda de Chiqui Jiménez Barrios. A una mujer que ha dejado semejante reguero de cadáveres para hacerse con la federación socialista más numerosa no va a torcerle el brazo el candidato que ha horadado hasta lo impensable el suelo electoral del PSOE.

Un pacto de Pedro Sánchez con Podemos, más impensable que hipotético a día de hoy, tendría terribles consecuencias para España y causaría daños irreparables en el PSOE, la patria grande y la patria chica de Susana Díaz, pero es que además provocaría un tercer efecto apenas contemplado hasta ahora, siquiera como daño colateral, y que preocupa sobremanera a la presidenta andaluza: rompería el débil acuerdo de gobierno que, gracias a C’s, la mantuvo al frente de la Junta sin necesidad de repetir las elecciones de marzo. Juan Marín, el líder regional de la formación centrista, se lo ha advertido discreta pero firmemente. De Díaz afirman sus partidarios que es pasional y sus detractores, que rencorosa. Son dos maneras de decir que jamás perdonará a los podemitas en general y a Teresa Rodríguez en particular el calvario que le hicieron pasar durante su proceso de investidura. «Ella mira los intereses nacionales y los intereses del partido. Pero, antes que nada, mira su propio interés», susurra una fuente del mismísimo palacio de San Telmo. La pervivencia de Susana Díaz en su taifa, en todo caso, no está cuestionada. El 20-D, los socialistas andaluces lograron la cuarta victoria electoral consecutiva desde que ella es secretaria regional. Además, ha reconstituido con García-Page y Fernández Vara el influyente «lobby» de barones meridionales que articuló el poder partidario en tiempos de Chaves, Bono e Ibarra. Presiden las comunidades más extensas de España y pintan así de rojo el mapa autonómico del país. Tienen saciada, de momento, su sed de poder y por eso no sienten la necesidad de asaltar La Moncloa a cualquier precio sino cuando la maldita aritmética no los obligue a asumir el programa rupturista de Podemos. «El mandato de los ciudadanos es que los socialistas vayamos a la oposición», ha repetido Díaz esta semana hasta la saciedad.

En el entorno directo de la presidenta andaluza existe el convencimiento de que está llamada a ocupar las más altas magistraturas del Estado. Todos cuantos la conocen coinciden en decir «ambiciosa» si se les pide definirla con un solo adjetivo. En su entorno más cercano se mantiene el diagnóstico emitido hace casi dos años: «Será presidenta del Gobierno porque será secretaria general del PSOE en cuanto se lo proponga y en España sólo dos personas pueden ser presidente: el líder socialista y el líder del PP». La fuente agrega, eso sí, un matiz inquietante: «Ahora hay que trabajar para que el PSOE siga siendo una fuerza de gobierno nacional y dejará de serlo si se echa en brazos de Podemos».