La mano derecha del PSOE

Cándido Méndez- Secretario general de UGT

La Razón
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En la ciencia paleolítica, Cándido Méndez sería todo un ejemplo de organismo anclado en el pasado, rocoso en el presente y empecinado en el futuro. Ha batido todos los récords como secretario general de UGT, cargo al que llegó hace casi veinte años. Desde entonces ha conocido diferentes gobiernos, ha protestado lo suyo, y ha dirigido el sindicato con oscurantismo. Nadie ha logrado nunca penetrar en las verdaderas cuentas y subvenciones de la central socialista, desvelar los sueldos de sus dirigentes, o computar su auténtico patrimonio. A tenor de los últimos escándalos en Andalucía, véase la escasa transparencia en su gestión. Amigo personal de Zapatero, el día que resultó elegido presidente del Gobierno, pronunció la gran frase: «Éste es el líder que España necesita». Menudo ojo, a tenor de la herencia recibida. De José Antonio Griñán afirmó que era el nuevo «mesías» andaluz. Visto lo visto, la cosa iba por un entramado de prebendas, facturas y desatinos económicos, bastante alejados de una defensa a ultranza, honesta y tenaz, de la clase trabajadora. Se lo confesó un día a Manolo Chaves: «Sin el apoyo de los sindicatos, no seguiréis en el poder». Méndez ha demostrado que él, de perpetuidad, sabe mucho. Y ha tardado bastante en salir a la luz ante el latrocinio sindical andaluz. Sobre todo, para exculparse de inmediato. Nacido en Badajoz, extremeño de pro, siempre fue un poco visionario, hasta que se marchó a hacer la mili a Ronda. Allí engrosó las filas de los «boinas verdes», que le dejaron dos marcas: una, en el hombro izquierdo, a raíz de un entrenamiento. Otra, la de un compañero que le dijo: «No me gusta tu cara de progre anticuado». Y es que Cándido, entonces de rostro gélido y delgada figura, dormía poco. Algo que no ha variado con los años. A diferencia de su antecesor, su personalidad es opaca, sus apariciones en los medios muy controladas, y su carácter introvertido. Llegó a la vida sindical con 18 años, en Jaén. Ingeniero técnico de Química metalúrgica, fue diputado en el Parlamento andaluz y en el Congreso. Su vida cambió al conocer a Nicolás Redondo, su gran mentor. Entonces, se dejó la barba, se compró un coche de segunda mano, un piso en Vicálvaro, y un reloj imitación de marca, según la propaganda oficial ugetista. Aunque nadie añade detalles sobre sus emolumentos.