La venganza del renacido

A golpe de abrazos, sus consignas sobre el recuerdo de la abstención han calado en la militancia y derrotado al aparato.

A golpe de abrazos, sus consignas sobre el recuerdo de la abstención han calado en la militancia y derrotado al aparato.

Como el «candidato de la militancia». Cual Ave Fénix resurgió de sus cenizas Pedro Sánchez dispuesto a vencer a su propio partido y a los barones («los notables», según los ha tildado). Y esa ha sido la piedra angular sobre la que ha construido la campaña. Su «derrocamiento» en el Comité Federal del 1 de octubre del año pasado le permitió presentarse como víctima por mantener su oposición a la investidura de Rajoy. Parecía destinado a perderse en el olvido cuando inició su recorrido por España. Pero la ceguera de unos «aparatos» deseosos de pasar página cuanto antes hizo que minusvaloraran su capacidad. Como en ocasiones sucede en política, había sido enterrado antes de tiempo. Ahora, tras el resultado de este domingo, nadie duda ya, como en la canción de Sabina, de que el muerto estaba de parranda.

Desde el día que decidió recuperar Ferraz, nada le paró. Hacía falta estar loco o no enterarse de nada para echar un pulso de esas dimensiones con tan pocas bazas. Sánchez, sin embargo, tenía bastante con buscar la redención de las bases. Y para ello hilvanó el relato del agravio, aquel que arrancaba con las «deslealtades» padecidas como secretario general, su «derrocamiento» para facilitar que continuara la derecha en La Moncloa y los obstáculos que, siempre según su épica versión, le han puesto en el camino los poderosos. Incluida la traición de sus más estrechos colaboradores.

Para librar esa batalla del débil que desafía al poderoso tenía que identificarse con el ala izquierda del PSOE. Y lo hizo. Tanto como para cantar «La Internacional» con el puño en alto en cada mitin. Como Alfredo Pérez Rubalcaba ha gustado repetir en privado, quien fuera su colaborador, siempre identificado como «liberal», ha ensayado en un karaoke el himno obrero por excelencia. A golpe de abrazos, y con una chaqueta de cuero marrón que casi nunca se ha quitado por mucho calor que le hayan transmitido las bases, sus consignas sobre el recuerdo de la abstención han sido su constante.

Así las cosas, por más que la Gestora dilatase en el tiempo la convocatoria del proceso, la figura de Sánchez se ha transformado en cada día más alargada. De hecho, la batalla de la propaganda la ganó manejando la idea de que pisaba los talones a una Susana Díaz respaldada por el «establishment». El inicial optimismo de que la presidenta de la Junta enterraría en avales a su rival tornó en honda preocupación cuando se conocieron los datos. Entre otras razones, porque en los territorios donde Sánchez evidenció su fuerza Díaz estuvo frágil y porque, a excepción de Andalucía, allí donde logró imponerse Susana, Pedro obtuvo un valioso respaldo.

Esa circunstancia lanzó a Pedro Sánchez al convencimiento de buscar finalmente el «voto útil». Porque, comiéndose a Patxi, vio que ganaría a Susana. El ex líder aspiraba a emerger de este 21-M con una legitimidad a prueba de bombas. Lo ha logrado. Es algo que le ha ido obsesionando desde hace tiempo porque en 2014 llegó a lo más alto aupado por el castigo de las grandes federaciones a Eduardo Madina y siendo visto por los popes del partido como «ese tal Pedro». Ahora, en cambio, deseaba una victoria clara para que nadie más en su formación lo ningunease. Y estaba convencido de que así iba a ser: ya tenía planes para reconfigurar los órganos del partido y lo que debe hacer para suturar la enorme fractura del PSOE, y hasta los pasos para canalizar la expectación de la militancia. Las urnas, claro, le han dado alas. Pedro Sánchez ha vencido indiscutiblemente y hoy es un líder renacido.