Liberar la cultura

La Razón
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«Cuando un príncipe dotado de prudencia ve que su fidelidad en las promesas se convierte en perjuicio suyo y que las ocasiones que le determinaron a hacerlas no existen ya, no puede y no debe guardarlas, a no ser que él consienta en perderse». Ignoro si el presidente del Gobierno leyó este texto de Maquiavelo en «El Príncipe» antes de decidir la retirada del anteproyecto de Ley Orgánica de Protección del Concebido y los Derechos de la Embarazada. Pero lo cierto es que no ha guardado fidelidad a una de las promesas del programa electoral con el que alcanzó el poder. ¿Qué hay detrás de esta decisión? ¿Engaño o complejo?

No veo a Arriola, cual eminencia diabólica oculta entre bastidores, urdiendo maquiavélicamente fraudes y artificios contra los votantes del PP. Ni creo que este partido sea, en palabras de un obispo, una «estructura de pecado» ni un «siervo del imperialismo transnacional neocapitalista». Sí considero hoy la política más como una acción de mercadotecnia que como sabia tarea dotada de dimensión moral. O en palabras de Vaclav Havel, una especie de tecnología del poder, un juego virtual para consumidores, en vez de un asunto serio para ciudadanos serios. Los partidos se asemejan a empresas que venden masivamente su producto, su programa electoral. Continuamente testan el mercado para conocer las preferencias de los electores. Seguro que Rajoy tomó su decisión con base en una concienzuda y rigurosa prospección de las tendencias de voto y calcula que el incumplimiento de su compromiso le dará más ganancias que pérdidas. Ya se verá.

Por encima de los cálculos electoralistas, sobresale una cuestión. Si en el puente de mando de la calle Génova han decidido dar un viraje al rumbo previamente trazado en busca de caladeros de votos diferentes de los que les auparon para gobernar, es porque desgraciadamente ni el valor provida, tachado de retrógrado por la presente cultura dominante, cotiza al alza, ni el PP, temeroso de un nuevo cordón sanitario aún con mayoría absoluta, se atreve a levantar, en escenario hostil, la bandera en defensa de la vida. El debate cultural se revela más prioritario que el político. La derecha en España lleva cuarenta años ausente del debate de las ideas. Acomplejada, refugiada en sus cuarteles de invierno, ha evitado siempre la confrontación intelectual con sus adversarios. Ante el binomio regeneracionista de Costa «escuela y despensa», cultura o economía, la derecha siempre ha escogido su asignatura preferida: sanear las cuentas, dejando que la izquierda moldee la sociedad a su antojo. Esa renuncia continua a entablar la batalla cultural impide al PP transformar en moral de victoria lo que desde hace años es una pertinaz moral de derrota pese a sus dos mayorías absolutas. El complejo del PP es evidente en la terminología. Desde Fraga a Rajoy pasando por Aznar, sus dirigentes han dado la impresión de preferir todo menos que les llamen conservadores o de derechas. Tales términos les resultan comprometedores como mercancía de contrabando. Prefieren fórmulas vagas e imprecisas para encubrir la realidad. La escasa determinación para hablar de pensamiento de derechas es uno de los males que más debilita y restan influjo a toda propuesta cultural que permita al PP dotarse de una identidad clara y de unos valores, los suyos, que mantenga inmutables. De una vez por todas debe jugar a ganar esa inevitable partida contra el actual monopolio cultural que desprecia, proscribe y ejerce intolerancia contra las ideas contrarias. Sólo desbrozando los terrenos de la cultura podrán germinar semillas que proporcionen frutos políticos.

*Director de la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria