Magnífica sinfonía

La Razón
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El poder es algo entre la influencia y la fuerza pero que incluye a ambos. En Gibraltar estamos asistiendo en estos días a la audición de una magnífica sinfonía en la que se conjugan magistralmente el andante del «soft power» con el «allegro» del «hard power» pasando por un buen elenco de los movimientos que encierra la música del poder. No nos engañemos, aquí no hay nada casual ni improvisado. No va con el estilo inglés. Esto ha sido el último eslabón de una reacción en cadena, perfectamente medida, al famoso «Gibraltar español» de nuestro ministro de Asuntos Exteriores. Aquel sintagma terminó traduciéndose en la insumisión española a las reglas de juego impuestas por los ingleses al Gobierno anterior: «Woo –cortejen– the gibraltarian». Se acabaron las desatinadas dádivas de amor rendido del galán español que no merecieron ser ni mínimamente correspondidas. Ni siquiera un leve aliento a la esperanza de que algún día hablaríamos de compromisos que sosegaran nuestro afán secular de ver devuelto el Peñón.

No tardaron en oírse los primeros compases de la reacción inglesa ejecutados por eso que, no sin cierta fantasía, llaman «Gobierno de Gibraltar», soslayando la realidad de que en el Peñón no hay otro Gobierno de verdad que el presidido por el gobernador colonial inglés.

Se torna a la política radical de rellenos, se reafirma la soberanía británica –sobre lo cedido y lo no cedido en Utrecht– con visitas de la realeza, se juega al ratón y al gato siendo el primero, en este caso, nuestras beneméritas Fuerzas de Seguridad en nuestras propias aguas, se priva de su multisecular medio de vida a los pescadores españoles... y ahora, vista la reacción española frente al rampante hostigamiento, el director de la orquesta londinense pasa al «allegro molto» del envío a aquellas mismas aguas, no de una cañonera, sino del núcleo de su flota de superficie acompañada –suponemos, pues esto no se anuncia– de algún que otro elemento de su fuerza nuclear submarina.

Sin perjuicio de llevar buques de guerra equivalentes a los británicos –que los tenemos– a la zona ofreciendo coordinar con aquellos unos ejercicios en forma de contramaniobras, la reacción más contundente a esta desaforada ingesta capilar y medidas provocadoras de la que está España siendo objeto sería una que partiera de tres premisas:

–Que, como me dijo un día un insigne gibraltareño, en la partida de Gibraltar España tiene las cartas para hacerse con todas la bazas. Lo que ocurre es que no sabe o quiere jugarlas.

–Que los verdaderos enemigos de España no son los gibraltareños ni los británicos, son los propios españoles. Esos españoles que, en un rasgo típico de nuestra epopeya pendular, cuando alcanzan el poder se dedican con entrega a deshacer lo que han hecho sus predecesores.

–Que la política exterior o lo es de Estado o no es política. En la España moderna dicha política lo ha sido esencialmente de partido, en ocasiones de Gobierno, pero en el tema de Gibraltar, salvo en tiempos de Castilla, y aun así, nunca de Estado.

Una de las pocas reacciones, ante dichas medidas, que pudieran aportar un punto de reflexión a los responsables de las extrañas peripecias en las que se ha embarcado Londres, es que el jefe del Estado, el Rey, en su papel de moderador y árbitro, convoque una mesa multipartidista, con la presencia de al menos los dos partidos de gobierno, que de una vez por todas, proclame que la recuperación de la soberanía sobre Gibraltar constituye un interés nacional prioritario y un objetivo irrenunciable de la política exterior de España. Una mesa en la que consiga otro consenso en cuanto a los medios a utilizar para conseguir dicho objetivo, y, sobre el tipo de organización administrativa a la que se le ha de encomendar la adecuación de dichos medios al referido objetivo.